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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Sobre la ausencia de un amigo

 

Para Alejandro Rebolledo, in memoriam

 

El primer renglón del libro Un duelo vivido, de C.S. Lewis, escrito después de la muerte de su mujer, dice: “Nadie me dijo jamás que el dolor se parece tanto al miedo. No estoy asustado, pero la sensación es la misma que cuando siento miedo. La misma palpitación en el estómago, la inquietud, los bostezos. Todo el tiempo estoy pasando saliva.”

Hace treinta años, en la época de luto después de la muerte de mi amigo E.J. , este lacónico párrafo fue mi salvavidas. Yo estaba asustada, y mi miedo se mezclaba con el dolor y el desconcierto, obligándome a interrumpir toda actividad para llorar. La escueta descripción de Lewis, un adusto y erudito profesor oxoniano que en nada podía parecerse a la muchacha aturdida que fui, me unió a él y me dio el primer asomo de consuelo que necesitaba para serenarme y dar el primer paso que me llevaría al resto de la vida.

Ojalá los renglones que ahora escribo le sirvan a mi padre, quien me los pidió, para que se sienta menos solo en su luto, más comprendido y acompañado. Porque aunque me encomendó unas páginas en este espacio para mi tío Alejandro, mi padre no es una persona que crea en las palabras. Quién sabe por qué en esta hora sombría recurre a ellas; quizás para que quede constancia de su pena. Necesita, quizás, un obituario más riguroso que las gastadas fórmulas de consuelo, que describa sin estridencias la amistad que lo unió con Alejandro Rebolledo. Un registro público –raro en un hombre con un sentido tan agudo de lo privado que sólo lo he visto llorar tres veces– de su admiración por el amigo muerto.

Ninguno de los dos era una persona que necesitara manifestar sus emociones. Dos hombres distantes, uno de forma amable y el otro encerrado tras silencios inexpugnables. Una amistad que revelaba su solidez en la forma del trato: una cortesía llena de cariñosas asperezas y solidaridad incondicional. Fueron amigos de la cuna a la jubilación, sin aspavientos ni llanto beodo. Tampoco fueron compadres.

No hay que suponer que la pérdida de un amigo es menor que la del cónyuge o de un pariente. La amistad es una forma altísima de amor: menos posesiva porque no está subyugada por el sexo. Más flexible, pues permite el diálogo sin el temor al abandono y, como decía Borges, no necesita ni confidencias, ni presencia. Si los matrimonios se terminan porque la gente cambia y crece, la amistades pueden sostenerse y florecer por esas mismas razones. La novedad no es amenazante, las divergencias tampoco.

La que hubo entre mi padre y mi tío sólo se rompió con la muerte. Las diferencias de carácter y circunstancias alimentaron la relación lo mismo que los parecidos. Hubo un cimiento de experiencias sobre el cual se construyó esa complicidad fluida. Se miraron siempre con una ecuanimidad que escondía poco: donde uno era afable y socarrón, el otro era huraño; uno conversaba, el otro guardaba silencio. La cólera se equilibraba con la indulgencia, el ritmo parsimonioso con el impulso, y juntos avanzaron desde la infancia hasta la vejez. Compañeros desde las primeras salidas a los bares, a los toros, a la Universidad y el trabajo. Mi abuela contaba que cuando eran chicos y cada niño estaba ya en su casa, se subían en las camas para hacerse señas de ventana a ventana. No sé si fuera cierto o la memoria de mi abuela hubiera creado esa estampa para iluminar mejor esa amistad: da lo mismo.

Una relación así, sin rivalidades ni envidias es un triunfo, sobre todo en un país como México, donde se privilegia la idea de que con la familia basta y que la intensidad de las amistades es una especie de locura juvenil de la que uno se cura cuando tiene esposa e hijos. Ellos se casaron. Desde el matrimonio y al lado de sus mujeres miraron a los hijos casarse, irse del país, divorciarse y hacer de sus vidas el papalote que cada quien pudo elevar, etcétera, sin mezquindades ni celos.

Ahora, mi padre está triste, como Juan Boscán, el amigo de Garcilaso de la Vega. Y como Boscán, pregunta: “¿Por qué al subir a lo alto que subiste/ acá en esta bajeza me dejaste?”

Sólo hay un consuelo, hecho de tiempo y memoria. El recuerdo. Al principio hiere, pero luego se convertirá en compañía. Mi tío no se irá del todo. Una amistad así es una llama encendida, un estar que no se desvanecerá. Esa es la única y verdadera derrota de la muerte: esa vida en el alma de otro.

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