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Quemada viva

Casi no me reconozco en la esposa que me mira fijamente desde el espejo. Mi mamá, conmovida, murmura que estoy radiante. Una hora. Dentro de una hora, Marco será mi esposo: la impaciencia hace parecer infinito el exiguo espacio temporal que se interpone al para siempre. Quizás seamos muy jóvenes pero, ¿qué importa? Somos felices. Mi madre parece celebrar un antiguo ritual que se transmite de mujer a mujer cuando fija sobre mi cabello negro el velo de encaje de mi abuela. Del brazo de mi papá, me encamino hacia la iglesita de este pueblo de mil cristianos en un peñasco sobre el mar. La gente me mira pasar y las viejas chismosas me auguran felicidad e hijos varones. Sonrío y pienso en que quisiera sólo hijas mujeres mientras atravieso el portal y me dirijo hacia Marco. Me contempla como si yo fuera la Virgen venerada en vez de la efigie sobre el altar.

Un celular empieza a sonar. Insistente y tan fasti-dioso que me despierta. El lindo sueño se desvanece y la realidad me agrede: en la pantalla aparece el número de Marco. La primera llamada cotidiana de mil que se subsiguen hasta bien entrada la noche. El ansia me hace un nudo en la garganta, me retuerce las tripas, aniquila mi combatividad. Estoy destrozada, desgastada por las llamadas que se alternan a mensajes de texto imperiosos, martilleantes… Cambiar de número es una inútil pérdida de tiempo: no sé cómo le hace, pero no me pierde la pista. Él no acepta la separación y no me perdona que lo haya excluido de mi vida. Pasa de las amenazas a las súplicas para volver a entrar en ella, para impedirme que me aleje de él. Está más presente que cuando estábamos juntos, y la venganza consiste en anular mi voluntad de resistirme a la violencia psicológica a la que me somete. Ay, por Dios, ¡y cómo se ensaña! Una sarta de golpes bajos que aniquila mi lucidez mental. Estoy a merced de un loco, incapaz de defenderme. Ni siquiera la policía puede.

Se introdujeron en nuestra relación de inmediato. Me refiero a los obsesivos celos de Marco. Me tomaban por sorpresa sus arranques que nacían de estúpidas incomprensiones, pero yo era la primera en justificarlo. “Me da pánico perderte”, decía. Lo tranquilizaba, pero no servía. Mientras más cedía a sus peticiones, más se deterioraban las cosas. Me adoctrinaba recriminándome sobre comportamientos que yo no reconocía en mí, pero que de todas formas trataba de corregir. Me aislé de mis amistades poniendo a Marco al centro de mi universo. Ni siquiera esto fue suficiente: exigía más. Tuve que renunciar a mi trabajo en la oficina: veía rivales en todos mis colegas. Recluida entre las paredes del hogar, pero “por él esto y más”, me repetía a mí misma cada vez que renunciaba a toda relación social. Yo, él, y lo demás fuera.

Déjalo, hazme caso”, me exhortaba la única amiga que no se esfumaba cuando pasaba cerca de mí.

“Con los maridos, hay que ser pacientes”, era la consigna de mi mamá. Tiene ideas anticuadas sobre el rol de las esposas. “Aguanta. Así es él pero te ama y, en una pareja, es la mujer quien se sacrifica.”

Obedecí engañándome con que volvería a ser el hombre que me enamoró. Nunca estaba a la altura de sus expectativas y mi abnegación no puso fin a sus maltratos. Las sospechas le entorpecen la razón y hacerla de rescatista no nos llevará a ninguna solución. Entendí que estaba atrapada en un mecanismo morboso, rehén de un amor enfermo que se nutre de atropellos y dolor, que mata cualquier sentimiento. Tengo veinticinco años y soy tierra calcinada. La única sensación que no se marchita en mí es el miedo. Él medió el fracaso de nuestra relación transformándose en un creativo stalker. Se deleita aterrorizándome con formas de persecución contra las que soy inerme. Es-pero algún arrepentimiento y, mientras tanto, todo se derrumba. He perdido algunos empleos por las escenas públicas de mi exmarido. Mi casa es un lugar hostil. Un caparazón vacío en el que me encierro tratando de reaccionar en las cortas pausas de silencio entre una llamada y otra. A menudo, cae aquí de sorpresa y el áspero vaivén de dimes y diretes alimenta la enésima riña y los opresivos sentimientos de culpa que me ator-mentan. Quería reconstruir una vida decente a partir de las ruinas de la desi-lusión y, en cambio, continúo lamiendo las supuestas heridas de un monstruo que reclama derechos que a mí me niega.

Al quincuagésimo tono me derrumbo emotivamente.

– Tengo fiebre –silba en la bocina.

–Llama a tu madre –objeto.

–Por favor… –insiste –. Necesito una aspirina.

El pánico se apodera de mí. Está triturando en mí todo destello vital pero soy incapaz de negarme. Enseguida me abre la puerta y algo en sus ojos me en-ternece profundamente, una inquietud que me hiela.

–No me entretengo –digo mientras le doy la medicina.

–¿Una cita?

–No empieces –replico.

Extrañamente Marco trae en la mano una regadera y vagamente me pre-gunto para qué le servirá en ese momento. Quiero irme, apartarme de su feroz represalia verbal. Casi estoy en la puerta cuando me corta la retirada con un salto. Unos chorros rebosan del borde y a la nariz me llega un intenso olor a gasolina. Antes de prever el gesto, me tira encima el líquido. Sorprendida, me miro la ropa empapada y después dirijo mi atención a Marco. Me doy cuenta de que él también está mojado y veo que enciende un cerillo. Sonríe mientras se prende el fuego. El horror me paraliza: grito desquiciada y busco salvación en la sala. Me agarra con un movimiento ágil y convulsionado y me clava a su cuerpo: me debato desesperadamente pero ardo como una antorcha junto con él. Después, la oscuridad

 

Traducción de Brenda Mora

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