Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Julión no tiene la culpa

 

 

El otro día nos topamos con Pedro Infante. Se salió de la televisión desde una de sus peores y más musicales películas: Los hijos de María Morales. Al igual que muchos mexicanos, imaginamos su filmografía como un rompecabezas gigante que permite reconocer escenas, cuadros o gestos familiares pero dentro de una pangea que se transforma lentamente. Anacrónico irremediable, este poderoso símbolo nos hizo pensar en el término cicerone. ¿Lo recuerda, lectora, lector? Se refiere, entre otras cosas, a esa suerte de guía –turístico las más de las veces– que nos lleva de la mano por un recorrido específico.

Es así que su papel en la pantalla guarda una responsabilidad mayor a la del simple cantante o ejecutante (¿qué tanto lo sabría?). Es un intérprete que funge como traductor y narrador entre el autor de canciones y sus audiencias (incluso y sobre todo las futuras o geográficamente lejanas), a diferencia de quien simplemente hace vibrar las cuerdas, tendones y músculos del cuerpo. Él imprime a la obra su sello personal y su estilo, convenciendo, persuadiendo y conmoviendo sin teorías intermedias, como quien señala valles y montañas de un “pueblo mágico”. De esos histriones cada vez hay menos en las músicas “educadas”, en buena medida por la ambición que propulsa las grabaciones y los conciertos actuales, así como por la corrosiva transformación de la carne en data. Y es que los músicos bien preparados aspiran a éxitos globales con públicos ajenos a su entorno original, mientras que los más populares –que no los mejores– ganan el terreno que pisan en la realidad concreta. Una realidad que, finalmente, pertenece a todos.

Es ahí donde Pedro Infante, José Alfredo, Negrete y muchos de quienes los siguieron en la inercia charra –como tantos otros del soundtrack popular variopinto– brillan intensamente. No importa si cantan bien o terriblemente mal, si la poesía habita o no los versos que cabalgan. De Rigo Tovar a los Tigres del Norte pasando por Juanga o Chico Che, muchos descifran la lírica desde sí mismos, sin actuar. Vaya, hasta entertainers como el polémico Julión Álvarez comprenden (ni siquiera lo dilucidan, creemos) que cantar no es articular una pieza entre la partitura y el aire sino darle cabida, precisamente, en la realidad que tantos buenos artistas sonoros han soslayado.

Allí lo que nos hizo pensar Pedro Infante desde la pantalla chica, tan carismático y tan estereotipo, pues en los discos que se nos acercan semanalmente buscando eco pocas veces identificamos esa… ¿naturalidad? Es así como a los músicos mexicanos de pop, rock, jazz y clásico también les concierne que lo más escuchado y cantado aquí sean pésimos exponentes de la música de banda (no todos), el ranchero (no todos) y el reggaetón (prácticamente todos), triunfantes porque no pretenden ser más de lo que son y porque ante el abandono de la academia, el menosprecio de la observación experta, el apoyo de medios avariciosos y la falta de buena educación, se vuelven cotidianamente estridentes y pueden torcer con descaro su lírica y ejecución. En ellos hay una identificación horizontal que no presupone diferencias intelectuales ni físicas. Sus intérpretes se ven, hablan y cantan como lo haría cualquier persona.

Dicho esto, a Pedrito y a Julión –guardadas las enormes proporciones y sin hacer comparaciones más que en este aspecto– nunca los veremos como seres engreídos que ascienden sobre la muchedumbre pedestre. Son la plebe y así se comportan. En el caso de Infante, sea con su humor chabacano en piezas como “El papalotito” o con un romanticismo pastel entonando “Amorcito corazón”, el triunfo se halla, además, en el papel complementario de la música. Si abandonado, estará en la cantina balbuceando melodías; si feliz, por las calles echando gallo; si pleitero, a caballo improvisando duelos… Aspectos que pulió en la pantalla grande con ese estilo que alarga notas finales de cada frase, que bromea con las pausas, que prefiere el murmullo al grito y el terciopelo al cuero.

Así las cosas, Julión podrá tener la culpa de algunas cosas –tal vez graves– pero no de ser escuchado y celebrado. La carencia, la desigualdad, la falta de compromiso de quienes más tienen, el miedo de la clase media, la corrupción sistémica, todos esos elementos sí son responsables de que su cable se conecte a la entraña colectiva participando en el contorno cultural. En eso supera a muchos de los más finos jazzistas o más rebeldes rockeros de nuestro tiempo, desafortunadamente. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

comentarios de blog provistos por Disqus