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Casa sosegada
Por Javier Sicilia

Xalvador García y Leopoldo María Panero

 

La editorial Suburbano Ediciones (Miami, Florida), acaba de publicar un libro sobre uno de los más controvertidos poetas de España, Leopoldo María Panero o las máscaras del Tarot. Xalvador García, poeta morelense, es su autor. El ensayo es ejemplar no sólo por su estilo, sino por su penetración: García comienza por abrir su investigación con la entrevista que, poco antes de su muerte en 2014, le hizo en la Clínica Carlos I de Las Palmas, en la Gran Canaria, donde, después de pasar por varias instituciones mentales, el poeta español estaba recluido. La expresión de su locura sirve así a García como pórtico para, a través de las cartas del Tarot –de las que Panero era devoto– realizar una exploración no sólo de los temas de su obra, sino también de las máscaras detrás de la cuales se diluyó Panero. El poeta cuerdo le pregunta al loco y a través de esa inquisición nos lleva a una meditación sobre el quehacer de la poesía.

Son muchos los temas y las reflexiones que García aborda en su libro, pero a mí el que más me inquieta es el del vínculo de la poesía con la locura. A despecho de García, a mí Leopoldo María Panero, al igual que sus dos hermanos, tan talentosos como él y su padre, me parece un imbécil. Su locura no es, como en Hölderlin, que concluye en el silencio, o como en Celan, que termina en el suicidio, el fruto de un encuentro con el abismo de un época que destruyó el sentido. Es, por el contrario, la consecuencia de un berrinche, la pataleta de un adolescente que decidió fugarse en el alcohol y la droga para castigar al padre. Pere Gimferrer, poeta de su generación, lo expresó acertadamente cuando dijo que el tema de su poesía –habría que agregar, el de su vida– “no es la destrucción de la adolescencia: es su triunfo, y con él la destrucción y la disgregación de la conciencia adulta”.

Contra lo que podría pensarse, la rebelión de Leopoldo María Panero fue una afirmación del franquismo. Emberrinchado, al igual que sus hermanos contra un padre cuyo pecado fue haber traicionado su filiación comunista y servido a Franco, su entrega a la droga, al alcohol, a la pendencia y a la locura fue su manera de afirmar lo que querían combatir de él: la abyección y la muerte.

Si fue un gran poeta, no lo fue, entonces, por su locura, mucho menos por la droga que, a diferencia de Michaux o de los beats, no usó como una manera de explorar los abismos de la conciencia, sino por su talento. Extraviado en ella, su genio poético le permitió mostrar la inexistencia del autor –su poesía, dice García al referirse a las intertextualidades de las que están repletos sus poemas, es “un diálogo con otras obras y otros discursos”, un diálogo con el infinito río de la tradición–, y la expresión del desastre de una época de la que él fue su representante más atroz. Sus poemas, pese a su diálogo, no son, como fueron los de Hölderlin o los de Celan, la búsqueda desesperada por refundar el sentido, sino la expresión brutal de su ausencia. Queriendo destruir un orden autoritario –expresado, quizá, en los refinados versos de su padre– y volver, mediante el diálogo con la tradición, al origen, Leopoldo María terminó, sin embargo, por extraviarse utilizando, en su desesperación, el lenguaje en sus más crueles e inhumanas expresiones.

Su poesía, al igual que su locura, fue así la exaltación de un mundo infantil que se negó a crecer y terminó por afirmar el horror del que quería huir. Semejante a Edipo, su intento de escape fue su ruina y su atroz anagnórisis.

El libro de Xalvador García, que me permite estas reflexiones, sólo merece elogios. Con él, la obra y la vida de Leopoldo María Panero encontraron a su exégeta más audaz. Sólo un poeta de la cordura podía aproximarse con tal lucidez a los laberintos en los que la poesía decidió extraviarse y revelar así el mundo espantoso que tanto le repugnaba.

El dolor que sangra en sus versos –escribe García– nos habla de la derrota, de la desolación, de la amargura, de la tristeza y del ahogo […] es en este dolor donde nos reconocemos. Si un hombre muere, hemos muerto todos.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, refundar el INE y declarar nulas las elecciones del Estado de México y de Coahuila.

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