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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria de los solos

 

Me pasa la vida en esta banca en un pequeño parque a mediodía. Nadie me sabe aquí y nada me espera en otro lado. Voy a la tarea de los días siempre conmigo los rincones, su polvo delicado, la seda perenne de su sombra que me aflora en el pecho y en las palmas de las manos, las cuerdas que tañe su distancia en mis oídos. De tan cerca alguna vez que parecía, poco a poco los días me dejaron todo lejos, a sólo un paso a veces, apenas a un suspiro de su tacto, a una minucia inabarcable de su abrazo. Levanto la vista y miro el sendero ruidoso que me trajo, la ciudad en los cuerpos que pasan, la prisa que los suda y el deseo que los alumbra, ciertos de sí y de los suyos acaso sólo por fortuna todavía. Vengo de ahí al centro de esta lejanía transparente que no cesa, que se abre paso en los resquicios de las plazas los domingos, que tiembla en el borde de los puentes peatonales o suena en el estruendo de estadios y mercados, afuera de la música en los bailes o los circos, en el crujido del columpio de cadena rota y oxidada. Soy uno en tantos que deambulan aturdidos; soy siempre todos abatido en mi silencio. El muchacho recargado en el muro insalvable de una esquina, impaciente y alerta, todo poderoso y sin embargo excluido del poder de lo posible; la mujer que incuba fiebres y dolencias cada tarde en una sala de espera de hospital, para romper el mudo asedio de su casa, la severa oscuridad de sus ventanas; el viejo corvo que pasa inmóvil el día en una silla de metal al barullo de llegadas y partidas de autobuses, y que vuelve en la noche con los huesos temblorosos en el alma a las duras arrugas de su lecho de azotea; el niño que juega en un patio sucio de trebejos el instante mismo en que sucede su abandono a la ignorancia y las otras ausencias que la llenan. Soy la muchacha quebrada en un baldío y otra vez quebrada en su memoria, pasmado el grito en la garganta, indeleble en los ojos esa mueca. Soy el hombre de saco negro desleído y corbata ancha en la última mesa, que mueve los labios y alarga la mirada en una taza viuda de café sin cafeína, y la señora mayor en la mesa al otro extremo del salón, que hurga nerviosa en el fondo de su bolso y no se halla; soy el viejo sombrero que entibia la tonsura de sus años; el bastón que apuntala los poros de su pelvis … Nadie nos sabe ahí y nada nos espera. En la multitud que somos disuelta en la otra multitud que nos arrastra y sedimenta, en vano hemos sembrado de sílabas rituales, de secos y húmedos chasquidos con la lengua a media noche, y de tenaces letanías y súplicas humildes al candor de cada madrugada, el silencio que nos pone espalda con espalda, para que un dios atento si lo hubiera y nos oyera, o quizás alguno de sus santos antiguos o sus nuevos avatares, le devuelva a la palabra su primera resonancia y así nos ponga frente a frente y nos conceda el roce de las manos, el soplo que dispersa desde adentro los rincones. Para que no cunda soberbia y soberana la violencia del olvido y en la espiral de los espejos se rompa el desierto que la ceba. Para que no nos viva más la muerte sola nuestra vida. Para que al fin se atreva un poco con nosotros la ternura…

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