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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

El arte desgarrado de Richard Gerstl

 

La Neue Galerie (“Nueva Galería”, en alemán) de Nueva York siempre me ha parecido una de las más excelsas joyas museísticas de esa gran ciudad y del mundo. Ubicada en una suntuosa casona histórica de estilo Louis XIII/Beaux-Arts en la esquina de la 5ª Avenida y la calle 86, fue fundada en 2001 por el magnate, filántropo y coleccionista Ronald S. Lauder, para exhibir su acervo de pintura, escultura y dibujo de los más destacados artistas alemanes y austríacos de las primeras décadas del siglo XX, entre ellos Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka, al lado de otros creadores que participaron en los movimientos conocidos como Der Blaue Reiter (El jinete azul), Die Brücke (El puente) y la Bauhaus. Este acervo alterna con una colección de artes decorativas del mismo período, lo que hace que el paseo por el hermoso museo remita directamente a la atmósfera fin de siècle vienesa de los años de la Secesión. En este magnífico escenario se exhibe permanentemente el celebérrimo Retrato de Adele Bloch-Bauer, de Klimt, una de las pinturas más famosas y peleadas de la historia, adquirida por Lauder en 2006 por $135 millones de dólares, en su momento el monto más alto jamás pagado por una pintura. Paralelo a la exhibición permanente de la exquisita colección Lauder, el museo tiene como vocación organizar exhibiciones temporales de los expresionistas alemanes y austríacos o curadurías relacionadas con éstos.

Actualmente se presenta ahí por primera vez en Estados Unidos al pintor Richard Gerstl (Viena, Austria, 1883-1908), un artista deslumbrante que vivió una vida tormentosa que terminó en suicidio a sus veinticinco años de edad tras un escándalo que tristemente condenó su trabajo al olvido por más de dos décadas. Gerstl se considera el eslabón que une al movimiento modernista liderado por Klimt –el cual rechazó por considerarlo decorativo y burgués– y el expresionismo, del que fue su principal precursor. Su trabajo nunca fue exhibido en vida y tampoco pudo vender ni una pintura, inclusive algunos retratos que le fueron comisionados resultaron en su momento incomprendidos y rechazados. Paradójicamente, muchos años más tarde se le llamó “el Van Gogh austríaco”. Se tiene conocimiento de unas escasas sesenta obras de su autoría, de las cuales cincuenta y cinco forman parte de esta exhibición. El artista destruyó una parte de su trabajo y todos sus documentos antes de quitarse la vida, y la familia escondió el resto por más de veinte años, hasta que su hermano Alois se atrevió a mostrar un par de pinturas a un galerista que captó de inmediato la relevancia de este gran creador otrora desdeñado.

La exhibición da comienzo con algunos retratos realizados a los quince años de edad durante su breve paso por la Academia de Bellas Artes de Viena. Se percibe el virtuosismo del joven artista que desde sus inicios rechazó los cánones de la época para incursionar en un lenguaje expresivo absolutamente innovador para su tiempo y optó por desarrollarse de manera autodidacta y solitaria, alejado del circuito artístico vienés. La única relación crucial en su vida fue con el compositor modernista Arnold Shönberg y su esposa Mathilde, quienes lo buscaron para que les diera clases de pintura. Se estableció entre ellos una amistad muy íntima que culminó en un romance entre el pintor y Mathilde, inmortalizada en varios lienzos. Al ser descubiertos, Gerstl cayó en una depresión brutal que lo llevó al autosacrificio, quitándose la vida a puñaladas y colgado en su estudio. Las pinturas realizadas en apenas seis años de meteórica carrera artística son una muestra del talento y arrojo de este artista sobrecogedor que atrapa por la fuerza expresiva de unos trazos frenéticos y salvajes. Sus pinceladas sueltas y feroces parecen violentar las telas en las que se alterna el impasto con la aplicación de texturas suaves; una paleta enfurecida hace de sus pinturas una explosión visual y sensorial. Sus autorretratos son el espejo de su alma adolorida, mientras que los paisajes y los retratos son pura experimentación formal en su afán de romper con las barreras de la figuración e internarse en el universo entonces inexplorado de la abstracción, del que, en mi opinión, también fue precursor. Al recorrer el alucinante mundo pictórico de Richard Gerstl, uno no puede más que lamentar su efímera trayectoria. Fue un artista innovador y auténtico, a un tiempo místico y alienado, extraordinariamente moderno y radical. Su legado es monumental en la historia del arte del siglo XX.

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