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Yo soy la iglesia

Yo soy la iglesia.

No inmensa pero maciza. Mi fachada conserva la huella, en la reciente piedra a la vista, de la antigua sobriedad a la cual fueron obligados los primeros constructores. En falso neoclásico, con aquel portal en arquitrabe, entre dos nichos vacíos ribeteados por pilastras y capiteles compuestos que da la idea de una potencia románica que ya no existe sino en el recuerdo. Domino la plaza y las calles que me tocan los costados desde hace casi mil años; algunas han cambiado de nombre, otras ni siquiera existían.

Soy la iglesia dedicada a la Santísima Anunciación: el nudo inexplicable de la concepción virginal. Cuántas veces ha sido mencionado en el altar este término cargado de misterio. Se me ha tributado una de-di-catoria ilimitada, si no fuera porque no entiendo su destino: no me ocupo de los poderes de los que los hombres me invisten. No sigo sus impulsos hacia las divinidades, las atmósferas de incienso y devociones, las homilías: estos hombres, por más que se esfuercen en alcanzar el cielo, se quedan siempre con los pies atascados en el fango. Yo aplasto el piso con ellos, los hospedo en mis suelos, pero la diferencia entre las personas y yo es que estoy hecha de ladrillos. Que no engañen los arquitrabes lignarios ni los frescos del siglo xvii: mis huesos, mis cartílagos y mi epidermis grabada son de piedra.

No tengo un corazón, no tengo una fe; sin embargo, acojo a quien sea que se presente.

No rezo, pero observo.

Y recuerdo.

Recuerdo los millares de pasos que han pisoteado mi sagrario. Pies descalzos, pies envueltos en sandalias renacentistas, pies alegres de novias. El calzado ha atravesado las modas y las condiciones económicas, secundando caprichos y limosnas. Pies de soldados armados, de pueblerinos cansados, tacones de nobles emperifollados. Zapatos serios de matronas o negros de viudas, afrancesados elegantes para hombres adinerados. Tenis de jóvenes devotos. Recuerdo a todos los visitantes y a los huéspedes fijos, por los siglos de los siglos. De entre todos, la recuerdo a ella, sus sandalias de goma, su cadenita llevada con gracia, su sonrisa tan blanca como para quebrar el azulado cielo de aquella tardía mañana de septiembre.

 

No es domingo, ni se celebran ceremonias; sin embargo, hoy mi puerta está atiborrada de gente. Vaivenes, cuchicheos, sospechas. Los muchachos se acercan abatidos, silenciosos. Algunos adultos mantienen la mirada abajo, otros lloran. No lo comprenden. No puede haber pasado, no en esta pequeña y tranquila ciudad, en el epicentro de la comunidad.

Muchos depositan ramos de flores al costado de mis dos grandes escalones, pronto el cemento debajo de la fachada se colorea con puntos lilas, blancos y otros colores tenues. Manchas amarillas y verdes. El perfume de las rosas se propaga más allá de la fragancia de las mentiras calladas. Los transeúntes se acercan con cautela, pegan mensajes en el portal y en los muros en los que han escrito frases de afecto y de duelo. Todas dedicadas a ella, la muchacha desaparecida hace diecisiete años, cuyos restos encontraron ayer en el desván, cuarenta centímetros en la parte interna del techo. La adolescente de sonrisa cándida y de las sandalias con suela de goma, aquella que en una mañana de otoño titubeaba mientras alguien trataba de convencerla de que lo siguiera.

Un golpe directo al estómago de los hombres de la división criminalista de la policía cuando la vieron hace algunas horas. De ella queda la osamenta, la ropa desgastada por el paso de las estaciones y una sensación de impotencia que apestaba el ambiente. El fo-rense confirmará que la joven fue asesinada de trece golpes con un arma punzocortante.

Encontraron los restos cubiertos de tejas, declaran que probablemente el cadáver fue escondido con pedazos de madera y otros roblones, unidos entre sí con clavos. Se dice –y yo sé que aquello es verdad, porque conozco todo lo que acontece dentro de mí y en los espacios limítrofes– que no es posible tener escondido tantos años un cadáver en un lugar como éste. Incluso habrá pasado alguien, allá donde la encontraron, en más de tres lustros.

¿Alguien sabía?

Sí. Alguien sabía.

 

Yo soy los muros y me he plegado a la voluntad de los tiempos. Mi estructura medieval de tres naves se ha restringido a un solo corredor, con varias capillas, un techo artesonado, un transepto y un ábside semicir-cular; poco conservo de mi primera cara. Si realmente quieren ver lo que queda de original, vayan a los dos registros que quedan del campanario, pero cuidado con los engaños del tiempo: la inmutabilidad no pertenece a la materia.

Yo soy los muros y veo todo. Lo que vi aquella mañana de hace diecisiete años no puedo contárselo a los hombres. ¿Cuánto crédito podrían dar los hombres a un edificio que es sólo una construcción y que no posee los atributos místicos que ellos le confieren?

 

Aquella mañana.

Era un domingo de septiembre y el otoño se asomaba sin presunciones.

Ella vestía un lindo suetercito que le había hecho su mamá. Le hacía compañía una amiga, parecía serena.

Llegó él y hablaron. Él, aquella mañana, tenía una intención fortísima de ruina y destrucción. Debajo de la chamarra escondía unas largas tijeras, pero nadie lo hubiera sospechado porque hablaba y sonreía.

He aprendido algunos idiomas a través de su eco. He escuchado durante siglos el latín en cantinela de las misas y las confesiones deplorables de millones de arrepentidos. Reconozco las vigorosas inflexiones. He oído secretos, he escuchado y visto de todo. Pero lo que sucedió aquel día no había sucedido nunca en la historia milenaria de la ciudad.

Habrán sido las once y media cuando ella se des-pidió de su amiga y se dirigió a la casa del cura por la entrada lateral. Ella no quería, pero él había sido muy insistente. Le había prometido un regalo por haber pasado sus exámenes finales. Había hecho énfasis en la bondad de ella, a quien no le interesaba el regalo: era una muchacha de corazón blando como el pan y le parecía muy descortés despreciar aquel gesto evitándolo.

Él la había conducido con engaños dentro de mí, pasando precisamente por la casa del cura. Y antes de subir por mis escaleras, ella lanzó una mirada al altar, donde el cura oficiaba todavía la misa de las once. Aquello la hizo sentir no precisamente protegida, pero al menos animada. Al fin y al cabo estaba en su iglesia.

Lo había seguido por la escalera, hasta el primer piso. Habían pasado la biblioteca y el salón de música, arriba por dos nuevas curvas, y allí estaba la habitación del párroco en el segundo piso –puerta cerrada, recámaras vacías– y más escaleras hasta el tercer piso: las salas de reunión de los jóvenes le habían hecho recordar tardes en compañía. Y justo allí, de repente le brincó el corazón dentro del pecho. Ya no se sentía segura, quería regresar. Pensaba en una excusa que no fuera muy grosera, había osado dar un paso atrás, pero él la detuvo y estrujó; decía que ya habían llegado y que después regresaría a su casa, sólo debía ser paciente, faltaba el último esfuerzo.

“¿Ves?, ¡aquí está la escalera!”, le señaló con el dedo, mientras subían los peldaños empotrados en el campanario.

“Pero está muy inclinada...”, intentó ella poner re-sistencia, mirando asustada la escalera de madera colocada en posición casi vertical. Después se giró hacia atrás y una sensación de algo irreparable la dominó. Había desechado de inmediato ese mal presentimiento: siempre intentaba encontrar el lado bueno de las cosas.

“Ya llegamos. ¡Anda sube!”

Ella nunca había visto mi terraza. No se eleva sobre toda la ciudad, sólo sobre las casas antiguas, pero concilia los ánimos con las nubes y, con la típica magia de todos los ángulos expuestos al cielo, prodiga emociones a quien sabe que padece de vértigo. El corazón le seguía brincando a la muchacha, tropezaba con las aristas prominentes de un azulejo zafado, él quería mostrarse amable: “Cuidado, no te vayas a caer.”

El pensamiento de que pronto se libraría de aquel asunto la llevó a continuar.

Rozó con las manos mi techo y cosquilleó el cam-panario, la cercanía le creó un extraño efecto, una subversión de las distancias: como si el lugar de culto se hubiera reducido haciéndose pequeñito, casi una maqueta. Se deslizaron detrás del campanario, después por la claraboya del desván, finalmente otras escaleras, esta vez para bajar.

Cuando se abrieron de par en par a la derecha los grandes postes de la cercha que izaba la nave del techo, ella entendió que estaba en el corazón de mi esqueleto. Le pareció que temblaba, no creyó que se pudiera penetrar tan adentro de un lugar sagrado, lo enseñan implícitamente hasta en el catecismo: los templos están hechos para que se les mantenga a cierta distancia. En ese momento –mientras bajo sus pies, más allá de los casetones decorados y de decenas de metros de aire con olor a incienso, los fieles asistían a las lecturas del evangelio–, una angustia terrible la había envuelto, más terrible que la renuencia con la que había cargado.

La conciencia de la lejanía del mundo y de su infinita soledad.

 

Lo que sucedió después yo lo recuerdo con la claridad lacerante que imponen las violencias inauditas.

Pero lo que ha sucedido entre los triángulos de mi cercha, nadie me lo preguntará.

Se lo preguntarán a los criminalistas, que traerán certezas entrelazadas con dudas y la confirmación de la sospecha.

Se lo preguntarán a testigos ausentes y la pregunta desgarrará la ciudad: ¿cómo fue posible que un cuerpo haya sido custodiado en mi techo, sin que nadie jamás se haya dado cuenta? ¿Es plausible que quien cuidaba la estructura haya permanecido ignorante de todo? ¿Quién, y por qué, alguien, solapó al asesino?

Ya lo sé: no se me interpelará.

Mejor, para muchos, si me quedo callada.

Porque si yo hablara, develaría cosas que nadie quisiera escuchar.

Develaría la inmundicia y algunos me considerarían poco fiable.

Porque yo soy sólo la iglesia y no me intereso en los hombres, ni ellos se ocupan de mí, a menos que se trate de idealizarme o de adornarme para una fiesta

 

Traducción de Violeta Hernández

 

*Tanto este cuento como “Quemada viva”, de Mariangela Camocardi (ver página 5 de este suplemento) fueron tomados de la antología Ni una más. 40 escritores contra el feminicidio (Fabrizio Lorusso y Clara Ferri, coordinadores de la versión mexicana, Ed. Universidad Iberoamericana León, 2017). Traducción de una obra colectiva que se editó originalmente en Italia, coordinada por la escritora Marilù Oliva. Los cuentos se basan en historias reales de feminicidios y, lejos de referirse sólo a la realidad italiana, se presentan como universales y arrojan una imagen impactante de esta problemática social, cultural y política. Las traducciones son de estudiantes y egresados de la carrera en Letras Italianas de la unam, bajo la revisión de Clara Ferri y Benjamín Maldonado Carrillo. La obra fue traducida gracias a una contribución a la traducción asignada por el Ministerio Italiano de Relaciones Exteriores y de la Cooperación Internacional. Fundamental ha sido el apoyo de la editorial italiana Elliot, de la coordinadora del volumen en italiano, Marilù Oliva, de las y los autores participantes, de los y las traductoras, y de la asociación italiana Teléfono Rosa para la defensa de los derechos de las mujeres. Para conseguir el libro: https://www.facebook.com/commerce/products/1266050806826175/ o bien en https://goo.gl/nov55z, así como en www.libreria-morgana.com

 

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