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Biblioteca fantasma
Por Eve Gil

La pasión de la reina de hielo

Nacida en Zurich, en 1940, Fleur Jaeggy rondaba la treintena al momento de publicar su primera novela, Il dito in bocca, en 1968, mismo año en que abandonó su natal Zurich para afincarse definitivamente en Milán. Como detalle curioso podemos acotar que es esposa del afamado escritor y editor Roberto Calasso, y fue la escritora predilecta de Susan Sontag. Su vida personal, sin embargo, es un enigma –odia ser fotografiada, no obstante haber sido modelo en su juventud–; enigma fácil de resolver si nos apoyamos en sus novelas y las comparamos con los datos sueltos de su vida. Proleterka es, sin duda, la continuación de Los hermosos años del castigo, cuya protagonista es una adolescente recluida en un internado para señoritas de Appenzel, muy cerca del manicomio donde estuvo recluido Robert Walser, al que creo reconocer en el “loco” de El ángel de la guarda. Una de las cosas que más lamenta la narradora es no haber dejado una flor en la inadvertida tumba de ese loco maravilloso. La chica se rebela, entre otras cosas, al idioma impuesto por su madre, quien desde Brasil decide su destino: el alemán. Nada le parece más cursi que la compañera de cuarto que le han endilgado, por el simple hecho de ser alemana, que se arregla el pelo como para un baile cuando se prepara para dormir. Desde su primer libro, Fleur desdeñó no sólo la lengua materna sino también aquella en la que tan esmeradamente se le educó, para optar por la de su patria adoptiva: el italiano. Se le considera, pues, una escritora italiana. Nada más apartado, sin embargo, de la literatura italiana que Fleur Jaeggy, sobria, precisa y contenida, desnuda de metáforas y pletórica en frases incisivas, casi aforísticas, más en la línea del propio Walser.

Hasta aquí, resulta evidente que ambas novelas tienen por protagonista a la misma chica, que quizá sea también la niña repudiada por su madre en El temor del cielo; hija de un frágil caballero de gélidos ojos azules, inmerso en una cofradía de amigos tan sedentarios y anquilosados como él y de una señora que ni siquiera posee nombre y a la que la jovencita nombra como los sellos de las cartas que contienen instrucciones: Brasil. Nada parece vincular a esta chica con su padre, menos aún con su madre (por él siente al menos una pizca de compasión); la niña es un ser excéntrico en toda la extensión del término, habitante de un mundo personalísimo donde sólo tienen cabida la literatura, la escritura, Beethoven y el piano Steinway que recoge sus primeras confidencias.

A pesar de haber sido escritas en plena madurez, las novelas adolescentes de Fleur desentrañan espléndidamente a una niña acorralada y ansiosa de reconocerse en cualquier espejo. Tras seis años de soledad en el internado de Los hermosos años..., la protagonista descubrirá en la recién llegada Frédérique a la única amiga que desearía tener y que no parece simpatizarle a nadie más. Una chica todavía más excéntrica, metódica y ordenada hasta la manía y, no obstante, salvaje, y por lo mismo repudiada por su rica abuela. La amistad entre estas jovencitas es casi autista, abundante –y redundante– en miradas y complicidades tácitas, a pesar de que la protagonista se reconoce enamorada de su amiga. En Proleterka, la misma chica se iniciará sexualmente con el único hombre joven que viaja en el barco, Nikola. La experiencia es, más que desalentadora, brutal. Sin deseo. Y no será la única.

Casi todos los personajes de Fleur son niñas. Los pocos adultos que se deslizan por sus vidas, ya sea como padres ausentes, o como el enigmático Botvind de El ángel de la guarda, parecen menos maduros pese a su autoritarismo. Por momentos pareciera que los niños son, en realidad, adultos simbólicos. Su lenguaje y su familiaridad con la reflexión y la filosofía, sin dejar de estar impregnada de cierta ingenuidad, nos las exponen como niñas sin infancia. En su bellísimo –también breve– libro de ensayos, Vidas conjeturales, Fleur nos presenta a tres niños extraordinariamente maduros que devienen adultos inmaduros, como si en eso consistiera el misterio de la genialidad: Thomas de Quincey, John Keats y Marcel Schwob. Niños capaces de colocarse por encima de los padres, y sin embargo incapacitados para hacerse respetar por sus hijos. Fleur realiza una inquietante comparación entre el campo de batalla y una nursery; se pregunta cuántos cadáveres pueden tener lugar en las mentes encantadas de esos niños…niños como sus niñas…como ella misma.

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