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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Cine y censura (ii de iii)

Hoy en día la censura es una hidra de infinita multiplicación”, se dijo al final de la primera parte de esta entrega, y si bien la frase apunta en primera instancia hacia los organismos, tanto los oficiales como los oficiosos, que al amparo de sus igualmente múltiples (sin)razones asestan sus criterios estrechos e interesados en el cuerpo de una obra artística respecto de la cual, en rigor, no debería asistirles ningún derecho –o al menos eso implicaría la interpretación básica de la propiedad intelectual–, en los tiempos que corren quizá la más conspicua de las cabezas de esa hidra es la que corresponde a la autocensura, ésa que, dicho sea con Perogrullo, aplica el creador contra su propio opus, con la particularidad de que lo hace antes de generado éste.

Las motivaciones de un cineasta para frenar la imagen, por así decirlo, no pertenecen al ámbito de la dicotomía prohibido-permitido/legal-ilegal, ámbito supuestamente claro y bien tipificado desde el enfoque jurídico inclusive, sino al ambiguo, movedizo y de límites inestables de lo conveniente y lo inconveniente y, más allá, de lo seguro y lo riesgoso.

Ejemplos de lo antedicho ya deben estar brotando en la memoria del improbable lector: no errará quien imagine al cineasta indeciso entre abordar un tema “escabroso” –adjetivo cuya pertinencia siempre debería estar justificada con la aclaración de para quién–, o limitarse al catálogo convencionalmente aceptado, en el que por cierto y salvo unas cuantas, demasiado pocas excepciones, cabe casi entera la producción fílmica nacional de cuando menos los cuatro lustros más recientes. Menos fallará quien imagine al realizador cinematográfico prefiriendo mantenerse tan apartado como le sea posible de aquellos temas, historias y personajes cuyo abordamiento fílmico represente un peligro no solamente para la continuación de su carrera profesional, sino inclusive para su integridad personal.

(Entre paréntesis, y aunque la digresión sea un tanto larga, conviene no incurrir en la ingenuidad de suponer que alguien corre riesgo alguno por causa de la producción y exhibición de la cada vez mayor cantidad de narraciones seriadas pseudo/cuasi/paracinematográficas concebidas con el único propósito de medrar mediática y, por lo tanto, económicamente, con la fama pública de Pablos Escobar, Reinas del Sur, Chapos Guzmán y demás antihéroes habidos y por haber, fama por cierto siempre manejada desde un equívoco bastante convenenciero. Se cae de evidente, pero dígase que tales “osadías” no contienen un ápice de valor en ningún orden, pero menos que menos en el de su contenido, pues nada agregan, nada revelan, nada denuncian, nada explican y, por lo tanto, nada incomodan a los aludidos/utilizados –ni a los que se supondría sus perseguidores, según esto también “tocados” en dichas series con el pétalo, sólo que pequeñísimo, pálido y muy marchito, de la sospecha de complicidad. Exactamente del modo en que sucede con los narcocorridos, la intención de fondo de esas series que hoy pululan es apologética, y eso por conveniencia mercantil y nada más, aun si de manera inconsciente y/o involuntaria –lo cual es posible, aunque improbable– robustecen más de una distorsión en el imaginario popular.)

 

De llagas y dedos

Entre los temas potencialmente álgidos para ser tratados públicamente desde el ejercicio profesional de un arte-industria como es la cinematografía, como bien sabe cualquiera destacan los mismos que, en el ámbito de lo privado, suelen ser manantial interminable de desacuerdos, disputas y rupturas insalvables: la religión, la sexualidad y el poder, este último visto preferentemente desde la perspectiva de su instrumentalización más preponderante, que es la práctica de la política y el ejercicio del gobierno, así como los conceptos de patria, nación y Estado.

Para referirse solamente a casos prácticos y contemporáneos del cine mexicano, sobre el primero de los temas –la religión–, tómese Obediencia perfecta (2014), primer largometraje de ficción de Luis Urquiza, basado en la novela homónima de Ernesto Alcocer, que no obstante el cambio de nombres alude sin lugar a dudas al sacerdote católico Marcial Maciel, a la organización por él fundada, de naturaleza eclesiástica, académica y de negocios llamada Los Legionarios de Cristo y, claro está, a la pederastia ejercida durante décadas por dicho personaje, conducta delictiva por tantos negada y por muchos solapada, ya fuese por acción o por inacción.

(Continuará.)

 

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