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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Gary Willis. La mecánica de la luz

hace demasiado calor en Barcelona. Todos se quejan de un verano precoz que acabó con la primavera antes de tiempo. Despierta la humedad, las pendientes de sus calles cobran venganza exigiendo doble esfuerzo a los zombies que erosionan las ramblas diariamente (por cierto: desapareció el Musical Emporium para dar paso, sí, a otra oficina de turismo).

Van a dar las cuatro de la tarde, hora de nuestra cita. Rumbo al barrio de Vallcarca maduramos esta idea: hay artistas cuya obra nos concierne de manera íntima; hay artistas que nos hacen sospechar mecanismos similares a los propios que nos incumben a fondo y nos comprometen, que arrebatan un ancla al barco que somos. Incluso podríamos añadir: no importa qué tanto nos gusten sus conclusiones estéticas si lo que nos engancha es la ruta que transitan al crear, la manera como encuentran pequeños brotes de verdad.

Así, hay canciones, cuentos, poemas, estatuas, películas, coreografías, guiones, fotografías, diseños, edificios, muebles de estética variopinta que nos van guiñando el ojo por la vida, invitándonos a develar sus secretos. Entre unos y otros, sin embargo, el asunto es siempre el mismo: ¿qué tan importantes nos parecen como para ir a fondo, desconstruirlos y salir en busca del autor que les ha dado sentido?

Desde que escuchamos a Gary Willis, a finales de los ochenta, intuimos que en su manera de tocar el bajo existía una misteriosa conexión con nosotros. Algo que antecedía a su portentosa técnica y sus emocionantes ejecuciones con Tribal Tech, banda señera del llamado jazz-rock. Algo relacionado con un orden particular, con una visión del entorno que utilizaba a la música cual vehículo de comprobación. Por ello fue que conversar cara a cara con él quedó como un pendiente duradero que, finalmente y pasados treinta años, se resolvió tocando el timbre de su casa al otro lado del Atlántico.

Avecindado en España hace más de una década, primero a causa de su amor por Anna Alsina Bardagí (mujer de duende y genio) y luego por la circunstancia general de su patria (Estados Unidos), hoy Willis se dedica a dar clases de música en importantes instituciones europeas, a andar en bicicleta, a comer saludablemente y a fotografiar el arte de su esposa. (Ya no quiere hacer discos, aunque está trabajando música para una aplicación.)

La imagen que ilustra esta columna (Siren, 27 × 21 × 11 cm, 16kg) es una pieza de Anna hecha con cristal de calidad óptica pasado por complejos procesos de diseño y horneado, registrada por él en un estudio que le sirve para deambular en tres vías que se intersectan irremediablemente: la musical, la plástica y la mecánica. “Soy un manitas, desde siempre”, dice sonriendo y recordando las armas y herramientas de su papá.

Escuchándolo viajamos a nuestras propias vacaciones de infancia, hipnotizados en el taller de un tío donde convivían pistolas y partes de automóviles; a esas tardes desarmando juguetes propios y ajenos para luego regresarlos a su estado original. “Yo hacía lo mismo, y lo seguí haciendo con la música”, dice Gary, quien, igual que nosotros, comenzó a tocar el bajo a los trece años de edad.

Por otro lado, se sabe pesimista. “En cuanto aparece el hombre las cosas se joden”, señala mientras hablamos sobre mascotas y la posible responsabilidad moral de los artistas en el mundo presente. Al escucharlo empatizamos con esa suerte de cinismo que, operado centrífugamente, puede ejercer una bondadosa influencia en otros pero a través del oficio y del objeto, mas no del romanticismo estático. “Debes ver este documental”, nos dice redondeando el tema. Do You Need To Be A Dick To Be A Successful Leader? Reímos.

Pensamos ahora en sus discos en solitario: No Sweat, Bent, Actual Fiction y Larger Than Life (que nos ha regalado en propia mano); pensamos en proyectos que ha formado (Slaughterhouse 3) y en colaboraciones notables junto a otros grandes del jazz (Allan Holdsworth, Kirk Covington, Scott Kinsey, Wayne Shorter, Robben Ford); pensamos en todo ello y celebramos el balance entre su voz personalísima sobre el bajo sin trastes de cinco cuerdas, y la constante originalidad de su discurso compositivo, tímbrico, formal. En otras palabras, reuniendo su obra con su persona tras hablar con él, comprobamos las sospechas de tiempo atrás, guardando las proporciones: a Gary Willis también le gusta la hiperconciencia mecánica, convertir los conceptos en objetos, los movimientos en geometría y, allí donde se prefigura un lugar común, enciende la dinamita.
Patrocinado por los amplificadores Aguilar y los bajos Ibanez, Willis ha sido pionero en diseños innovadores que muchos han imitado al paso de los años. Digamos que la luz que proyecta su personalidad creativa ilumina su hacer completo llevándolo a decisiones de enorme inteligencia. Pero no entraremos en más detalles este domingo, lectora, lector. Preferimos finalizar contándole que un día después de nuestro primer encuentro volvimos a vernos con Gary y con Anna para ahondar en las coincidencias que anteceden y sustentan lo que somos. Y la pasamos bien. Y seguramente nos volveremos a ver porque, parafraseando a Neruda, para nacer hemos nacido, y porque una vez encontrado el eco… hay quienes nos volvemos adictos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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