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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Fundaciones y refundaciones de Rocío Carrillo

 

Quemar las naves, estreno inminente en la programación del segundo semestre del INBA en este 2017, es un punto de llegada y será un punto de partida en el quehacer poético teatral de Rocío Carrillo.

Las naves llegan a un puerto donde los lenguajes escénicos se convocan para mostrar su temporalidad, sus posibilidades y cómo el quehacer de un autor es siempre un nosotros donde prácticamente todos los participantes cuentan con un espejo personal para mirarse en el tiempo que es el fluir de una Organización secreta teatral que hoy devela sus misterios en un montaje donde el actor lo es casi todo.

El actor es incluso un objeto que está animado a través de una línea de tiempo en la que transcurre un flujo de imágenes donde episódicamente es un nosotros, así como la pieza extraordinaria de un mecanismo que no lo despoja de su Yo pero que lo coloca en un cuadro donde el acto de mirar consiste en ser visto desde la oquedad oscura del público. Cada quien reconocerá en cada actor la melodía secreta que lo sostiene y anima.

Además de asistir a la aventura vital del acontecimiento escénico, he podido ver una y otra vez el registro en video del montaje con la opción de organizar una mirada, como si se tratara de una galería donde los significados pictóricos ofrecen la posibilidad de interpretar exhaustivamente las obsesiones hilvanadas sobre una tela de doble cara: una donde fluye implacable el tiempo, ocultándole al ojo los secretos y las obsesiones de Carrillo, y otra donde el tiempo se convierte en la eternidad plástica del cuadro que permite ver la escena bajo la apuesta exegética de unas coordenadas bajo las que se han auscultado cuadros como La Medusa, de Gericault, tan simple y al mismo tiempo con tantas opciones periféricas al cuadro. Y así es, en mucho, este bordado fino de dos caras, insisto, donde hay una sustancia icónica que entra y sale de la tela y, así, entra y sale de la escena.

Quemar las naves es una obra que tuve la oportunidad de ver varias veces. La he visto en video con la posibilidad de detener, regresar y ampliar el cuadro de la escena con los ojos de una lupa que desintegra, que va al detalle y desfigura. Desfigurar y reconfigurar es un ejercicio que admite este trabajo tan poliédrico y complejo, tan simple como un cuadro de Von Trier o de Greenaway. Son imágenes que en el registro electrónico pueden verse una y otra vez y continuar sorprendido. No sucede con frecuencia que una imagen resista su revisión en un horizonte mental como el que padecemos, donde las imágenes se agotan en el flashazo mismo de su aparición. Ojala y el espectador se atreva a regresar a este río donde cada vez que se bañe será siempre la primera.

En Quemar las naves existen varios periplos, pero hay dos que me conmueven sobremanera y me producen una gran admiración: en confluencia están dos flujos que se trenzan de un modo hasta cierto grado indistinguible, el de Margie Bermejo y el de Betsy Pecanins, que regresará cada noche a esta sala a quemar sus propias naves escénicas en esta ofrenda que le hizo al teatro y al capitán de esta Organización secreta teatral.

El tiempo pasa y miro hacia atrás y lo que veo me trae de nuevo a 2017, a esta sala. Lo que veo es la llegada de una década, 1990 y las Estrategias fatales, que evocan gran parte de ese cine de poesía que se oponía a la prosa en Godard, en Pasolini, en el mundo prosaico y poético de Rohmer. Cine y teatro tan trenzados en evidencia de esa edad cuando todo se quiere refundar. Han pasado veintisiete años y la coherencia de entonces se conserva. Me recuerda la directora sus Labyrinthos de 2011 y Psique (2013-2017). Me alegra darme cuenta de que la paradoja que fecha al teatro contiene también su intemporalidad, su permanencia y algo de eso inolvidable que hace perseverante a lo clásico.

La literatura, la plástica, la poesía y la música hasta aquí han sido la materia prima con la que intento explicar y entender lo que Quemar las naves hace que suceda al interior de sí misma, con nosotros y con el teatro mexicano. Intento trazar una guía conceptual de lo que está por verse en esta obra bisagra entre lo que fue y lo que se desea por venir.

Aquí la invitación es la de empezar a deshacerse de la palabra escrita y la que se escucha para instalarse en la que se intuye, se presiente y tiende a aparecer como silencio, espera. Puedes empezar a creer que este es un teatro que prescinde de la palabra pero eso es sólo una apariencia, porque el edificio de la representación está sostenido en un fluir verbal que se traduce en acciones que no se detendrán sino hasta el final de la obra.

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