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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Instrumento sin dueño…

“¿De quién es esta guitarra?”, pregunta uno que llegó temprano al estudio y mata el tiempo calándola en sus manos. “Es de aquí”, responde el ingeniero que se apura cargando cables. “O sea que es de todos y de nadie”, agrega el primero. Tras unos minutos en que suenan arpegios de reconocimiento, el segundo agrega: “Pero suena bien, la hemos grabado muchas veces.” Dejándola a un lado, decepcionado por su ajuste, el músico dice entre dientes: “Sí, pero le falta cariño.”

En otra parte del mundo, simultáneamente, un saxofonista practica con distintos instrumentos que una marca de renombre le ha ofrecido antes del concierto. Con todos consigue un fraseo eficiente, buen tono y una aparente comodidad. De pronto toma el más viejo –se nota por su falta de brillo y tiene uno que otro raspón– y entonces, aunque su calidad y juventud son evidentemente menores, suena con una complicidad diferente. Todos lo notan. “Este es el mío”, señala sonriente.

Y es que los instrumentos son como las casas y los automóviles: si no se usan se joden o permanecen dormidos. No es romanticismo. El paso cotidiano de las manos sobre cuerdas, mástiles y diapasones mantiene despierta la madera, esa materia que se sabe árbol y canto en sus orígenes. Lo mismo sucede con metales, huesos y pieles. Unos recuerdan al calor de la fragua y otros al de la sangre; todos reconocen la fricción que por constante los mantiene soñando distancias. No pasa lo mismo con las violas que aguardan dueño en una tienda ni con el piano que, arrodillado en la sala de una casa que ostenta un lujo inmóvil, se ha ido quedando mudo, sordo a base de tanto olvido.

Es así: maderas y metales piden océanos para navegar, de lo contrario están hundidos en su flotación portuaria. Como la guitarra enclaustrada que en la vitrina de una tienda neoyorquina va muriendo, poco a poco, a causa de un precio que la vuelve intocable. Pasa entonces que alguien se atreve a solicitar su prueba –luego de que el encargado abre mil candados y la toma con un par de guantes blancos– para obtener un resultado tan triste como inevitable: la guitarra está en coma, sin voz ni oídos.

Qué diferentes los objetos que hicieron historia coincidiendo con músicos que los poseyeron sabiamente durante un tiempo específico, luminoso, y que pueden sobrevivir generaciones. Ellos reverberaron, se retroalimentaron y cumplieron destino porque fueron compañeros de batallas en las que cupieron amores, mimos e inspiración, pero también maltratos, descuidos y desatinos. Ejemplo es la trompeta doblada de Dizzy Gillespie. Su forma singular se produjo cuando alguien cayó sobre ella dándole un ángulo de 45 grados, así como un sonido que fascinó al jazzista. O el bajo de Jaco Pastorius, convertido en fretless (sin los trastes de metal) luego de que el músico lo modificara con la plancha de su madre en un hecho que cambiaría la historia del instrumento. El más destacado, por supuesto, sigue siendo el Violín del Diablo; el Guarnerius que perteneciera a Niccoló Paganini a inicios del siglo XIX y que año con año se deja tocar y grabar por los ganadores del concurso dedicado al virtuoso genovés.

En tal sentido, recientemente se estrenó el documental La guitarra vuela dedicado a la compañera de Paco de Lucía, un instrumento que tuvimos la oportunidad de tocar y que conmueve por la energía que le otorga nuestra imaginación. Otro valor intrínseco e inseparable que nos obliga a enaltecer un instrumento: saber que allí se compusieron tales piezas; que allí se improvisaron tales otras; que su resonancia le dio la vuelta al mundo definiendo las más intrincadas falsetas del flamenco. Todo ello, aunque subjetivo, afecta su estancia en la habitación que la contiene.

Otras películas que provocan estas reflexiones son, desde luego, El violín rojo, El piano, La guitarra de Gardel, abocadas a enseres específicos. Algo diferente a lo que ocurre en Todas las mañanas del mundo, El viaje del acordeón o El alma del bandoneón, valiosas pero genéricas. Pensamos también en el libro Las aventuras de un violonchelo, del mexicano Carlos Prieto (escrito para su propio chelo), en oposición a El contrabajo, novela psicológica de Patrick Süskind dedicada, entre otras cosas, a la personalidad general del instrumento. Pensamos en todo esto abatidos por el insomnio, miedosos de reencontrarnos con nuestro propio cómplice al que no hemos tocado en dos semanas. Silencioso en su funda no sabemos si está dispuesto al canto. De una forma u otra, lo sabemos, siempre hay que comenzar la conquista desde cero, humildemente, pues es él quien de verdad nos tañe. Veremos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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