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A medio siglo del Verano del Amor: del 'Sargento Pimienta' al Suavecito

Se presume como un momento de liberación sexual y de rebelión mental en una juventud que parecía –sí, sólo parecía– ajena a los intereses del capitalismo. Es la fumarola que antecede a la catártica erupción de un volcán cuya lava se venía calentando tiempo atrás, en múltiples niveles. Es el año 1967, inigualable para el rock anglosajón e ingrediente fundamental en los movimientos ecuménicos que vendrían poco después. Visitar sus entresijos resulta doblemente significativo cuando se cumple medio siglo de su estruendo, cuando muchos de los resortes que lo motivaron se han vuelto a contraer acumulando fuerzas peligrosas.

Generación de metas fallidas, la que construía su adolescencia o alcanzó la juventud a finales de los sesenta, pudo alzar la voz momentáneamente mirando un mañana idealizado, aunque acuñando una incongruencia que a largo plazo perpetuó el esquema que supo absorber la inconformidad y, con ello, contener, debilitar y reprender sublevaciones posteriores. Cisma particular en la historia del rock, empero, 1967 fue el laboratorio en donde se compondría la banda sonora de los movimientos estudiantiles y obreros que ocurrirán en el mundo un año después. De México a Praga pasando por París y Londres, las oxidadas estructuras pedagógicas, políticas y geográficas provocarían una ideología diferente en jóvenes, sindicatos y gente marginada de campos o ciudades polarizadas económicamente.

Con distintas milicias movilizándose en un reacomodo geopolítico, la globalización en ciernes mostraba una profunda paranoia entre dos bloques que se necesitaban para reafirmar sus injusticias. De Europa del Este venía un comunismo cuyas atrocidades se conocían lentamente, mientras que de América provenía un imperialismo con fieles impulsados por deseos, religión y nacionalismos de falsa amabilidad. Unos y otros apoyaban la adhesión de países –o partes de países– que decidieran apoyar sus creencias. Ubicado entre las guerras de Grecia y de Corea, y las de Afganistán, Líbano y Angola, este paréntesis albergó el conflicto de Vietnam, tierra que soportó heroicamente los embates del Tío Sam.

En ese momento de la historia había una Cuba que se prestaba al jaque rojo. Había una Europa en plena reconstrucción, fortaleciéndose tras la segunda guerra mundial. Había, por supuesto, musulmanes peleando con judíos (o al revés: en 1967 ocurrió la Guerra de los Seis Días, cuando Israel amplió su territorio enfrentándose a Egipto, Jordania, Irak y Siria). Al son de la Nueva Trova, había una Latinoamérica viviendo dictaduras: Pinochet en Chile, Onganía en Argentina, Costa e Silva en Brasil. Había una Violeta Parra suicidándose cuando nacía el grupo Inti-Illimani, cuando elevaron su voz Serrat y Viglietti. Había, dicho en palabras ulteriores de Goytisolo cantadas por Paco Ibáñez: “un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos”. O sea: un “mundo al revés” que, tristemente, no se ha enderezado cinco décadas más tarde.

 

El annus mirabilis del ‘67

 

Volviendo al rock, el año de 1967 parece producto de un acuerdo masivo –mágico y místico, dirían algunos– entre bandas anglosajonas de enorme valía. Es notable que se haya acumulado esa cantidad de lanzamientos discográficos en tan sólo doce meses. Nunca se ha vuelto a ver que tantos artistas editen no una, sino dos obras en un ciclo tan corto. Así de diferentes eran los tiempos de la industria. Digamos que pese a una tecnología que no permitía producir música velozmente, estos creadores supieron reaccionar prolíficamente ante una coyuntura extraordinaria entre paradigmas sistémicos. Hablamos, para empezar, de The Beatles con sus míticos Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y Magical Mystery Tour, dos álbumes que los confirman como artistas de vanguardia en pos de una búsqueda profunda que florecería con Sir George Martin como productor. Siempre en paralelo, aunque algo distantes de la estética imperante, estaban los Rolling Stones quienes presentaron Between the Buttons y Their Satanic Majesties Request (precisamente en estos días de 2017, quién lo diría, Mick Jagger lanza un trabajo solista con tintes políticos).

También en 1967 se estrenan Morrison y The Doors con sus mejores trabajos: The Doors y Strange Days. ¿Qué más brillante puede ser el reflejo de aquel momento? Lo mismo hacen Eric Burdon & The Animals con Eric is Here y Winds of Change (disco que desde el título apelaba a la transformación inevitable del futuro); Jefferson Airplane busca “alguien para amar” con Surrealistic Pillow y After Bathing at Baxter’s y The Jimi Hendrix Experience, que vuela con el virtuosismo de su guitarrista por delante, edita Are You Experienced? y Axis: Bold As Love. Sí, estamos hablando de cuando “Purple Haze” cruzó el océano para llegar a los aires gobernados por los Monkees, quienes mostraron Headquarters y Pisces, Aquarius, Capricorn & Jones Ltd, discos con los que también se acercaban al dictado de las flores en el cabello (a diferencia del resto, hay que decirlo, ellos tenían un espectáculo televisivo que coqueteaba con el conservadurismo estadunidense).

Dicho lo anterior, es aún más inconcebible que a esas bandas se sumaran tantas debutantes. Estas agrupaciones terminaron por confirmar la trascendencia de los sesenta en general –y del 67’ en particular– para la historia del rock. Verbigracia: Pink Floyd (The Piper at the Gates of Dawn), Cream (Disraeli Gears), The Byrds (Younger Than Yesterday), Procol Harum (Procol Harum), Grateful Dead (Grateful Dead), The Who (The Who Sell Out) y The Velvet Underground (The Velvet Underground & Nico). Coinciden en ese año, igualmente, la edición de Songs of Leonard Cohen, del enorme juglar canadiense, de Big Brother & The Holding Company (con Janis Joplin) y de John Wesley Harding, de Bob Dylan, entre varios trabajos más que, inevitablemente, nos llevan al terreno de las preguntas incómodas: ¿qué es lo que ha cambiado desde entonces?, ¿qué es lo que se ha mantenido en su sitio?, ¿aprendieron algo las sociedades que vivieron directamente esa vorágine, las que sintieron sed de cambio con medios de comunicación aún en desarrollo (radio, televisión, cine, discos)? ¿Qué tanto influyó en otras culturas la supuesta fuerza de la música en inglés?

Hoy Siria ha vuelto a las llamas y su salvación se ve lejana. Hoy la Guerra fría se pone una máscara diplomática diseñada con unos y ceros. Hoy Israel continúa delimitando violentamente su territorio. Hoy las Coreas. Hoy Donald Trump. Hoy Cuba y Venezuela. Hoy México y su incontenible violencia. Sí. Hoy todo eso pero… ¿y el rock? Por lo menos el que escuchamos en la gran superficie (nos referimos a ése, al que fluye entre las masas) parece un embustero que se disfraza con solvencia fantástica sin convicciones políticas, sociales ni estéticas. Se trata de un rock que huye de la rebeldía para entregarse al efectismo del entretenimiento.

¿No deberíamos generalizar? ¿Hay muchos rockeros atentos a su entorno? Es verdad, pero no se les ve seguido ni saben usar la estridencia. No creen en el suicidio económico de la honestidad ni en alejarse del star-system… ¡Roger Waters parece el más valiente! (Se cuece aparte gente como Tom Morello.) Una disculpa pero, si este domingo acudimos al trampolín de la retórica extrema es para arrastrar al año ‘67 a lo largo del tiempo y contrastarlo cara a cara con este 2017, tan engañoso y sobrado de artistas-entertainers irresponsables, otrora creyentes de un oficio que existía en sociedad y no en grupúsculos de presunción gregaria.

Afanoso en su expansión tecnológica y embebido en una abstracción que busca concretarse en lo invisible (ampliación de una web que ofrece mundos espaciales y minas para la sustentación de criptomonedas que nunca llegan a la mano), nuestro presente ultraconectado desdibuja su rostro tal como Rorschach el vigilante de los cómics, mutando a jaloneos y entre caprichos de poder (gubernamentales, del narcotráfico, de los bancos, da igual), sistemas todos en los que se desborda el agua que somos cuando vivimos terremotos sociales (cada vez más seguido).

Y es que sí, el ‘67 es un año vibrante, intenso, pero también… ¿ingenuo, aniñado ante nuestros retos? En las páginas de su calendario muchos pudieron protestar mientras peinaban su larga cabellera (con todo y represiones como la de Detroit); sí, se reafirmaron los hippies con su Verano del Amor, ese episodio de San Francisco en el que miles protestaron no sólo por la guerra de Vietnam sino por la prohibición del lsd. Un evento magnificado por los medios vía la pluma de periodistas como Ralph j. Gleason, pieza clave en la organización del Monterey Pop Festival (el de Janis y la guitarra encendida de Hendrix) y colaborador de la revista que nacería ese mismo año: Rolling Stone. Pasó todo eso, decíamos, pero también se estrenó el musical Hair; Walt Disney presentó El libro de la selva; Barbra Streisand triunfó con un disco de Navidad; películas como El graduado y Bonnie and Clyde subrayaron al ser joven como alienígena confundido... Cosas que no fueron ni reflexión ni reclamo. Dicho de otra forma: hubo gritos pero también guiños narcisos y un control mediático que oscureció la mirada crítica de millones de personas ajenas a la marihuana o al sufrimiento del Vietcong y que prestaban atención a un tablero considerado “superior”.

 

Avanzando al mismo lugar

 

No se puede olvidar: el año 1967 está pisándole los talones a la superficie lunar mientras Muhammad Ali se rehúsa a ir a la guerra (su juicio será emblemático). Estados Unidos y la urss hacen pruebas nucleares al por mayor frente a una China que –tal como hoy– se les une en demostraciones musculares. Es el año en que muere el Che Guevara en Bolivia; el mismo en que la bbc de Londres lanza su primera estación de radio. Es un tiempo raro en el que México, por su cuenta, también vive los estragos causados por su vecino. Así es. En 1967 se firmaron los Tratados de Tlatelolco, en los que diferentes países de Latinoamérica acordaron no prestarse al juego nuclear que llevó a la Crisis de los Misiles entre Cuba y Estados Unidos.

Mientras, el rock azteca transitaba lentamente del inglés al español (Los Tijuana Five presentaban en 1967 un lp con diez covers “traducidos”) y la represión en Ciudad de México legada por el regente Uruchurtu llegaba a su clímax; movimientos estudiantiles en Sonora y Ciudad Juárez (así como el de los copreros tras la masacre de Acapulco), anticipaban lo que sucedería en octubre del ‘68, ya con la Primavera de Praga y la caída de De Gaulle en Francia. Sí, en México ocurría el otro México: el del Gran Premio de Fórmula 1, el que preparaba Juegos Olímpicos, el que inauguraba la Arena López Mateos (catedral de la lucha libre y luego del metal), el que presentaba la película Sor Yeyé con Hilda Aguirre y Enrique Guzmán. Ese México en el que el pri seguía triunfando en elecciones estatales y en el que Televisa producía treinta y cuatro telenovelas. Faltaban dos años para el Festival de Woodstock y cuatro más para nuestro Avándaro, reacción tan tardía como necesaria para prefigurar un rock original.

Finalmente, a cinco décadas de ese año 1967 podemos señalar, al menos musicalmente, que Dylan, McCartney, Daltrey y Jagger siguen cantando y que Clapton, Richards y Townshend siguen tocando la guitarra (nadie el día de hoy se puede acercar a la originalidad de sus estilos, incluso con todo lo que hemos “avanzado”). Cinco décadas después, el rock de México continúa celebrando la melancolía al pie de una vieja encrucijada: mirar o no hacia atrás y hacia adentro, salivando frente al tren que pasa allende sus fronteras. Cinco décadas después, ciertamente, podemos seguir escuchando genialidades plasmadas en discos anclados a contextos de otros tiempos, mientras el torbellino de lo que hoy se produce nos despeina pasajeramente sin conseguir compromisos que duren más allá de un verano.

Cinco décadas después se componen y graban canciones extraordinarias pero ni el hipster ni el milenial les dedican muchas horas ni palabras. Ocupados en el ayer o preocupados por el mañana, ambos estiran la liga soslayando el punto de tensión presente, allí donde los bebés juegan con tabletas electrónicas, donde los más viejos se preguntan qué pasó con los ideales que vivían en las banderas del amor. Dicho de otra manera, quienes ostentan la productividad actual –pese a que conocieron otras épocas– han decidido irse “por la segura”, olvidando que la gran diferencia no la hacen quienes señalan caminos nuevos sino quienes les hacen caso y los siguen en su evolución constante. Claro, esa reflexión significa introspección y sacrificio y, ¿quién quiere eso con tanta ambición y angustia alrededor?

Movimientos como el pergeñado en 1967 no se hicieron a partir de líderes sino de sus compañías, las audiencias que ensayaron movimientos colectivos lejos de la borregada que pastaba en la inconsciencia. Asumido eso y regresando al rock, no son los músicos ni su industria quienes musicalizan la irresponsable holgazanería de testigos inactivos; es la curiosidad individual la que, educada sin justicia ni empatía –adicta a “pasar el rato”–, renuncia a seguir alimentando a la Belleza.

Así, el melómano es el único responsable en la decadencia sonora de nuestros días. Entendiendo al reggaetón –por ejemplo– como pasatiempo, producto cultural, fenómeno social, tsunami incontenible o lo que sea que le convenga a su cómodo estatismo, le pedimos algo este domingo (tanto a él como a usted), cuando se cumplen cincuenta años de la grieta extraordinaria de 1967: que se tire al abismo en el último track del Sargento Pimienta (“A Day in the Life”) para decirnos si prefiere que el arte –el entretenimiento– sonoro sea así, o más “suavecito”

 

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