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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Mirar atrás: los lugares y objetos que se quedan

 

Aunque pensamos que las civilizaciones nómadas pertenecen al pasado, la migración es uno de los síntomas más evidentes de nuestro tiempo. Abandonar el lugar de origen en busca de sitios más seguros y estables se ha convertido, otra vez, en una forma de vida. La guerra que libramos en México, por ejemplo, nos acorrala cada día hasta que nos percatamos de que vivimos en ghettos bajo un toque de queda permanente. Huir, salvarse, autoexilio, son términos que usamos de manera cotidiana y que marcan el ritmo de nuestras emociones y experiencias. Cuando la violencia, la inseguridad, el desánimo y la ausencia absoluta de una idea de futuro son infranqueables, uno se pregunta si pronto cambiará nuestra suerte o si es hora ya de marcharse. Los que se han ido antes que nosotros nos recuerdan al Héroe que al partir “con los ojos llenos de lágrimas, volvía la cabeza para contemplar [sus palacios abandonados]. Y vio las puertas abiertas y los postigos sin candados; vacías las perchas, donde antes colgaban mantos y pieles, o donde solían posar los halcones y los azores mudados”. El fragmento, que pertenece al Poema del Cid, describe el instante en el que Ruy Díaz de Vivar debe irse obligado por el destierro ordenado por el rey Alfonso, quien a pesar de la lealtad del Cid, tomó la decisión motivado por las intrigas de sus enemigos. Casi mil años después, el joven teniente Giovani Drogo, protagonista de El desierto de los tártaros, de Dino Buzati, experimenta la misma desolación cuando se dirige a la fortaleza Bastiani para cumplir con sus ocupaciones militares: “Habían llegado a la cima de una subida. Drogo se volvió atrás a mirar la ciudad a contraluz: humos matutinos se alzaban de los tejados. Vio de lejos su casa. Reconoció la ventana de su cuarto. Probablemente los cristales estuvieran abiertos y las mujeres estuviesen ordenándolo. Desharían la cama, guardarían en un armario los objetos y después abrirían de par en par las persianas. Durante meses nadie entraría en él, excepto el paciente polvo y, en los días de sol, tenues fajas de luz.” La sencillez con la que se describen ambas escenas nos conmueve por profunda y verdadera: el ser también está en las cosas que habita, sea que se trate de palacios o de una modesta casa en una pequeña ciudad. Cuando alguien se va, orillado por las circunstancias, irremediablemente abandona no una geografía sino el sentido de esa geografía y, al irse, el universo que había inventado altera su orden en ese gesto, en ese movimiento que hace al mirar atrás, observando, quizá por última vez, las cosas y sitios que fueron sus cómplices y aliados, sintiendo cómo asoma el retoño de la nostalgia, esa huésped melancólica que habrá de hospedarse en su corazón, mientras camina hacia la luz de la palabra, única o última patria del peregrino.

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