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Cinexcusas
Por Luis Tovar

La muerte y otras gotas de agua

 

Apenas terminó de leer la noticia vino a su memoria una frase que hará unos treinta y tres años leyó, a manera de epígrafe, en uno de los cuentos de La muerte y otras sorpresas, de Mario Benedetti: quand un est mort, c’est tout les jours sont dimanche. En un tuit, el cinéfilo contumaz y generoso que siempre ha sido Roberto Fiesco afirmaba algo con lo que difícilmente se podría estar en desacuerdo: que con Jeanne Moreau acababa de morir el cine del siglo XX. Era domingo, último día del mes de julio, y las lluvias recientes le habían cedido esa tarde a un sol y un calor inesperados aunque más fugaces que la vida misma, como se vería un par de horas más adelante y como, de algún modo, se respiraba en el aire detenido entre las siete y las ocho.

Súbitamente todo se había vuelto una cuestión de muerte: la libre asociación de ideas que lo llevó de la noticia al epígrafe –¿de quién sería la frase?– y de ahí a la declaración de esa muerte Otra, tan grande que exige su mayúscula, remató en un involuntario ejercicio pseudolacaniano en el que Moreau, el apellido, inevitablemente sonaba a “murió”. Jeanne Moreau murió, se dijo en silencio; Jeanne Murió; el cine del siglo XX Murió y, a partir de ahora, para ellos todos los días son domingo…

Era inevitable: al llegar a casa buscó Jules et Jim y, a manera de humilde y privadísimo homenaje, volvió a ver la película, no podía recordar cuánto tiempo después de la última ocasión y, antes de que pudiera darse cuenta –evitarlo no, porque sabía perfectamente que sucedería y, más bien, era lo que buscaba–, de nuevo se encontraba justo en el centro del arrebato, jalonado sin piedad de un lado a otro por los vientos del torbellino llamado Catherine. Jules tiene toda la razón: ella es “una fuerza de la naturaleza que se manifiesta mediante el cataclismo”, y mientras Catherine-Jeanne sigue rompiéndoles tan violenta y dulcemente el corazón a ambos, mientras la ve cargar el pijama todo el día, abofetear a un Jules que parece más agradecido que indignado, pero sobre todo mientras la ve sonreír de ese modo insondable donde conviven la seducción, la ironía, el desencanto, y de principio a fin y siempre la Belleza, sin remedio piensa que no podía haber sido nadie, salvo ella, quien encarnara ese absoluto femenino inatrapable, como suelen ser los absolutos; imposible imaginarse algún otro rostro, otros ojos, otro mohín apenas insinuado, hacia el final, como quien le da la bienvenida a la tragedia porque se sabe autora no nada más de su propio destino.

Terminada la película, no hay más remedio que darle la razón a Welles: lo que acaba de ver es lo que acaso sea el más alto desempeño de “la mejor actriz del mundo”. Es la opinión de Orson, otro domador de huracanes, otro arrebatado, y uno entiende que por esa razón Campanadas a medianoche es lo que es, pero no debieron estar lejos de pensar lo mismo Luis Buñuel cuando Diario de una camarera; Michelangelo Antonioni cuando La noche –y con él Marcello Mastroianni, de seguro–; en especial Peter Brook cuando Moderato Cantabile –y aquí Jean-Paul Belmondo, sin dudarlo–; y después Godard, Malle, Kazan, Annaud, Ozon, Wenders, Handke, Angelópoulos, Gitai…

Un día después el aluvión de notas, obituarios, homenajes y menciones de todo tipo es inevitable, y está bien, se dice, pues sólo así conviene despedir la presencia física en el mundo de quien, con razón justificada como en pocas ocasiones en la cinematografía y fuera de ella, merece ser llamada icono: de la Nouvelle Vague, por supuesto, y del cine francés a no dudarlo pero, mucho más que eso y como tan acertadamente sintetizara Fiesco, de una manera específica de hacer y entender el cine, a la que la propia Moreau le extendiera el epitafio cuando, refiriéndose a sí misma y su decisión de retirarse de la pantalla, afirmó que “cada vez era más difícil” hacer su trabajo, a causa de “la tentación de hacer cualquier cosa para agradar al público en lugar de hacer aquello con lo que uno está profundamente de acuerdo”.

Mientras busca Moderato… para continuar el homenaje, piensa en lo escasamente que se da esa combinación perfecta de inteligencia y belleza; lamenta que no haya, visible, nadie que recoja esa estafeta y la lleve con idéntico merecimiento, pero se consuela recordando que la muerte y la memoria son, a fin de cuentas, como gotas de agua contra el cristal de la ventana: un juego interminable de fugacidad y permanencia.

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