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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Cine y censura (II Y ÚLTIMA)

Independientemente de la dimensión precisa de sus valores estrictamente cinematográficos, el principal acierto de Obediencia perfecta –de la que se comenzó a hablar aquí la semana pasada– no es diegético sino de contexto, pues hasta ese momento –un 2014 tardío si se le coteja con la época de las primeras denuncias y acusaciones en contra de quien fuera solapado y encubierto por el pontífice Wojtila, quien por cierto después sería considerado “santo” por su feligresía– la filmografía nacional no contaba con una sola producción explícitamente referida a esos hechos reales. El antecedente más inmediato era El crimen del padre Amaro, que filmada más de una década antes y, a su vez, también adaptación de una obra literaria, ésta del portugués Eça de Queiroz, más bien alegorizaba la venalidad eclesiástica contemporánea y nacional.

Así pues, y para decirlo de modo sucinto, Obediencia perfecta vino a llenar un hueco del que ni documentales como Agnus Dei: cordero de Dios, de Alejandra Sánchez, se habían ocupado, en tanto –conviene insistir– abordan la pederastia religiosa sin particularizar o, cuando lo hacen, no ha sido sobre el multicitado Marcial Maciel. Además, conviene no soslayar ese otro fenómeno contextual consistente en el abismo que, quiérase o no, separa la difusión, la repercusión y la memorabilidad pública de un filme de ficción y de uno documental.

A VER A QUÉ HORAS

Sobre el segundo de los temas potencialmente álgidos en lo cinematográfico mencionados aquí –religión, sexualidad y poder–, considérese Yo soy la felicidad de este mundo (2015) o, mejor aún, la filmografía entera de Julián Hernández, uno de cuyos principales intereses temáticos es la sexualidad, en su caso, en la vertiente homoerótica.

Es precisamente esta segunda condición la que le confiere a la obra entera de Hernández el más distintivo de sus rasgos y, al mismo tiempo, lo que la vuelve uno de los principales referentes de irreverencia e “incorrección política” en el espectro fílmico nacional, no sólo de los últimos años, y esto es así con independencia de la calidad intrínseca y la buena o mala recepción de cada uno de sus filmes en particular. Lo que quiere destacarse aquí es la saludable presencia de un corpus fílmico sin el cual el cine mexicano, visto de conjunto, luciría aún más pacato, mocho y reproductor de clichés prejuiciosos y discriminatorios, de lo que de por sí suele lucir. En otras palabras, si algo no hace Hernández es autocensurarse, y para comprobarlo bastaría incluso con citar el título del cortometraje documental que filmó en 2015: Muchacho en la barra se masturba con rabia y osadía.

En cuanto al poder, tercero de los temas que muchos acaban por soslayar, ya por conveniencia, ya por desinterés, el paradigma no es una película ni una filmografía en particular, sino una constante deplorable: tratándose de cine de ficción, en México pareciera imposible llamar a las cosas –y sobre todo a las personas– por su nombre. Es aquí, donde la denuncia se torna cada vez más apremiante, el ámbito en el que nadie se atreve pues, como sabe cualquier residente en el país, al que se atreva pueden enfriarlo, y eso si antes logra terminar un filme que, por supuesto, no habría sido hecho con ningún apoyo económico estatal.

Así las cosas, esa cordillera de silencios que ensordecen luce en la parte más alta un puñado de alegorías apenas, de ejercicios metafóricos y alusiones la mayoría de las veces tan vagos o tan lejanos que parecen aludir a cualquier realidad y no a la mexicana contemporánea en específico, y todo tan escaso y de tan cortos alcances que lo más destacable sigue siendo la propuesta de Luis Estrada, cuyo discurso fílmico, empero, fue transitando de la iconoclastia en aquel entonces cimbrante de La ley de Herodes (año) al ejercicio insuficientemente paródico de La dictadura perfecta (2014). Por eficientes que resulten, la caricatura y el humor negro claramente no alcanzan a llenar un hueco que sólo puede ser colmado por la realidad misma, ésa que, en literatura y como puede verificarse en este número de La Jornada Semanal, lleva el nombre de no ficción y, sin ser sólo periodismo ni sólo denuncia, también es un oficio literario, es decir, artístico.

Los ensayos al respecto son menos que escasos, mientras los asuntos y los personajes reales que deberían estar siendo reflejados en la pantalla no hacen sino acumularse. Esa es una de las tareas pendientes, entre muchas otras, del cine nacional de ficción, que a ver hasta cuándo se saca el bozal de la autocensura.

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