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Mía*

Tampoco esta noche logré dormir. La cuarta consecutiva, desgarradora. No aguanto más. El amigo, el colega, el único que lo sabe, el único a quien se lo he dicho. Y te conforta, lo intenta. Por teléfono te dice que en el fondo no es nada, minimiza. –A todos nos han dejado alguna vez, incluso después de diez años de relación, vas a ver, hay muchas otras mujeres.

Pero yo no las veo, ya no veo. Ya no lo intento. Sólo miro una. Se repite mil veces, rebota en el cráneo que explota. Tengo migraña y la quiero. Se lo dije claramente: –Te quiero, por siempre, porque somos dos, somos iguales, ¿o no?

Silvia es como yo, no puede estar sin mí. Pero dice lo contrario, se hace la independiente. Nos fuimos a vivir juntos porque nos amamos, punto. Ningún juego. Sólo un bonito proyecto lejos del pueblo. Allá en Milán, periferia de la periferia. Aun cuando estás fuera de la ciudad, el Metro te deja rápidamente en el centro. Así, de vez en cuando íbamos al Duomo, tranquilos, o bien a Porta Romana para el aperitivo. Pocas veces, quizás los viernes, si había dinero y ganas.

El alquiler es caro también aquí en la periferia, pero se puede pagar. Entre dos todo se puede. En cambio solo no, no me controlo. No me soporto. Quiero el control. Estar solos no es justo. Saber que pronto ella tendrá otro. Intuir que tal vez ya lo tenga. Es cuestión de horas, días. Los tonos que cambian, el afecto que desaparece y se vuelve una pelea continua, extenuante. Ya no reconozco su expresión. Ya no me reconozco a mí mismo y quiero apretarla, sofocarla. Ya no es ella, es lo contrario a ella.

Estoy apagado en el rostro, pero encendido de ira. El aliento ansioso, jadeante. ¡Qué calor! Nunca desayuno en la calle, pero hoy sí. Tengo que moverme, despertarme, necesito un café. Nadie sabe que ella se fue. Va en serio. Y pienso, medito. No trabajo desde hace tiempo. Me tomé unos días de incapacidad, me siento enfermo. Tengo una fijación por los dos, por ella y por mí, porque sé que no ha terminado. Dejé de fumar y de trabajar en el banco porque estoy enfermo. Hace demasiado calor. Me oprime. No se va. Ése no, ella sí. Así dijo, o más bien, así me escribió, pero no la entiendo: “Te quiero mucho, pero ya no te amo. Siento un amor fraternal, no reniego de nada, pero nuestra historia se terminó. Seguirás siendo un pedazo de mi pasado y de mi corazón.” Quiero, amor, fraternal, nada, se terminó, pasado, corazón. ¿Qué cosa? ¿Qué? Esto no es normal, esto no existe.

Cinco años son una vida aquí, juntos. Escogimos la cama, la cocina, el departamento con el balconcito en el primer piso para las plantas. Yo no me hallo en Milán, odio el edificio, la gente, el clima. De plano no me imagino sin Silvia. Sin embargo, ella está, estaba hasta el otro día.

Dormía aquí, del lado derecho. Me decía: “Paolo, te amo.” ¿Y ahora qué? Verla en Corso Vittorio Emanuele, de la mano con un colega. Encontrarla en la calle, en la parada, en el puesto de periódicos, aquí afuera, en moto con alguien, besando la sombra de un milanés. Uno más acomodado, uno que lo hace mejor. Y la gente habla de ello. Tengo que inventar un cuento para los vecinos. Me quedo en la cafetería, me entierro. Ya no aguanto. No soy fraternal, no soy un amigo. Para nada. No puedo, vomito. Me la llevo cuando quiero, si quiero.

Después de la cafetería, vuelvo a casa, la nuestra. Bajo al sótano. Dos tanques. Están vacíos. Voy a echarles gasolina, estoy en reserva desde hace tres días. 10, 20, 30, 40, 50 euros en la gasolinera automática. Dos tanques llenos. Pesan, lastiman. Los subo a la casa y nadie me ve. No me importa el hedor. El hedor arderá. Un callo se abre, la mano sangra. La primera gota en el piso.

Pienso en una frase. Pienso que tal vez debí pensarlo antes, hacer algo, pedirle explicaciones. Estaba impresa en su perfil de Facebook desde hacía al menos seis meses, como para dejar públicamente asentado que ella podía renunciar a mí, su seguridad. Quizá nunca fui necesario, esencial, útil. Quién sabe, qué importa, yo qué sé.

Pero la duda me mata, me mató. La frase de Silvia ni siquiera era suya, era de Fabio Volo, la famosa cita: “En la página de las cosas seguras que quiero en mi vida están escritas pocas líneas, incluso algunas hasta en lápiz, mientras que en la de las cosas que ya no quiero hay más cosas, hay más seguridad, más determinación.” Nunca la entendí del todo. Me sentía, me siento perdido y mal. La quiero. Sus cosas, mis cosas. Su vida y la mía. Inseparables.

–Te espero como a las cuatro, cariño, ya no salgo hoy –digo.

–Voy sólo por cinco minutos a tomar mis cosas, ya hablamos, que quede claro, ¿vale? –dice.

–Te espero acá.

Entonces espero y ella llega, como siempre, como antes. Pero no está sola. A su amiga le cierro la puerta en la cara. La inútil colega recepcionista. No sirve, la empujo. La apago.

Hundo con los ojos cerrados. El cuchillo se hunde. Era nuestro. Ya no escucho ni hablo, mato siete veces, luego otras veinte. Soy yo, y ya no lo soy. Pide auxilio y yo ya no aguanto. Ahora los tanques. Vacío uno. Enciendo. Me voy con Silvia.

Hace calor, el bochorno me apaga. Es fuego ahora. Sin tregua, descomunal, prendido, pero se está apagando. Parece el fin. El límite de lo posible, tanto mejor. El fin del dolor, de la mente y del cuerpo, de la historia que era mía, de la mujer que tenía, del hombre que era. Lo era y la tenía. Por eso decidí, yo. ¿Quién? ¿Hombre? Paolo, es decir un empleado, un enamorado, un falso, un asesino, un injusto, un treintañero, poco más, ése soy yo. Suicida.

Un gesto premeditado, cual impulso homicida. Venganza, eso soy. ¿De quién es la culpa? Milán nos apagó, con su rutina, con su niebla, con su ritmo exasperante, con la posesión y el frío. Dentro. Fue la ciudad, nuestra calle. Entonces no hay culpa, digo yo. No mía, no suya. Más bien sí, sólo suya. Y de la ciudad, de los amigos descarados con ella, conmigo. Los colegas, las chismosas, las horas fuera de casa, el cansancio. El tiempo que nunca se tiene. El estrés se apodera de mí. Las miradas en el tranvía. Las miradas en los bares, insoportables. La culpa es de los demás, de aquellos y aquellas que deben aprender a guardar silencio, aprender cómo se vive, entender quién soy yo.

Y no estamos acostumbrados. La periferia de la periferia, la pesadilla. Antes era nuestro paraíso. Vivir y compartir. Somos el sol, el calor y la luz en la tierra. Eso éramos. Yo me había apagado, ella no. Sangraba. Ahora me sofoco. No estoy mal, no estoy loco, estoy enojado, anómalo. No lo digo yo, lo decían todos. Que ella era radiante, un sol impertinente, según yo. Una sonrisa para el mundo. Demasiado fuerte, un resplandor, vanidad según yo. La amaba, la quería dentro y fuera de mí, inmóvil en ese instante, como un espejo clavado en la pared.

No pienso más. Me apago. Me quemo. Si te amo, me amas y punto. No me basta si dices “yo también”. Era ella, Silvia. Una alegría que se me estaba escapando de las manos, de las que no quisieras dejar jamás. No se puede. Y así sea. La vida, el futuro, la casa, el amor. Era verdadero. Y todo está perdido. Se apagará. Ya lo hace, es ceniza.

Ves, el olor del egoísmo. Sientes, el hedor de los celos hiere el objeto de mi deseo. No quería, pero ocurrió. Mi espejo explota por el calor. La veía arreglarse. Ahora ya no veo, las astillas en los ojos ardientes. Son fin, carbón, oscuridad. Yo fui quien pensó, quien actuó. Ce-gado pero consciente. Y yo fui quien decidió, maté por mi cuenta. Así nada más.

Pedía auxilio, levantaba las manos, pegaba, pero yo quería el fuego. Mi mujer me lo dio, lo encendió. No fue difícil, yo quería morir. Dar muerte. Terminarnos. También ella es así, era así. ¿Si no lo sé yo, quién? Siempre tener la razón y amenazar. Amenazar a quien amas más, romper con el pasado, jugar con los añicos amargos y con los días que nos esperaban.

Tal vez sí, lo digo yo, pero era así. Ya no aguantaba. No lo decía, nunca se lo he dicho a nadie. Deliro, pero no olvido. Ahora yo tengo razón. El círculo mío y el suyo, el abrazo de la noche, cuatro noches de abandono. Después de años juntos son una eternidad.

Noches largas y sudadas, asquerosas, que pasé solo, chupado por los mosquitos, inerme frente a la tele. Cómo me aburría. Cómo se entretenía ella a veces. ¿Y yo?

Me mato a mí mismo para convencerme de dejarla ir. O de llevarla conmigo, para siempre. Una noche de insomnio más. Lloro, no me importa. Julio, vacaciones fallidas. Estamos en crisis. Italia está en crisis. Noche y crisis donde entra otro. Cualquier otro en ella. Me lo imagino, quema, como el gasóleo en combustión. Cerré el círculo, apagué el abrazo arrancándole el futuro, gritando, haciéndola mía por última vez.

Nunca peleábamos. Casi nunca. De cualquier forma, siempre acababa bien. Aquí, en nuestra casa, hoy es un infierno. Pero entró otro, estoy completamente seguro, lo vi. Ella no lo niega, yo reacciono. Legítima defensa. Frente a mi muerte, frente a mi fuego suicida, de pronto la suya no me importa. Antes yo no era así. Hoy sí, sencillo. Y no hay nada más que hacer ahora. Se acabó también el dolor, se disuelve en el humo, el incendio. Mi ojo ofuscado, el cutis insensible, se despega el alma junto con la piel. ¿Su culpa? No, lo hice yo, solo. El aire se desvanece. Y veo el sur, pienso en nuestro pueblo, en nosotros. Caigo yo también, exánime, y miro la ventana. Ya estoy solo, sólo un alma ardiendo.

Recuerdos. El fin del final. Antes estábamos bien. Yo lo decía, pero era verdad. Nos amábamos, mía. Era lo mismo para ella, lo sé. Cuando había niebla, estábamos solos y era mía. Afanosamente. Respiros y recuerdos. Ya no creo, Dios, el humo borra. El día anterior, el sol, la ducha, jalones, peleamos, adiós. Quería recoger sus cosas, testaruda. Todo normal. La puerta, los golpes, el cuchillo, los vecinos, la calle, las sirenas, los pendientes, el silencio. Por poco, antes del fuego en el cual me apago. Nos quedamos juntos, por siempre

*Extraído de la antología Ni una más. 40 escritores contra el feminicidio (Fabrizio Lorusso y Clara Ferri, coordinadores versión mexicana, Ed. Universidad Iberoamericana León, 2017). Traducción de una obra colectiva publicada originalmente en Italia, coordinada por la escritora Marilù Oliva. Los cuentos se basan en historias reales de feminicidios y, lejos de referirse sólo a la realidad italiana, se presentan como universales y arrojan una imagen impactante de esta problemática social, cultural y política. Las traducciones son de estudiantes y egresados de la carrera en Letras Italianas de la unam, bajo la revisión de Clara Ferri y Benjamín Maldonado Carrillo.

La obra fue traducida gracias a una contribución a la traducción asignada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Cooperación Internacional Italiano. Fundamental ha sido el apoyo de la editorial italiana Elliot, de la coordinadora del volumen en italiano, Marilù Oliva, de las y los autores participantes, de los y las traductoras, y de la asociación italiana Telefono Rosa para la defensa de los derechos de las mujeres. Para conseguir el libro:

https://www.facebook.com/commerce/products/1266050806826175/ o bien puede señalarse este otro link breve: https://goo.gl/nov55z así como www.libreria-morgana.com

 

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