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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Ariel 59

El pasado martes 11 de julio se llevó a cabo la quincuagésima novena entrega del Ariel, el premio cinematográfico más importante que se otorga en México. Como rezaría una nota clásica, la gran ganadora de la noche fue La 4ª. Compañía, codirigida por Amir Galván y Mitzi Vanessa Arreola, que se llevó diez trofeos incluyendo los de mejor película, edición, actor, actor de cuadro –para Adrián Ladrón y Hernán Mendoza, respectivamente–, sonido, vestuario, diseño de arte, maquillaje, así como efectos especiales y visuales. Los siguientes filmes con más triunfos fueron Tempestad, con sendos Arieles por mejor dirección para Tatiana Huezo y fotografía para Ernesto Pardo, además de que ganó como largometraje documental, y Almacenados, de Jack Zagha, que también se llevó tres Arieles: por guión adaptado para David Desola, y mejor actor –ex aequo con el referido Adrián Ladrón– para José Carlos Ruiz, así como coactuación masculina para Hoze Meléndez. Por su parte, El sueño del Mara’akame, de Federico Cecchetti, fue la mejor ópera prima y Emiliano Motta obtuvo el Ariel por mejor música original. Asimismo La caridad, de Marcelino Islas, ganó dos Arieles en las personas de Verónica Langer y Adriana Paz, como actriz y coactuación femenina, respectivamente.

Con un Ariel cada una, Maquinaria panamericana ganó por guión original –coescrito por Joaquín del Paso y Lucy Pawlak–; Martha Claudia Moreno, de Distancias cortas, ganó como actriz de cuadro; María Evoli como revelación femenina por Tenemos la carne; y Paco de la Fuente como revelación masculina por El Alien y yo. Por último, cortometraje de animación fue para Los aeronautas, de León Fernández; cortometraje documental para Aurelia y Pedro, de Omar Robles y José Permar, y cortometraje de ficción para El ocaso de Juan, de Omar Deneb Juárez.

De canibalismos y otros tribalismos

Es muy probable que, de los nueve largometrajes y tres cortometrajes que ayer obtuvieron al menos un Ariel, el lector de estas líneas haya visto acaso uno o dos, o de plano ninguno, y la culpa de que así sea por supuesto no puede ni debe achacársele a la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), otorgante los premios, pero tampoco a los filmes ganadores. La condición semiclandestina del cine nacional se debe por completo al desinterés, la impericia, la actitud convenenciera, el entreguismo y el conformismo, entre otros defectos graves, de quienes deberían poner lo mejor de sus empeños en que la situación fuese muy distinta.

Apúntense entre los responsables, primero, a las “autoridades” de diversos órdenes –hacendario, legislativo, cultural–, que hace veintitrés años literalmente sacrificaron al cine nacional en el altar comercial del TLC. Pónganse a continuación los beneficiarios directos de dicho suicidio cultural, es decir distribuidores y exhibidores cinematográficos, que se entregaron alegremente a la difusión masiva e interminable de cuanta basura, estadunidense casi al cien por ciento, les dejara el máximo de ganancias, sin que para lograrlo les importara pasarse por el arco del triunfo una legislación que debe provocarles risotadas, para no hablar de algo tan o más importante llamado identidad nacional y cultural, o idiosincrasia, conceptos que claramente ni por asomo conocen, como se supone que sí deberían conocer –iluso que es uno a veces– toda suerte de comentadores, glosadores, recomendadores y escribidores cinematográficos, tan amoldados al estado actual de las cosas que, a la hora de los Arieles y a todas horas cuando se trata de abordar al cine mexicano, sólo alcanzan a proferir la misma retahíla de cacayacas, monótona y cansina, por cierto alentada por un afán comparativo totalmente absurdo.

Es verdad: a La 4ª. Compañía, máxima ganadora del Ariel 59 y estupenda cinta, la hemos visto poquísimos porque no ha sido estrenada comercialmente, pero lo mismo sucede con las otras ocho producciones, estrenadas o no. Parafraseando al maestro José Carlos Ruiz –que fustigó a la clase política cleptocrática al decir que no sabemos a dónde va a parar el dinero pero sí sabemos–, este juntapalabras no sabe, pero sí sabe, a quién le vendió su alma cinéfila Unosyotros: a una pereza intelectual que huye de las fatigas de la construcción colectiva de cultura, en este caso cinematográfica, idea por cierto implicada en el lema de la AMACC (Re/conocernos). Para el perezoso Unosyotros siempre será más fácil y redituable “cantar” en otra clave de Re: re/petir, re/producir, re/incidir, re/fritear, re/gurgitar, lo que se les dicte: hoy un superhéroe y mañana otro; esta semana un re-make y la que viene uno más. Allá él.

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