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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Palabras, ¿para qué?

Todo lo vivido se empoza en el alma. El golpe a Excélsior, la intimidación a Proceso para omitir una noticia incómoda y el retiro total de publicidad gubernamental; el asesinato de Manuel Buendía, la serie de transferencias subrepticias iniciadas con el unomásuno, la reconversión de buenos reporteros en portavoces impúdicos del presidente en turno, la presión por la vía del veto, el periodismo subsidiado y el manejo oscuro de las inserciones pagadas; el embute en metálico o el pago en especie (yates, viajes, fincas y exenciones fiscales, así como becas, puestos diplomáticos y canonjías por parte de mecenas con erario público a sus mejores cómplices).

En este clima de guerra militar a punto de ser legalizado, todo parece agresión contra la prensa que se niega a obedecer la línea de plata o plomo y a beneficiarse mediante el “pago por no pegar”. Se arrincona, se silencia, se quiebra un invaluable proyecto de periodismo cultural crítico en medio de un mutismo estrepitoso. Se amenaza velada o explícitamente a los periodistas no venales; se les acosa, persigue y asesina, de rodillas, en plena calle, a plena luz, a veces ante familiares menores de edad. Y además de lo duro, lo tupido sirve para diluir crímenes de Estado como los fraudes electorales, el espionaje cibernético selectivo y de amonestación, la corrupción de Enrique Peña Nieto manifiesta en la continuidad de otorgamientos a su socio constructor y en la caricatura de imputaciones a Javier Duarte como pago por su dinero sucio para la campaña presidencial de 2012. Con tal control de daños se interrumpen dos vuelos de un tiro, distrayendo la testificación pública y notoria de la impunidad y acallando las voces que documentan mediante investigaciones serias dicha impunidad.

Ese contexto se integra en un sistema económico global deshumanizador que no tiene reparo en arrasar toda la vida del planeta. Este “horror económico” abisma las desigualdades y estimula los enconos. Con todas las virtudes comparativas que se quiera, con sus tintes cooperativistas y su obvia diferenciación con respecto a las corporaciones esclavistas que leal o deslealmente compiten contra ella, La Jornada es una empresa. Una empresa formada por todos los que en ella prestan sus servicios. Por ello, aunque sea una fuente de trabajo que informa y aporta fundamentos críticos a la sociedad y aunque su producto final –informar, reflexionar y comunicar– dignifique colectivamente a sus hacedores y les proporcione sentido de pertenencia, no puede estar exenta de la enajenación ni de las contradicciones, luchas, pugnas y tribulaciones financieras inherentes a toda empresa, periodística o no, consecuente o no. Por esa razón aplaudo la solidaridad, no total ni incondicional ni siniestramente interesada, con quienes participaron en el paro laboral y lo hicieron de buena fe, o bien por carecer de información imprescindible y convencidos de la justicia de su acción. ¿Cuántos la apoyaron convencidos de que es una causa legítima y por defender una paga que se adelgaza quincena a quincena debido al mencionado “horror económico” depauperador de mayorías y arruinador de empresas medias para beneficio de los monopolios transnacionales y de unas cuantas familias seminacionales? Lo ignoro. Como también paso por alto el lema estalinista de “hacerle el juego a…”

La violencia contra el periodismo libre, plural, independiente, no puede soslayar los motivos de los paristas, sus intereses, sus convicciones, sus niveles de formación, sus aspiraciones y percepciones. Levantada pero latente, la huelga sacó a flote la confusión de todo el mundo y el odio vivo del periodismo de derecha; pero también representa la oportunidad de ver a La Jornada con ojos nuevos, de cambiar lo necesario para que resulte redituable y justa en tanto empresa, para que sea un producto colectivo capaz de dignificar a los trabajadores de cualquier rango. Porque, de algo podemos estar seguros, los intentos de desaparecerla del panorama periodístico nacional no cejarán ni vendrán por un mismo flanco. Para frenar el divisionismo interno es urgente reparar lo reparable, dialogar con quienes habiendo tomado partido por cualquiera de las partes principales en conflicto, busquen oír y hacerse oír. Para eso pueden servir las palabras. Ahora más que nunca es cuando el periodismo que no disfraza ecos ni silencios necesita del diálogo abierto y de la máxima aproximación posible a la objetividad.

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