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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

¿Y luego qué?

A estas alturas del partido, diría Ángel Fernández (y si no fue él, sí otro comentarista deportivo), deben estar hartos de columnas, artículos, ensayos, comentarios electrónico y no, a propósito de las elecciones del 4 de junio próximo pasado. Que si fue un cochinero, que si no lo fue, que si hicieron trampa, que si no las hicieron, que si metieron mucho dinero, que si no lo metieron, que si todo fue un fraude, que si todo fue legal, que así es la democracia, que esa no es democracia, que impugnaremos, que no procede, que autoridades vendidas, que nos tienen miedo, que nos pelan los dientes, que dogmáticos, que vendidos...

En fin, ustedes deben recordar mejor que yo la sarta de epítetos y descalificaciones que menudearon y siguen manejándose. Mi abuelo diría: “Palo dado, ni dios lo quita.” Y la paliza ya la sufrimos, no los partidos, sino los mexicanos todos, lo cual no parece importar ni a instituciones ni a partidos.

Hace poco leí o escuché un cuestionamiento: ¿los políticos son clase?... De acuerdo con los clásicos, no, pues en el capitalismo sólo hay dos clases: burgueses y proletarios, categorías determinadas por su papel en la producción, aunque hay quienes de manera reduccionista prefieren decir: los que trabajan y los que tienen la marmaja, y en ambos casos, obvio, cada una cuida y pelea por sus intereses. Al burgués le interesa acumular riqueza, entre más, mejor, aunque nunca –él y sus descendientes– vayan a tener tiempo suficiente para gastársela. Riqueza que obtiene malpagando a quienes trabajan para él, especulando, defraudando y haciendo chingaderas sin importar si se lleva entre las patas a diez, veinte o mil familias. Sus intereses son ganar y acumular riqueza. En una palabra, su interés, en singular, es “acumular riqueza”. Para ello se organizan en cámaras y federaciones patronales.

Los intereses del proletario son, en principio –y enunciado reduccionistamente–, ganar un salario justo, suficiente para dar techo, alimentación, vestido, educación y salud a su familia. Tal vez podríamos añadir otra cosa: ahorrar algo para sobrevivir cuando se retire. A lo largo de la historia ha ido consiguiendo algo de eso, pues aunque haya quienes aseguran que es falso, basta con leer cualquier libro de historia para saber que las condiciones de trabajo en siglos anteriores eran infames. Esto lo han logrado a través de luchar por sus intereses. En dos palabras, su interés resulta en “vivir, sobrevivir”. Para ello se organizan en sindicatos y gremios.

Para que los políticos sean clase, tendríamos que encontrar cuáles son sus intereses. O para mayor exactitud, cuál es el interés que los mueve. ¿El de los proletarios? Para nada, pues su salario y prestaciones son más que suficientes y mucho mayores que las de cualquier obrero. ¿Los del burgués? Podría ser, sin embargo, todo parece indicar que no es riqueza lo que le interesa acumular, sino poder, mismo que trae, como arte de magia, riqueza. Para ello se organizan en partidos.(Aunque los partidos hayan nacidos en torno a principios, programas o ideologías.)

El pasado 4 de junio se puso en evidencia que sí hay una clase política, pues ahora (tal vez desde poco antes) principios, ideologías, programas, objetivos y vías brillaron por su ausencia, pues se manejaron “propuestas” como la de los buenos propósitos que se hacen para el Año Nuevo sabiendo que no los cumpliremos. Eso es lo que más me preocupa. Quedó en evidencia que los políticos dan primacía a ganar elecciones sin importar lo que deban hacer, y llegar al poder, no para beneficiar a la ciudadanía sino para acumularlo y reproducir su megalomanía, pues no se trata de principios de partido sino de objetivos personales o familiares.

Podría decirse que la lucha de clases continúa. Menudeaban los que afirmaban lo contrario. Yo me atrevo a decir que continúa, pero ahora es mucho más compleja, pues no se trata sólo de burgueses contra proletarios sino que hay que añadir a la clase política. Se convirtió en una lucha campal, de dos a tres caídas sin límite de tiempo. Pues al parecer la experiencia se les escurrió por la concha y muestran deseos de cambiar, aunque sea un poquito, contemplando lo ocurrido después del 10 de junio, cuando se acentuó la lucha guerrillera –en el campo y las ciudades–, y se creó la brigada blanca y se incrementó la represión selectiva y el número de desaparecidos aumentó... No me atrevo a decir que cuando al pueblo (?) se le cierran todos los caminos para ejercer la democracia busca vías no ortodoxas; si no “el pueblo”, sí grupos desesperados por el cambio y cansados de la desigualdad social, la corrupción y, sobre todo, de la cínica impunidad que asoma el hocico en todas partes.

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