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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

Antoine Volodine y el esperanto narrativo

La obra del francés Antoine Volodine (Charlone-Sur-Saone, 1950) es de una contemporaneidad apabullante. Escribe en su lengua nativa, el francés, con temperamento ruso y, sin importar el lenguaje literario de origen, su universo narrativo constituye un esperanto que sobrepasa lo que se conoce como “universalidad”. Por si fuera poco, Volodine es capaz de partirse en muchos, lo que técnicamente designaríamos “heterónimos” pero que, en muy particular caso, se transforman en coautores y, más allá, reemplazan lo que tradicionalmente llamamos “personajes” e incluso, como en su libro El post-exotismo en diez lecciones, lección once, se presentan como teóricos, creadores y experimentadores de sus propios géneros literarios. En Volodine, el neologismo no es simplemente una nueva palabra, es también un nuevo sentido.

Los críticos pretendieron ubicar a Volodine como autor de ciencia ficción, cosa que no parecía del todo descabellada, no al menos en el caso de su novela Ángeles menores, que posee múltiples referentes de la llamada ficción especulativa, entreverados con elementos fantásticos, pero Volodine rechaza radicalmente esta o cualquier otra etiqueta (se le ha querido vincular también con el realismo mágico, y él no niega su admiración por García Márquez y, especialmente, por Juan Carlos Onetti). Volodine no sólo es un autor: es un género que a su vez produce subgéneros como la narratura y el post-exotismo, entre otros. Ángeles menores se lee como una emocionante novela, pero según nos lo explican Volodine y sus heterónimos o coautores, desarrolla lo que denomina “narratura”, que tiene un fundamento más político que estético. La narratura, se nos explica, no es sino una variante de los textos post-exóticos; instantáneas novelescas que fijan una serie de circunstancias –emociones, sensaciones, conflictos– entre lo estrictamente imaginario y el recuerdo, que algo tiene también de imaginario.

Ángeles menores recrea un mundo post-apocalíptico y post-bárbarico que empieza a resurgir de sus cenizas gracias, qué ironía, a lo que los supervivientes pretendieron borrar de la faz de la tierra: el capitalismo, circunstancia de la que se culpa a un hombre llamado Will Scheidmann, concebido por un colectivo de ancianas tricentenarias que, a medio abandonar en un asilo en los páramos, optan por crear un hombrecito de tela que se alternan para “incubar” bajo sus almohadas, hasta lograr que se vuelva humano, o algo próximo: una especie de Frankenstein que aprende a vivir entre las dolencias que le producen sus torpes remiendos, pero termina traicionando los ideales de las abuelas que lo condenan al paredón… pero algo sucede que desvía el rumbo de las cosas. Para llegar hasta este punto de la historia, los involucrados, muertos algunos, narrarán, a través de los supervivientes que también son un tipo de médiums, un flujo de acontecimientos que van desde los recuerdos del mundo desaparecido, hasta los pormenores del actual, donde existen nuevos ricos que afrontan casi tantas incomodidades como quienes mantienen puros sus ideales.

Los coautores de El post-exotismo en diez lecciones, lección once, son presos políticos que, tras perder control sobre sus vidas, se reapropian del lenguaje y la literatura que les han sido arrebatados. A través de breves textos imaginativos, entreverados con la narración central del libro, que no es exactamente una novela sino una teoría literaria ficcionada, abordan las ideologías que confrontan –y emparentan– los totalitarismos con la llamada democracia. Se discute además la sutil diferencia entre mentira y ficción, o verdad agazapada y no-mentira, otro rasgo del quehacer literario que parece obsesionar al Autor confundido entre la masa de coautores.

Ese empeño de regar una especie de trampillas con tal de estorbar, cuando menos dificultar una clasificación, hizo suponer a los críticos de los primeros títulos de Volodine que se trataba, en efecto, de un colectivo de escritores con nombres predominantemente rusos, pero no: Volodine es un narrador de ficción con un genio y una tozudez más propias de un científico que de un literato: un científico literario. Y el primer gran autor de la era global. En México está publicado por una pequeña editorial oaxaqueña que sólo genera de tres a cinco títulos muy selectos al año, Surplus Ediciones, y está por publicar su novela ganadora del Premio Medici, Terminus radiante, todas y cada una traducidas por Iván Salinas.

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