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El Paso y Ciudad Juárez: historias reveladas
Historias desconocidas de la Revolución mexicana en El Paso y Ciudad Juárez: 1893-1923, David Dorado Romo, traducción de Claudia Canales, Ediciones Era, México, 2017.
Por Andrea Tirado

David Dorado Romo pretendía hacer de este libro una psicogeografía, una práctica cuya primera regla es “caminar por las calles sin ideas preconcebidas; […] deambular y dejar que las corrientes secretas de la ciudad te conduzcan a donde quieran”. Sus excursiones lo condujeron a diversos sitios: en casi todos había estado Pancho Villa. El revolucionario se convirtió en su guía para la construcción del presente libro.

El camino trazado por las huellas de Villa lleva a narrar la insurrección desde otros puntos de vista, “de aquellos a quienes las historias oficiales han considerado marginales”. Se reparten a lo largo de cuatro temáticas: los periodistas y radicales; la Revolución como espectáculo (guiño a Guy Debord); la ciudad dividida y lo que significaba morir en la frontera. Romo narra la Revolución mexicana desde una historia “no oficial”.

Entre estos “otros” y los marginales se encuentran los periodistas y los radicales. Según el autor, el ambiente cultural creado por la gran afluencia de refugiados y exiliados políticos preparó el escenario para un renacimiento del periodismo y de la literatura en español nunca antes visto en la historia de la frontera; muestra de ello es la primera novela de la Revolución mexicana, Los de abajo, publicada por El Paso del Norte cuando Azuela vivía en el Segundo Barrio, El Paso.

En la frontera, dice Romo, “periodista” era sinónimo de revolucionario: según él, los periodistas tuvieron un rol importante en la conformación de la Revolución, pues fueron ellos quienes plantaron la semilla ideológica de la rebelión y quienes trazaron los proyectos de insurrección. Los periódicos en español sirvieron además como voz de la comunidad mexicana en El Paso.

Romo rescata a periodistas olvidados como Lauro Aguirre, instigador de tres importantes movimientos revolucionarios fronterizos: el teresismo, el magonismo y el maderismo. A raíz de la masacre de Tomóchic, contribuye a la redacción del Plan de Tomóchic (1893), que proponía restituir la Constitución de 1857 y la absoluta igualdad de hombres y mujeres ante la ley.

Se descubren otros datos curiosos, como la existencia de un Da Vinci mexicano: Víctor L. Ochoa, el primer mexicano-estadunidense en lanzar un movimiento revolucionario desde El Paso. Pasados su años revolucionarios, Ochoa se convirtió en un inventor profesional: vendió a Waterman Company su patente de una pluma fuente y fue visionario de su tiempo: desarrolló un aeromóvil mitad camión mitad biplano, llamado el “ochoplano” que lamentablemente nunca despegó. Y otros, como la paranoia xenofóbica del alcalde paseño, Tom Lea, quien utilizaba ropa interior de seda, pues un médico le había dicho que los piojos del tifo, que supuestamente portaban todos los mexicanos, no se adherían a la seda.

Romo traza el curso de la historia a partir de esos personajes, proponiendo incluso que la Revolución llegó a verse como espectáculo. El día de la famosa batalla de Juárez –8 de mayo de 1911–, en la que se enfrentaron los hombres de Madero contra los del general Navarro, los paseños pagaron para subir al techo del edificio de la bien conocida lavandería El Paso y poder ser espectadores de la batalla. Niños iban y venían vendiendo sardinas, salmón y galletas, tanto a revolucionarios como a observadores.

Esta “otra” historia de la Revolución da su lugar a los músicos, y a su significado en las luchas armadas. Se menciona la banda de música Trinidad Concha, así como la banda militar que interpretó fragmentos de la ópera Aída durante el fusilamiento de tres prisioneros villistas.

El período de treinta años abarcado por Romo muestra el cambio topográfico de dos ciudades vecinas y relativamente unidas, hasta llegar a su separación y distinción total, geográfica y culturalmente. Se es testigo del nacimiento de la xenofobia, de la división y constante disputa entre estadunidenses y mexicanos, pues si bien antes de 1917 los mexicanos no necesitaban pasaporte para cruzar la frontera, a raíz de la participación de Estados Unidos en la primera guerra mundial, sentimientos de patriotismo, paranoia y xenofobia comenzaron a hacerse patentes. Uno de los actos más ominosos en la historia de la frontera fue el uso del zyklon B, una fórmula de ácido cianhídrico (posteriormente utilizado por los nazis durante la segunda guerra mundial), para bañar y despiojar a los mexicanos que cruzaban el puente internacional de Santa Fe.

La lectura se acompaña de transcripciones originales de documentos, como cartas de Ricardo Flores Magón desde su celda y recortes periodísticos de la época, los cuales recrean el contexto con plena autenticidad. Sin embargo, lo más novedoso y sorprendente es la gran cantidad de material fotográfico reunido.

Al final de su ensayo, Romo redacta una guía de edificios que siguen en pie hoy en día, como la lavandería El Paso, el único edificio que aún conserva en sus muros huellas de la Revolución: perforaciones de bala de la batalla de Juárez. Además, allí se reunieron años antes, en octubre de 1909, los presidentes William Taft y Porfirio Díaz, demostrándose así la (re)significación de los edificios según la época. Se recomienda, si se tiene oportunidad de visitar El Paso y Ciudad Juárez, tomar en cuenta los sitios sugeridos por la guía para realizar una psicogeografía propia, antes de que sean demolidos y no queden más que vestigios-memorias de la Revolución.

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