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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del obeso

Me quema el alma en los tobillos. Silba en mi pecho un aire trabajoso y seco. Un sudor frío y perenne escarcha la cima dilatada de mi vientre y luego cae su bulto tembloroso entre mis piernas y se pierde. Crecen mis mejillas. La espalda me desborda. La sangre tensa todas las fibras del peligro en el arco de mis venas y mis pies. En las pausas de mi aliento cuando duermo roza mi garganta el borde biselado de la nada. Paso los días anclado en este viejo y robusto sillón muy cerca del suelo. Llegué aquí en pocos años de mi poca vida, oscilando como una barca a la deriva en un aire más pesado que yo, hendido bajo el eco acumulado de las voces de sarcasmo y las miradas de escarnio y repugnancia, la saña y los motes y las risas, encimada en mí y derramada la mórbida abundancia de mi cuerpo. Una mañana rasgaron mis ropas. Una tarde me raparon la cabeza. Cada día desde entonces se fragua conmigo y contra mí en los pliegues de mi carne y en mis huesos ya porosos, esta soledad que me duplica o triplica por lo menos y es mi sombra y mi reflejo, el único espejo que me abarca, la fina arena en que naufrago. No hay abrazo que rodee mi cintura, no hay hambre verdadera que se coma este vacío. Porque no es sólo mía y una sola o de cuna toda el hambre que me engorda. Del nudo primitivo del azúcar, la sal y la manteca trabado ahora en fórmulas sinuosas que entrampan el cerebro; de paquetes, celofanes y cartones relucientes, envases, lemas y estribillos musicales que machacan, quebrantan y secuestran voluntades; del crisol en que la industria disminuye y mezcla el alimento y le impone la textura y densidad que atinan el golpe de sabor en la conciencia desde niño; del ansia insaciable que promueve la pingüe variedad en los estantes, tan a la mano siempre y a la boca su distancia, tan certera su clara paradoja armada en el despojo y la opulencia; de la astucia que complace a sus venenos y degrada la inocencia de la mesa, y del molde roto en que se vierte y no se cumple la belleza y me reclama con sus muecas, me vienen a la talla que me exilia los bocados infinitos de mi peso. Una sobre otra estas hambres me amontonan, ulceran mis axilas, me saturan los empeines, retumban en mi tos y crispan mi encierro y mi silencio. Soy el pedal que mueve su múltiple engranaje, la palanca que levanta con las horas el vasto volumen de mi muerte. Una membrana apenas contiene de este lado mi tamaño. En la dura duermevela de cada madrugada, al cabo sé que no hay prodigio que me salve; no hay hechizo de pastilla o acierto de escalpelo, ni oscuros estribillos, oraciones o largas y pasmosas letanías a dioses innombrables que me amparen del vacío afuera y adentro que me aplasta. Llamo entonces al poder elemental de lo primero: al viento y sus poleas que me planten de pie ante la harina refinada y sus sirenas; que sofoque el agua las campañas noche y día de la industria de alimentos y lave sus ponzoñas; que otra vez se afane el fuego lento en la cocina y la tierra repare la inocencia y las maderas carcomidas de su mesa. Que conmigo esté mi voluntad. Que vuelva a ser mi contrapeso…

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