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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Coser y contar

A últimas fechas se me aparecen en las páginas de internet que visito los anuncios de unos vestidos. De repente alguno de ellos me llama la atención y pico su imagen con el mouse, después veo otro y así paso un buen rato mirando esos vestidos, imaginándome cómo nos quedarían a mí o a mi hija menor, este o el otro, el amarillo o el rojo o el azul, y lo peor es que cuando regreso al correo, al periódico o a lo que estaba leyendo, los vestidos parecen seguirme, brotan en todas las páginas como si el internet me hubiera adivinado el pensamiento o insistiera en vestirme como muñeca, y así he pensado en vestidos demasiado tiempo para mi condición y circunstancia, será que en esta época la publicidad nos fija a nuestros intereses momentáneos y nuestras debilidades transitorias casi como una acusación. O quizá también miro y miro aquellos vestidos porque me acuerdo de las muñecas de papel.

Mis amigas y yo las dibujábamos, las recortábamos y les diseñábamos asimismo la ropa, los zapatos, los abrigos, las bolsas. Horas y horas iluminándoles un guardarropa completo y detallado, con la mente en sus vidas ficticias llenas de visitas y paseos con el atuendo apropiado para cada ocasión. Yo trataba de imitar un poco al álbum de las muñecas de papel verdaderas, un álbum de los años cincuenta que alguna vez tuvimos en la casa y que me pareció siempre misterioso y encantador. La muñeca principal de aquel álbum, de cabello negro, era muy parecida a la Blanca Nieves de Disney, aunque en versión mujer madura que salía de noche, y tenía un vestido rojo de gala verdaderamente fastuoso. Soñé con ese vestido muchas veces, preguntándome a dónde podría ir la muñeca ataviada así, en qué gran baile o cena o teatro estaría ahora, con qué galán de papel, pues los galanes de papel o no existían, o no venían en el álbum y la muñeca tendría que conformarse con uno de revista para que la acompañara por el mundo con ese vestido algo incómodo.

Y es que nuestra abuela paterna, Paquita, hacía blusas. Tenía un taller con costureras y todo en su departamento vecino al nuestro, y en él confeccionaba unas blusas hermosísimas –le cosió una, nunca lo pararemos de contar, ni más ni menos que a María Félix–, aunque mi madre no se quedaba atrás en su afán costureril. Tenía su máquina Singer y periódicamente, cuando hacía falta, iba de excursión a Liverpool a comprar patrones, es decir, cortes de costura en un papel delgado y fino que se fijaban a la tela con alfileres. Después se recortaba ésta con la forma del patrón. Las tijeras para tela, nos decían mi abuela y mi madre, nunca se deben usar para cortar papel, pues se arruinan; la verdad es que las tijeras se me han arruinado en muchas etapas de mi vida. El caso es que las piezas se cosían y la ropa quedaba lista.

Entre los diseños de la abuela en cuadernos prendidos de muestras de tela con alfileres, la tiza con que se dibujaba la línea del dobladillo y los patrones de mi madre, los vestidos y las blusas eran básicamente algo de papel para mí, o que por lo menos comenzaba en aquel lugar y en un mundo un poco secreto de historias interminables contadas entre puntada y puntada, con el sonido de la máquina de coser como fondo. Así, cada vestido tenía su pequeña historia. La que una sería después era también de papel, algo que se dibujaba con infinitas ropas y combinaciones para ir a lugares un poco impensados, como si cada actividad, cada sitio, tuviera su uniforme, su etiqueta, su color. Vestir muñecas era un poco dibujarse y desdibujarse, una especie de prueba para un futuro que no imaginábamos, como éste en el que los vestidos se te aparecen en internet y te persiguen para que los compres y te los pongas, como la muñeca. Pero esto no era sólo de mujeres: hace ya muchos años recuperé a un amigo de infancia; fue él quien me recordó lo de las muñecas de papel y los vestidos que les dibujábamos y que él sigue haciendo como vestuarista de cine.

La verdad soy torpísima para la aguja y el hilo, no así mi hermana mayor, a la que mi abuela instruyó apropiadamente y cose de manera excelente sus telas y sus poemas. En el Colegio Madrid tenía que hacer tarea de punto de cruz y fue, creo, lo más que aprendí, aparte de pegar botones y dibujar vestidos para las muñecas. Y la abuela que me llamaba, ya adolescente, a que le prestara los ojos porque se le habían caído los alfileres y andaban perdidos entre la duela del piso. A escucharlas coser y contar, eso fue lo que aprendí.

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