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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Años de perro

La semana pasada un lector atento me señaló que el título de mi artículo más reciente le resultaba muy familiar.

–Creo que ya habías escrito algo así –me dijo–, algo de querer huir a la playa.

–¿Sí? No… A poco… No la friegues.

–Casi seguro. Además, el título se parecía mucho.

–Achis. No puede ser. Ya no me acuerdo de nada. Estoy hecha una mensa.

–No palabra por palabra. ¿Que de veras estás tan cansada? Vete, aunque sea cerca. A Colima o a Yucatán. Aunque es temporada alta, ¿no? ¿Te da cosa viajar sola?

–No tengo idea. Viajar sola de trabajo no me agobia nada, pero jamás me he ido sola de vacaciones. Pero sí, ya no puedo con mi alma. Se descompuso el coche, lo dejé en la calle una noche, ¡una sola noche! Me robaron la llanta de refacción, la computadora del motor, una caja de arena de gato de cinco kilos y la herramienta. Esa misma tarde se me cayó el teléfono en un charco apestoso. Como es viejísimo no le pasó nada, pero tuve que meter la mano en agua podrida. Luego me lavé las manos con Maestro Limpio. Qué asco.

–¿De verdad? ¿Lo de la caja de arena es verdad? Yaa.

Sí. Carajo. Traía un montón de libros en la cajuela y ni los tocaron. Y eso que ahí estaba Los bandidos de Río Frío. Ni por interés profesional se lo llevaron. Pendejos.

–¿Qué no te habían robado antes la computadora ésa?

–Por eso, es la segunda vez que me la roban. La primera me engañaron y me la escamotearon sin que me diera cuenta. Ahora, simplemente, la sacaron. Dejaron la chapa de la cajuela hecha pedazos.

Mi interlocutor se miró los zapatos y sonrió resignadamente:

–A todos nos ha pasado. O te roban o te asaltan o te abren la bolsa en el transporte. Todos estamos cansados. También está el tráfico. El calor, las obras que hay por todas partes, la contaminación. Ya no tenemos tiempo de nada. El PRI ganó en el Estado de México y eso bajonea. Y la bola.

–¿Cuál bola?

–La bola de años, babas.

Le di un golpe en el hombro:

–Qué chiste tan tonto.

–Pero caíste, como siempre.

Me puse nerviosa y me sentí culpable, aunque no tenía claro por dónde iba mi falta.

–Oye, ¿podrías googlear en tu teléfono el título del artículo y el nombre de la sección?

–Sí.

En unos minutos comprobamos que 1) el primer artículo se titula “Haciendo adobes” y que apareció el 3 de julio de 2016. Y que el segundo, “Hacer adobes” apareció el pasado 18 de junio de 2017. Casi al año. No dicen lo mismo, pero en los dos escribí que extraño el mar, que me quiero ir de vacaciones que ya no sé ni dónde queda la puerta. Y que a los freelancers nos cuesta trabajo descansar. Sobre todo a los freelancers desorganizados, como yo. Y sigo sin descansar.

Cuando llegué a mi casa, después de beberme dos expresos que me hicieron lo que el viento a Juárez, me puse a releer mis artículos, actividad en la que jamás había incurrido. Sólo una vez hice una selección para un amigo, un escritor uruguayo que se llama Carlos María Domínguez. Fue hace años, antes de escribir para este periódico, en el que estoy desde 1999. La lectura, ni rigurosa ni extensa, me hizo ver que sólo esta vez he medio repetido el título de una columna. También confirmé algunas suposiciones sobre mis obsesiones y mis fobias. Borges es el escritor que más he citado, pero eso no me sorprende en lo más mínimo: es al autor que más releo. Me percaté de que soy obsesivamente celosa de la privacidad, la ortografía, los buenos modales, el bienestar de los animales y el casi extinto sentido cívico. Que soy ñoña pero aborrezco la cursilería, casi tanto como detesto la prosa cantinera. Que estos últimos años he envejecido como si fuera un perro, a siete por cada doce meses. Que todo puede empeorar después de doce años de PAN. Hasta el PRI.

En algunos temas fui una Casandra región 4: supuse que internet lograría que el ciudadano medio pusiera, sin coerción de por medio, su vida interna a merced del Estado y el mercado. El sueño de Stalin, de Mao, de Hitler, de Franco, de todos los que han querido chuparle la médula a la gente. Todos informan a urbi et orbi desde qué desayunaron hasta sus miedos más personales, sus deseos más secretos.

Después de revisar los artículos me miré al espejo. Siempre he tenido cara como de border collie, pero se me ha acentuado.

Ojalá hubiera Botox para la mente, para el espíritu. El mío, según mis propios artículos y razones, desde el día inmundo en el que Felipe Calderón declaró su guerra, dio el viejazo.

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