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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La misteriosa popularidad

Hace unas semanas, gracias a una relectura de la Ilíada, confirmé que no sé nada acerca de los ingredientes sibilinos que conforman un bestseller. Es un misterio impenetrable. Por una parte, todos sabemos que hay bestsellers que no valen el papel en el que han sido impresos: El código Da Vinci, Crepúsculo, Cincuenta sombras de Grey, etcétera. Por otra, están los bestsellers que se han ganado su lugar en el librero por razones artísticas, por ser buena literatura: la obra entera de García Márquez, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que me alegra ver entre los más vendidos en Gandhi, así como El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco y Noticias del Imperio, de Fernando del Paso. Todos en la lista de popularidad de esta semana.

Por supuesto, hay colados inexplicables. Entre Orwell y Victor Frankl está el libro Padre rico, padre pobre, de Robert Kiyosaki, hasta donde entiendo, una especie de manual para pensar como un junior emprendedor. No faltan los libros de autoayuda, los negros del arroz. Y tampoco los de falsa sociología mexicana; pero no importa, en la lista de popularidad están varios de nuestros mejores escritores.

La lista de The New York Times es más arcana. Se mezclan títulos formidables con libros que siguen un patrón predecible, mal escritos, peor pensados y sostenidos por campañas publicitarias aplastantes. Algunos de los mejores libros están en un segundo aire gracias a la televisión, como la novela distópica El cuento de la criada, de Margaret Atwood, publicado con éxito merecido en 1985 y convertido ahora en el emblema de las amenazas que representa el esperpéntico gobierno de Estados Unidos; también está el caso de Juego de Tronos, pues el pobre de George Martin –sí, pobre, aunque HBO le haya pagado millones– no pudo terminar su serie, cuya primera entrega llegó a las librerías en 1996 y que ahora continúa sólo como programa de tele.

Estos títulos suelen estar revueltos con autores que tienen dos y a veces tres novelas en el stand de “más vendidos”: John Grisham, Dean Koontz, James Patterson, Norah Roberts y Paulo Coelho. Los he leído a todos y son intercambiables, relatos genéricos que mezclan la aventura con el romance y que terminan obligatoriamente con final feliz, no importa si son policíacos, legaloides, new age o romances.

Lo que pasó con la relectura de la Ilíada me puso a girar. La releí y quedé como siempre, pasmada y melancólica. Pasmada por la belleza y triste porque todos pierden vida, razón y dignidad en esa guerra tan hermosamente contada. Es una auténtica lección sobre la naturaleza humana, la violencia y su degradación, sobre el dolor y la locura. Suelo, después de cada inmersión en ese mundo, leer todo lo que se me atraviese y que tenga relación con Homero. La vez pasada fue Achilles, de Elizabeth Cook, un delgado volumen de poemas en prosa que me pareció maravilloso. Ahora me di de narices con La canción de Aquiles, de Madeline Miller, una bobalicona novela en la que Patroclo, convertido en un pacifista, es el narrador. Aquiles se mete en su cama, lo despierta con besos en la nariz, juntos hacen jabón de aceite de oliva (el jabón fue inventado siglos y siglos después), comen yogurt y se educan con el centauro Quirón ¡en una caverna de cuarzo rosa! Tetis, como en El aro, tiene la esclerótica negra y la piel azul. Además, como si fuera una señora de Provida, odia a Patroclo por ser amante de su hijo.

Esta versión políticamente correcta y cursi de la Ilíada me pareció un desastre. Entré en internet a ver qué podía averiguar y en Goodreads comprobé que tiene 4.27 de puntuación promedio –lo más es 5– y 56 mil una opiniones. La Ilíada tiene, y me dio el ataque, menos puntuación: 3.83, aunque hay 269 mil 789 opiniones. Personas con faltas de ortografía y una idea disneylandesca de la épica le ponen peros a Homero y le dan las palmas a Miller.

Me asomé a ver la puntuación de Cincuenta sombras de Grey. Tiene 3.67 y más de un millón de opiniones, mientras que Macbeth tiene 3.88 y medio millón de entradas. Si no contara la calidad de los lectores, que sí cuenta, aunque no se puede medir, ahí se irían dando un quién vive Shakespeare y E. L. James.

Los siglos ya dieron su veredicto, el que vale. Homero cantó la cólera de Aquiles en el siglo VIII ac. En doscientos años no estaré aquí, pero si algo queda, Homero perdurará y de Miller se habrá olvidado todo.

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