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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Cosas en la cabeza

La energía secreta del fleco

 

Hay perros con fleco que estoy segura de que agradecen a los humanos que les despejen la vista. El fleco, sin embargo, los torna demasiado humanos, como cantantes de los sesenta, y no dejan de inquietarme por lo mismo. El fleco me parece uno de los adminículos más propios de nuestra especie, la verdadera rebelión contra la naturaleza, de la que surgieron las faldas y los cortinajes. Por supuesto me refiero al fleco corrido, ése que no se aparta nunca pues dejaría de ser fleco, que cubre la frente como un peine puesto de cabeza. Como el que lucía el pintor japonés Fujita, amante de los gatos y de autorretratarse con aquel fleco que contribuía, junto con los redondos lentes, a ocultar misteriosamente su bello rostro oriental. El fleco es la amenaza perpetua de clausurar la mirada y volverse animal de nuevo. Por eso el asesino que Javier Bardem interpreta en la película No Country for Old Men, de los hermanos Cohen, trae uno de horror, que hace a un lado.

A veces el fleco da la impresión de que se porta con la finalidad de tener un pretexto para soplar hacia arriba, como un gesto de liberación. Si uno viaja en el Metro temprano por la mañana, puede encontrar una legión de mujeres de muchas edades, todas con un enorme tubo en el que se han enrollado el fleco, separado con gran precisión de una cola de caballo tan estirada que tensa las sienes. Los ignorantes creen que ese tubo sobre la frente (por lo general de plástico rosa, a veces azul) sirve para curvar el fleco exageradamente por extrañas razones estéticas, pero en realidad es una muestra del dominio de la civilización sobre sus propios inventos. Ay de aquel que rete a una secretaria de sienes tensas y tubo en la frente, en plena posesión de su poder controlador, pueden ser terribles. Además, el tubo sobre la frente les transmite secretos profundos que las ayudan a enfrentar el arduo día y vencer los dolores de cabeza provocados por la ignorancia de sus jefes.

La desesperación de la gorra

Hace muchos años fui, en la noche, a visitar a un anticuario de La Lagunilla. Iba a recoger unos instrumentos antiguos –un compás, un astrolabio, una brújula–, que adornarían el estudio de Sor Juana en una serie de televisión sobre la Décima Musa. Trabajaba yo para una espléndida vestuarista y decoradora inglesa, quien me lo pidió un poco de emergencia, pues la escena se rodaba al día siguiente. Nuestro anticuario –gran conocedor, en varias ocasiones habíamos ido a que nos socorriera con muebles y objetos de diferentes épocas para las películas– usaba una gorra perpetua, de día y de noche, que nos daba siempre que pensar. ¿Ocultaría algo aquella gorra a cuadros, más bien voluminosa, algún chipote eterno, alguna calvicie, otro rostro quizá, más pequeño? A veces, entre escena y escena de alguna película, me preguntaba yo por aquel curioso secreto y esa noche pensé que tal vez vería al anticuario sin su gorra, pues iría directamente a su casa. Sentí cierta emoción no exenta de miedo. ¿Me toparía acaso con el hombre elefante, tendría nuestro amigo una calva tan reluciente como la que hizo a uno de mis familiares perder la seriedad el día en que fue a pedirle auxilio a otro en una circunstancia grave y descubrió el larguísimo mechón que en el día se enrollaba cuidadosamente como queso de Oaxaca? Admito que soy una morbosa; con la edad he mejorado un poco, no mucho, y pido disculpas por esta baja pasión. Quizá, haciendo honor a su oficio, nuestro anticuario dormiría con camisón largo, gorro de dormir y bigotera como Groucho Marx.

En realidad, la casa no era muy distinta de su tienda de La Lagunilla. De hecho, estaba igualmente llena de salas y comedores de distintas épocas, apilados con lámparas, adornos, ropas y otros objetos. El buen hombre abrió la puerta en camisa y con la eterna gorra en la cabeza. Ni en la casa se la quitaba, qué misterio. Me recibió con amabilidad, me ofreció un jerez que decliné cortésmente, me dio mi astrolabio y partí en el Metro de regreso a mi casa. Esa noche caminé entre los soldados que vigilaban la entrada a Coyoacán por Francisco Sosa con una mezcla de temor y desencanto. Después soñé que, merced a un salto audaz de los que sólo se dan en sueños, le arrebataba la gorra al anticuario. Debajo había, por supuesto, otra gorra igual, como sucede siempre con los misterios, y debajo otra y otra y otra, hasta la desesperación. El astrolabio no ayudaba a orientarse en aquella profundidad.

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