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Cinexcusas
Por Luis Tovar

El argumentista ignorado

 

A la memoria de Rius, chamuco mayor

 

Las dos cuartetas centrales de “Historia conocida”, un poema de José Agustín Goytisolo, resumen a la perfección lo que más le importa decir a estas líneas: “Hace tiempo hubo un hombre entre nosotros,/ alegre, iluminado,/ que amó y vivió, cantaba hasta la muerte,/ libre como los pájaros.// ¡Qué bonito sería! Nace, escribe,/ muere desamparado./ Se estudian sus poemas, se le cita,/ y a otra cosa, muchachos.”

Ese hombre “alegre, iluminado, que amó y vivió”, ha sido y será muchos: no mencionar nombre alguno le permitió a Goytisolo –mejor dicho, a nosotros, sus lectores– referirse a cualquier poeta, y por extensión a cualquier creador artístico de ésos en los que, tan pronto se sabe que han muerto, se piensa, de los que se habla y a quienes se elogia, a veces desmesuradamente, como si el propósito de la sobrerreacción fuera olvidarse de ellos lo más rápidamente posible y, ya con la conciencia en paz, tranquilamente pasar “a otra cosa, muchachos”.

No se trata de poemas en el caso de Rius, sino de más de un centenar de volúmenes, inclasificables si no es bajo el rubro genérico de libro-historieta, los que de acuerdo con la “Historia conocida” habrán de ser estudiados, citados y de inmediato cambiados por otro asunto. Empero, en el caso del creador de Los Agachados, El Chamuco y los Hijos del Averno y tantas otras publicaciones, felizmente puede afirmarse que mucho antes de su muerte ya se le estudiaba, se le citaba y, como sucede con pocos educadores –que a fin de cuentas es lo que Rius era–, de ninguna manera se le ha olvidado. Deben ser muy escasos los mexicanos que no hayan tenido en sus manos, así fuese al menos para hojearlo, alguno de los numerosísimos títulos publicados por Rius, y la memoria de cada quien le indicará los suyos: Manual del perfecto ateo, La trukulenta historia del kapitalismo, Marx para principiantes, La panza es primero, Cristo de carne y hueso, ABChé

Ciego o tacaño hasta la ignominia, hasta el día de hoy el cine mexicano ha soslayado casi por completo las posibilidades cinematográficas latentes en el universo de ficción creado y sostenido durante años por Rius. Sólo una vez, en Calzonzin inspector (1973), dirigida y protagonizada por Alfonso Arau, ha figurado en pantalla San Garabato, el mítico pueblo donde Calzonzin y Nopalzin representan la mexicanísima combinación de conciencia crítica –el primero– y algo demasiado parecido a la apatía o el conformismo –el segundo–; donde doña Eme encarna ella solita a la derecha católica intransigentemente retrógrada; donde don Perpetuo del Rosal es el símbolo insuperable del político en aquel entonces sólo priista y hoy pripanperredista más lo que se junte el próximo 2018; donde don Lucas Estornino tiene la función de bisagra social entre los desposeídos, sobre todo de conocimientos, como Chon Prieto, Trastupijes, Arsenio y El Lechuzo, Fiacro Franco y muchos otros.

Por lo demás, prácticamente cualquiera de las decenas y decenas de libros firmados por Rius, en los que aborda sobre todo temas sociales, religiosos, políticos y alimenticios, son tan fácilmente trasladables al formato documental cinematográfico, que uno se pregunta por qué a nadie se le ha ocurrido hasta ahora emprender esa tarea.

 

El cine celebrado

Hasta hace relativamente poco tiempo, las cadenas de exhibición cinematográfica llevaban a cabo lo que denominaban “mes del cine mexicano”, desde una perspectiva estrictamente mercadotécnica: no casualmente se trataba de septiembre, que según toda suerte de patrioteros es el “mes de la patria”, pero aquéllos lo hacían por razones económicas, ya que es uno de los meses de más bajo aforo en salas de cine. Con ese patriotismo convenenciero mataban dos pájaros de un tiro: lograban que la disminución en las ganancias no fuese tan pronunciada y, de paso, según ellos se lavaban la cara por los otros once meses del año maltratando e ignorando a la producción nacional.

Este año la cosa se volvió oficial, pues resulta que el Senado de la República declaró que el 15 de agosto de cada año será festejado el “día nacional del cine mexicano”. La reacción fue la obvia: comenzando por las salas administradas por el gobierno, lo “celebrarán” exhibiendo cine mexicano preferentemente. Y entonces, como dijera Goytisolo acerca del poeta, pasará lo mismo con el cine mexicano: parafraseando, ese día “se exhiben y se miran sus películas, se le cita, y a otra cosa, muchachos”. El autogol es impecable, pues para lo único que sirven “el día de esto” y “el día de aquello” es para olvidar al otro día qué cosa se celebró el día anterior.

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