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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

Retornar a la evidencia

En 1928, Lanza del Vasto, entonces estudiante de filosofía en Florencia, se topó con el Evangelio y con la primera biografía de Gandhi, Gandhi de Roman Rolland. Aquellas enseñanzas llegaron a esas zonas profundas que hacen que un ser humano dé un giro de 360 grados, un giro que la tradición cristiana y el propio Lanza llaman “conversión”, cuyo significado es “transformarse, hacerse distinto” o, más sustancialmente, “dar totalmente la vuelta”. Abandonó entonces su vida de confort y, como lo dice el Evangelio, se echó a caminar con un bastón y unas sandalias. ¿Qué buscaba? Lo esencial en un mundo que se abría al entusiasmo industrial y se preparaba para la guerra. Poeta, filósofo y artista, tenía tras de sí un par de libros de poesía, una tesis inconclusa, que más tarde reescribiría bajo el título La trinidad espiritual, y varios cuadros y esculturas. Vivía de pintar retratos y de alquilarse por un par de comidas en las granjas. En aquellas caminatas a lo largo del sur de Italia comenzó a redactar un conjunto de aforismos que concluyó en 1938 durante su viaje a India y su encuentro con Gandhi, y que publicó en 1945 bajo el título Principios y preceptos de retorno a la evidencia, con un subtítulo que podría haber escrito David Thoreau, el padre de Tolstoi, de Gandhi y, en cierta medida, del propio Lanza: Elogio de la vida simple.

Lo que dice ese libro, escrito con el peso de la reducción voluntaria de su autor a una vida simple y al balanceo sobre sus pies –“Reduce tus deseos a tus necesidades y tus necesidades al mínimo”, escribe en él, y “Honesto es aquel que genera una relación entre lo que toma y lo que devuelve”–, es que la vida buena, la vida verdaderamente humana y libre es aquella que al renunciar a las dependencias y las prótesis industriales, y al poner un coto a las ambiciones y al espíritu de lucro, te lleva, a partir de renunciar a la maquinaria heterónoma, al trabajo manual, a la vida comunitaria y al servicio. Libro que antecede como un anuncio a La convivencialidad, de Iván Illich (1973), la claridad que Principios y preceptos de retorno a la evidencia descubre no sólo es la del sentido común, extraviado bajo capas y capas de las riquezas ilusorias de la modernidad, sino de esas verdades que, como decía Gandhi de su propia enseñanza, “son tan viejas como los cerros”.

Para recuperarla, dice Lanza, hay que convertirse, y para convertirse hay que ejercitarse espiritualmente. Así, escribe: “Si desapruebas la mentira, deja la ciudad. Si desapruebas la banalidad, no leas los periódicos [habría que agregar, renuncia a la televisión, al Twitter, al Facebook]. Si desapruebas la fealdad del siglo, arroja de ti lo que viene de una fábrica. Si desapruebas las carnicerías, deja de comer carne. Si desapruebas el burdel, mira a todas las mujeres como a tu madre. Si desapruebas la guerra, no aprietes nunca los puños. Si desapruebas la miseria, despójate libremente”. O, como lo diría también Gandhi: “Si quieres combatir la miseria cultiva la pobreza.”

Hoy, bajo la profunda y grave crisis civilizatoria que vive el mundo y bajo el desastre de corrupción, miseria, podredumbre y criminalidad que vive México, leer Principios y preceptos de retorno a la evidencia y La convivencialidad, de Iván Illich, es recuperar no sólo la evidencia, sino, por lo mismo, un camino y una salida al atolladero en el que estamos. Al poner la marcha, el caminar, como un símbolo contra el industrialismo –Gandhi eligió la rueca–, el libro y la experiencia de Lanza, no sólo revelan la dignidad y las proporciones verdaderamente humanas, sino también el vínculo con la temporalidad y con la naturaleza y sus ritmos que la modernidad rompió. De allí esta poderosa crítica a la sociedad urbana, centro en el que, bajo el parasitismo, el hacinamiento, la prisa y la violencia, la evidencia se oculta y se olvida: “¿Qué cosas necesarias producen las ciudades?/ ¿Producen el trigo del pan que comen?/ ¿Producen la lana del vestido que usan?/ ¿Producen leche, producen huevo?/ ¿Producen fruta?/ Producen cajas. / Producen etiquetas./ producen precios./ Producen política./ Producen propaganda./ Producen ruido./ Nos quitaron el oro de la evidencia y lo extraviaron.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

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