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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Por el mar corren las liebres…

 

Por el monte las sardinas: el horror de Venezuela comenzó con un loco de apellido Chávez y terminará cuando el señor al que le hablan los pajaritos sea derrocado en bien de la modernidad. Nada que ver con las conjuras permanentes de los dueños del mundo para apoderarse del petróleo (venezolano, mexicano o iraquí), o contra quienes no aceptan servilmente las reglas de su juego; ese horror no se parece a los intentos de invasión a Cuba ni a los derrocamientos, sanguinarios o incruentos, de gobiernos soberanamente electos como en Chile en los años setenta y Brasil en los dosmil. Javier Duarte sólo es una excepción a la regla de que los gobernadores no son asesinos, gesticuladores y cleptómanos que oprimen cada vez más despiadadamente a sus entidades federativas. Ninguno, salvo Duarte y Marín el Precioso, echan mierda por el hocico cuando hablan en privado ni, tampoco, cómo va a ser, se portan como tiranos de aldea, como nerones y como caciques chicharroneros ni como mapaches que financian, codo a codo con el narco, las campañas presidenciales.

Lo de Tláhuac fue un operativo contra el narcomenudeo, punto. Y no un paso estratégico más en la reconquista del Anáhuac, para la que opera el clientelismo y la expulsión-marginación de los pobres, la expropiación de espacios y bienes públicos, el endose simple y llano de la deuda privada al erario público recabado mediante impuestos anticonstitucionales y corruptelas que obligan a pagar por trabajar. Y hablando de empleos letales, hay excesos en la libertad de expresión –esa dádiva gubernamental tan poco apreciada pero que también cuenta y cuenta mucho. Así por ejemplo, los problemas de una periodista se reducen estrictamente al aspecto laboral, es decir a su despido de Televisa y de MVS, que como todas las empresas actuaron conforme a sus intereses. No hay argumentos para sostener, pérfidamente, como lo hacen los secuaces del pensamiento único, que quien realiza periodismo independiente y no venal en el país, ejerza el oficio más peligroso del mundo y esté sometido al acoso, a vetos, intimidaciones y amenazas, a la calumnia, a los desmentidos categóricos sin bases pero vociferados por los medios masivos y, finalmente, al asesinato de diferente grado y forma. Porque por fortuna, sobra decirlo, en este país con soberanía no hay medidas económicas y fiscales que castiguen con la carga más fuerte a los más débiles, tampoco hay poderes financieros, institucionales y de facto que, en complicidad o con la generosa colaboración del crimen organizado, extiendan sus giros de narcotráfico y blanqueo a contratos leoninos, a piraterías, a secuestros y desapariciones forzadas, a la trata de personas y demás esclavismos, a la ruina ecológica, a los feminicidios y a otros crímenes de odio que alcanzan cifras demenciales. No existe, por lo demás, una sola prueba contundente de la corrupción medular que distingue al equipo peñanietista con EPN como cereza y muñequito de pastel. Porque si así fuera, su voracidad, mano dura y sociopatía, lo apartarían de las virtudes que distinguieron a otros presidentes, desde los mitificados Cárdenas y Ruiz Cortines hasta los diáfanos Alemán, Salinas y Fox. Menos aún porque sus atrocidades se hayan hecho visibles merced a la aparición de medios alternos de comunicación que se filtran, escasamente y con penas, en los intersticios de los medios masivos de manipulación, desinformación y estupidización que difunden la verdad histórica en los periódicos oficiales y truenan contra el totalitarismo, el populismo y el mesianismo, temas éstos desarrollados por intelectuales sin comillas ni adjetivos.

Trump –como Reagan, Hitler, Tatcher, Pinochet y Calderón– ilustra los riesgos de toda democracia, en la misma medida en que Macron, Fujimori y Rajoy ilustran las veleidades de la opinión pública y no responden servilmente, qué va, a las necesidades coyunturales del capitalismo. En cambio AMLOsigue siendo un peligro; por ello los liberales conversos se fijan hasta en los tenis de sus hijos y en las fallas del segundo piso e insinúan, con su característico rigor histórico, la procedencia culpígena de su mesianismo –mesianismo tropical, aquí sí vale el adjetivo, para subrayar el ánimo excluyente y discriminador que omite, como si tal cosa, que AMLO es autor de un libro maldito: Fobaproa, expediente abierto. ¿Y qué decir de Marichuy, anticapitalista, india y mujer para acabarla de amolar?

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