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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Murmullos, murmullos

Las de nuevo lamentables escenas del dizque presidente y dizque canciller mexicanos en Hamburgo, durante la reunión del G20, en que ni Enrique Peña Nieto ni Luis Videgaray Caso escucharon –según ellos– a Donald Trump replicar en sus carotas que considera, tozudo e imbécil, que los mexicanos debemos pagar por su muro de odio y racismo, ese demasiado largo instante de tan incómodo silencio en la salita aquella de color azul, constituyen una de las más grandes humillaciones públicas que yo recuerde que le hayan sido asestadas a ningún presidente mexicano. A cuadro, en televisión internacional y ante pregunta expresa de una periodista extranjera. Como bien apunta mi querida Sanjuana Martínez en su texto de SinEmbargo del lunes 10, Peña prácticamente dejó de gobernar hace tiempo y solamente “nada de muertito”. Pero nos arrastra en su desprestigio.

Las escenas de la foto de todos los presidentes, aprovechando esos momentos para establecer fugaces acuerdos y charlas por venir, muestran en efecto a un Enrique Peña solo, confuso, perdido. Aislado. Ignorado por sus pares. Ser un presidente así debe ser todo lo contrario a los falsos glamur o chabacanería que luego vemos en los anuncios promocionales de su imagen. Porque en realidad, nadie que no quiera sacarle algo se le acerca. El presidente de México se ve tan solo fuera de México como dentro de él. Y lo mismo aplica para su mujer, quien como otra vez señaló oportunamente Sanjuana, brilló casi todo el tiempo por su ausencia, quizá porque se fue de compras, aprovechando el viaje. Que nosotros pagamos.

Llama mucho la atención por ejemplo que por protocolo la llegada de los mandatarios a la reunión inicial del G20 la hacen siempre acompañados de sus cónyuges, pero Peña llegó con Videgaray. Según versiones que recogió Sanjuana, Angélica Rivera vive con miedo de nosotros, los mexicanos, de nuestras protestas y reclamos a su frivolidad y omisión ante las atrocidades que ha cometido su mazacote, y de que esas protestas y reclamos la alcanzan donde quiera que va; y no cuesta mucho trabajo imaginarla haciendo mohín caprichoso: “No voy y hazle como quieras.” Hemos visto varias escenas de públicos desencuentros de la pareja (aquella a su llegada a Inglaterra, hace unos años, en que se ve a Peña evitando darle el brazo a la Gaviota, o aquellas del balcón de Palacio Nacional, de un 15 de septiembre no muy lejano, de discusiones entre dientes y muecas de mal disimulo). Como se pregunta Sanjuana, quién sabe si vayan a seguir juntos cuando por fin acabe este sexenio maldito. Yo agregaría que dudo que sigan juntos ahora mismo. Más parece que guardan apenas algunas apariencias. En fin. En realidad, eso es algo sin importancia.

Volviendo a ese crisol de incomodidades y evidentes cobardías de los “representantes” mexicanos (jodidos, muy, pero muy jodidos debemos estar para que esos mandriles apáticos nos “representen”) tragando pinole en esa salita rabiosamente azul, la palabra, la entonación, el tono y el volumen de la respuesta de Trump fue, en todos esos ámbitos, tajante y sonora. Absolutely, dijo Trump. Que en inglés es una manera categórica de decir que sí. Mucho más tajante que un simple yes. Lo escuchó la reportera, que estaba en el extremo opuesto de la sala (y no sentada junto al presidente gringo, como sí estaba Peña, ni en una fila contigua, como estaba inmediatamente al lado Videgaray). Lo escucharon intérpretes y ayudas. Lo escucharon todos los miembros de la delegación estadunidense. Lo escucharon, fuerte y claro, todos los representantes de la prensa allí presentes. Y lo escuchamos fuerte y claro también millones de personas en México y el mundo que hemos visto y repetido esas escenas vergonzantes en televisión, pero sobre todo en redes sociales, porque las televisoras mexicanas y no pocos medios oficialistas fueron corriendo a lavarle la jeta al sátrapa y tratar de justificar su absurda, súbita, momentánea y al parecer muy conveniente sordera.

Peña, como suele hacer, terminó empeorando todo aduciendo luego, ante las críticas, que el sonoro ladrido de Trump no pasó de un murmullo.

Lo que no es murmullo sino clamor nacional, es que queremos su renuncia. Que se vaya por indigno, por medroso, por cobarde y poca cosa. Hablando sólo en términos de diplomacia y geopolítica, conceptos de los que evidentemente el señor Peña y su chicharito no saben ni papa.

Sin contar desde luego el desastre nacional.

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