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Paso a retirarme
Por Ana García Bergua

Antonio Ortuño en una nuez

 

Qué gusto me dio acompañar a Antonio Ortuño a recibir el Premio Rivera del Duero por su libro de cuentos La vaga ambición. Ya éramos vecinos de la editorial Páginas de Espuma y ahora con este premio Antonio seguirá su camino de embajador de nuestra narrativa y nuestra aterradora realidad en las Europas y más allá, camino entrañable y admirable que le ha ganado muchísimos lectores.

Los relatos de La vaga ambición son fieles a la prosa novelística de este autor tapatío, clara, ágil y llena de un humor amargo que no le huye a la violencia ni al rencor, y que deja patente el absurdo trágico en el que este país vive inmerso y el que le ha tocado, más que nada, a su generación. Los nacidos en los setenta vivieron sus infancias durante el último México de la estabilidad dizque revolucionaria y se asomaron a la vida adulta cuando todo se puso de cabeza. A contracorriente de los nombres que se les hayan podido poner, yo les llamaría la generación del desencanto. Su espíritu es el de la generación perdida a la que han leído bien, el de Hemingway y Faulkner, y así los leemos algunos ilusos de las generaciones anteriores, con una mezcla de culpa, admiración y un perpetuo nudo en la garganta. Su plumaje es de ésos, ni más ni menos.

Pocos libros de relatos guardan la magia de la condensación, una magia que al parecer se lee con rapidez, pero después se abre adentro del lector como una flor llena de filos. Los seis cuentos de La vaga ambición, de Antonio Ortuño, tienen ese carácter de bala expansiva. Un tiempo después de terminar el libro, uno se da cuenta de que sus páginas lo han dicho todo sobre ese animal exótico al que se le llama autor, y que no siempre, forzosamente, es el escritor. Como algunos de sus contemporáneos, por ejemplo Julián Herbert, Ortuño practica aquí eso que llaman autoficción y cuenta quizá no todo, pero sí mucho sobre la actual vida de los escritores, ese carrusel perpetuo de ferias, presentaciones, trabajos mal o bien pagados, envidias, deudas perpetuas y borracheras no siempre saludables. Y encima o debajo de todo aquello, la vida y la historia, señoras ingratas que insisten en asomarse por las grietas de las paredes cuando no se las espera, episodios vividos que piden, tarde o temprano, su evocación de distinta maneras, estemos donde estemos, y las cosas tristes que suceden siempre a la mitad del camino de nuestras vidas. Y la violencia, la maldita violencia que anida en tantos ámbitos y marca la vida para siempre.

Todos los relatos de La vaga ambición hablan en mayor o menor medida de este personaje que los une y que se llama Arturo Murray, especie de alter ego del autor, con el que éste pinta una especie de autorretrato condensado. Las historias funcionan como episodios redondos, independientes como cuentos, y también como instantáneas de una misma novela que el lector va completando: dos violentos, de dar rabia, episodios de infancia; la divertidísima, enloquecida escritura de un serial por parte de un grupo de autores en distintas partes del mundo; una evocación fantástica sobre Walter Benjamin y Mijail Bulgakov, invocados ya en el segundo relato, ejercicio que recuerda un poco, en términos de elección de autor, a las “Tres rosas amarillas”, de Raymond Carver, pero con un sesgo distinto; la tragedia de saber la muerte de la madre a la mitad de una presentación sin público, con un personaje berrendo que se hace llamar el Pájaro Cu y, finalmente, las escenas conmovedoras y febriles del taller donde Arturo Murray enseña a sus alumnos la escritura como una guerra heroica, antigua y bella, en la que a veces el escritor siente que ese brazo heroico, que debería empuñar una quijotesca lanza, se parece más al muñón de su alumno manco, uno que ni escribe ni hiere, sólo ansía.

La furia, el agravio, la frustración y la venganza se cuelan en el noble escudo de lo hermoso, lo bueno, lo justo y lo doloroso que a pesar de todos los embates es lo que representa la escritura, esa vaga ambición que Ortuño cumple con una fidelidad envidiable a sí mismo y con la valentía de quien osa con ella encarar a sus fantasmas. Valentía y virtud que mereció de sobra el Premio Rivera del Duero, por el que de nuevo lo felicito. Qué somos los escritores, aparte de ese amasijo de nervios, dolor, oficio y ambiciones. La vaga ambición dibuja un mapa que permite entender un poco más a un escritor llamado Antonio Ortuño, Ortuño en una nuez.

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