Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Tomar la palabra
Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Intimidades

El proteico valenciano Gonzalo Moure, autor de al menos treinta libros de ficción en los que plantea problemas políticos, sociales y desde luego existenciales, se dirige a lectores niños y adolescentes debido a su vocación por promover la lectura, pero también, porque: “…mi primera novela tenía, por necesidades puramente prácticas del argumento, a dos niños como protagonistas. Y me tuve que meter en su mente, y me di cuenta de que me resultaba asombrosamente fácil… Y seguí por ese camino, ampliándolo a la adolescencia, a ese maravilloso momento en el que elegimos, por primera vez, nuestro destino”. En su novela El síndrome de Mozart (Premio Gran Angular 2003) un neurólogo, el padre de Irene, la protagonista de diecisiete años, induce a su hija a conocer y a tratar a Tomi, quien según la hipótesis paterna padece el síndrome de Williams, el mismo de Mozart, la que de probarse desmentiría los diagnósticos por otras “anormalidades” del genio de Salzburgo, como la depresión maníaca o el síndrome de Tourette. El especialista Mario Arellano Penagosa anota que “en 1885, el neurólogo francés Guilles de la Tourette describió el síndrome que lleva su nombre, como una afectación nerviosa caracterizada por incoordinación motriz, presencia de tics, ecolalia, coprolalia, conducta obscena y otras manifestaciones de desorden neurológico…, se supone que Mozart estuvo afectado de este síndrome, y así fue asentado durante el Congreso Mundial de Neurología efectuado en Viena en 1985”. El deseo del neurólogo de la novela de confirmar el síndrome de Williams en Mozart propicia a contracorriente la iluminación de Irene, en episodios encadenados mediante una frase final, que sirve a su vez de título al capítulo siguiente, manteniendo la linealidad temporal pero intercambiando la voz protagónica por la voz del narrador externo. Un ejemplo, Yárchik, joven ucraniano del que Irene cree estar enamorada, dice:

Fue ella la que te convenció paraabandonar el piano

fue una decisión dolorosa para mí… –comienza diciendo Irene en el siguiente capítulo. Porque la novela trata sencilla y ricamente de la música como aventura y como forma superior de comunicación. Al respecto, Yárchik asevera contundente: “La música es la explicación de lo que no tiene explicación. [Porque] Ni las palabras se pueden explicar con música, ni la música se puede explicar con palabras.” Entonces, como sucedía con Mozart, para Irene parece haber dos Tomis “muy distintos: uno era un chico inseguro, nervioso y huidizo. El otro era un artista, una excepción de la naturaleza”. “El Tomi inquieto y desconcertante de los tiempos muertos, dejaba su lugar a un Tomi interesante y experto.” Y lo que empieza con un diálogo entre un violín y una armónica, asciende a la interpretación de la Sonata para violín y piano 360, de Mozart, del que Tomi despliega el Andantino como si llevara dos siglos ensayándolo cuando en realidad lo desconocía hasta ese momento.“Y Mozart resucitó durante unos minutos”, exclama Irene, porque “la música no se crea, se descubre, como un teorema…” “Mi padre se equivocaba, no era Mozart quien tenía el síndrome de Williams, sino ellos los que tienen el síndrome de Mozart.”

¿Quiénes son los anormales y quiénes los normales?”, pregunta Irene, si el lenguaje musical, como el lenguaje de las manos da “una explicación mucho más sencilla del mundo que la que intentamos dar nosotros con las palabras, las viejas y traidoras palabras”. En esas andaba yo cuando el rubor de hurgar en mi intimidad, ventilando cartas y anécdotas familiares, reportes psiquiátricos y ajustes de cuentas con mi papá, mi abue y las palabras, palideció ante la obscenidad del gobierno de Peña Nieto, que “se infiltra en los teléfonos inteligentes y otros aparatos para monitorear cualquier detalle de la vida diaria de una persona por medio de su celular: llamadas, mensajes de texto, correos electrónicos, contactos y calendarios. Incluso puede utilizar el micrófono y la cámara de los teléfonos para realizar vigilancia; el teléfono de la persona vigilada se convierte en un micrófono oculto”.

Entonces, ¿por qué no intentar usar en forma distinta las viejas y traidoras palabras para rascarle el alma a nuestra cotidianidad de país en guerra, de mundo a punto de estallar, de vida en trance de extinción irreversible?

comentarios de blog provistos por Disqus