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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La playa

 

Me fui de vacaciones. Me fui mucho, pero mucho, como decía Efraín Huerta. Tomé el dinero del fondo de desastres, pues decidí que mi cansancio, mi incapacidad para comprender mis problemas domésticos y mi nostalgia por el mar eran catástrofe suficiente. Entré en internet armada con mi nula experiencia digital, compré mi boleto y me enviaron el pase de abordar tres días después. Feliz, empaqué una maleta optimista (con diez libros) y reservé tres noches en un hotel cuyas fotos me hicieron concebir unas ilusiones indignas de un adulto mexicano.

No soy muy exigente. Una vez, con mi amiga P., estuvimos en un hotel tan horrendo que, cuando nos asomamos al baño, salimos a comprar agua oxigenada para limpiar la ducha. Perossido di idrogeno –estábamos en Italia. Nos terminamos el bote y el azulejo aún espumeaba apestosamente. Finalmente, abrimos la llave y la coladera, tapada, se rebosó y llenó todo con agua gris que olía a orines de gato. No nos inmutamos: era el hotel más barato de la ciudad: ¿qué esperábamos?

Quizás por mi falta de exigencia que disminuye conforme uno envejece– esta vez no presté atención a los comentarios de los huéspedes, incluidos en el sitio web. No quise creer a los que cuentan que no podían dormir porque los pasillos estaban llenos de borrachos que cantaban “Cielito Lindo”, que las sábanas estaban húmedas o que el guacamole era escaso, así que cuando me remojé los pies en el agua de una alberca de la que emanaba el aroma inconfundible de la cerveza y la papaya fermentadas, no tuve a quién reclamarle sino a mí misma. Pero el Caribe azul, la arena blanca, el sol y las palmeras deshechas por una enfermedad que se llama “amarillo letal” estaban allí y con eso bastó para que al menos varias horas al día se me olvidaran los spring breakers y una felicidad casi mística me hiciera sonreír como una boba.

Iba sola, pues a mi marido le repugna la idea de andar en traje de baño. Me pareció bien, porque las veces que lo arrastré conmigo algo irradiaba el hombre, una emanación invisible que me desanimaba. Para decirlo con sencillez, el pobre se aburría como un ostión, el calor lo atosigaba y disimula pésimo. Esta vez el calor no me agobió en lo absoluto. Lo que sí me agobió es que cuando llegué al hotel y me dieron mi tarjeta para abrir la puerta, ésta no se abrió. Como si estuviera en el cajero automático ensayé todo: limpié la banda magnética, la deslicé con suavidad, con fuerza, lenta o rápidamente, empujé, jalé. Le di con el hombro y me acalambré el brazo. Cuando por fin me abrieron con ayuda de un desarmador, corrí al teléfono a pedir una Coca y un sándwich al room service, pero el teléfono estaba mudo. Era una pieza de utilería que no pesaba nada y que sonaba como si tuviera arena adentro. No servía, ni serviría durante los tres días que estuve allí.

El concierge de la noche era un cubano que trató de compensarme y me regaló una semana de wifi gratis, aunque no llevaba laptop ni smartphone. Me resigné y me fui a un restorán, de los que hay miles, pues el hotel es del tamaño de la Unidad Independencia. Pedí una quesadilla con camarones y me fui a dormir.

Previsiblemente, a las tres de la mañana me despertó un estruendo de chanclazos, risotadas y una que otra arcada. Sin sueño y emocionada por estar cerca del mar, me asomé a la playa para oír las olas y mirar el cielo. Atestigüé una escena rara: un grupo de empleados del hotel que con cuidado acomodaba a dos tipos lacios, lacios, en sendas sillas de ruedas. Luego supe que eran unos borrachos que había que resguardar de la marea. Los spring breakers comenzaban a beber después del desayuno y muchas chicas bajaban maquilladas a la alberca. A media tarde parecían versiones bronceadas de Alice Cooper, pero a esa hora a nadie le importaba nada. Todos se tomaban selfies de espaldas al mar.

El concierge diurno resultó un mexicano amable, solidario y comprensivo, pero ni con la mejor voluntad me pudo cambiar a un cuarto donde hubiera teléfono. Me quedó un día y medio, así que me dediqué a leer: una mirada a la alberca me disuadió de nadar. Estaba llenísima de bebés y borrachos.

Fui feliz. Comí sin fijarme en qué comía, dormí menos de lo que supuse, no me asoleé (el sol me hace lo que a los vampiros). Pero escuchaba el mar eterno y pensaba, influida por Lucrecio, que ese mismo mar, lejos en el tiempo y el espacio, llevó a los griegos a dar lata a las costas de Troya. Qué alegría.

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