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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Hasta siempre

 

Siempre te vi contento; tranquilo nunca, pero sí calmado. Nos presentó Paloma Villegas, mi colega de asignatura en la UAM-Xochimilco, la tarde en que nos reunimos en casa de ella, cerca de Viveros, para presentar la novela Guerra en el paraíso, de Carlos Montemayor, en el Centro de Investigaciones Históricas de los Movimientos Armados de la colonia Avante. El tiempo estaba encima pero tenías pendiente un artículo para la sección cultural de El Financiero y volaste hasta el teléfono. Te me figurabas un coloso por lo que escribías. Es puro nervio, te definió Paloma con su exactitud de poeta y novelista. Luego callamos para divertirnos con tu improvisación y con lo que argumentabas ante las objeciones de quien te tomaba el dictado; dedujimos que faltaban algunas líneas para completar el espacio de tu colaboración. Pues escríbelas a tu libre albedrío, dijiste y colgaste para volver con nosotros a sintonizarte con nuestra risa como si hubieras oído el mismo chiste. Sabía que fuiste de los participantes más chiros del taller de narrativa de Monterroso y –de lejos– uno de los mejores pasajeros del Zeppelin antológico preparado por Donoso Pareja (Zeppelin compartido, Punto de Partida, unam, 1975); que habías trabajado para Crucero, el vespertino del periódico El Día, y desde 1979 tus crónicas de la epopeya sandinista te habían convertido para mí en Michelet, Reed, Wallraff, Kapuscinski, Karl Kraus.

Un ejemplo: “La bala que mató esta mañana al periodista estadunidense Bill Steward de la transnacional informativa abc News de Nueva York, penetró en la nuca del hombre que había sido obligado a tenderse en el barro, salió por el pómulo izquierdo, rebotó en las piedras de la ciudad devastada por los aviones y estalló, automáticamente, en las manos de pólvora de la dictadura.”

Después del alzamiento del EZLN fuiste, acompañado de Julio tu hijo, a dar una conferencia sobre crónica a periodistas de Pachuca. Les recomendaste dejarse guiar por el instinto, tratar de ver lo que está fuera de la escena central –lo que nadie atiende– y confesaste que tu fervor por Joyce te había llevado a Dublín. Al terminar la charla, compartiste tus vivencias en los albores de la rebelión en Chiapas, tal como las narrarías en tu novela Adiós cara de trapo. Habías cenado en el restaurante de El Chalet donde te ibas a alojar con tu crío –de no más de siete años–, que daba cabezadas cada vez más frecuentes contra tu codo izquierdo. Recordaste cómo el azar y la voluntad de estar en el momento justo te llevaron allá y del lapso en que estuviste parapetado compartiendo con el ejército el pánico ante el inminente ataque de los zapatistas. Julio, que para entonces dormía suavecito en tus brazos, despertó sobresaltado y protestó: ¿No que le ibas a los zapatistas? Le dedicaste una caricia y una sonrisa tranquilizadora.

En el plantón de 2006 el campamento de Hidalgo, el mejor y más organizado, estaba hasta delante, junto al templete de los discursos. De modo que te podía ver diario o casi diario. Tú, Jesusa, Liliana y no recuerdo quién más, la hicieron, muy bien, de maestros de aquella ceremonia maratónica contra el fraude electoral. Ellas arengaban a la gente, otros le bailaban, cantaban y tocaban y tú la entretenías con chistes como ese de Pancho Villa cuando un dorado le informa que las tropas están evacuando Piedras Negras. Ah, chingá –dice el general–, ¿pos qué comieron? Después de cuatro años de guiños y otras brevedades a distancia comimos juntos por el rumbo de La Conchita. Comenzamos a las dos y terminamos en la noche como placa de tráiler. A ti, de nueva cuenta, te faltaba cumplir un compromiso laboral. Yendo a la Plaza Centenario encontramos la miscelánea donde te diste tiempo para comprar la anforita que dejaste a mi cargo. Mientras entrabas en un café internet. Saliste cuando apenas iba en el segundo trago. Habías vuelto de una alegría ajena a tu intranquilo estar contento, y eso que acababan de darte “una lana”. ¿Por la traducción al italiano de Manicomios del poder. Corrupción y violencia psiquiátrica en México, publicada en español tres años antes por Random House Mondadori? En respuesta paraste el taxi que nos llevó al aeropuerto y llegando propusiste que nos siguiéramos de filo… a Guadalajara. Me acaban de dar una lana, repetiste… Habías concebido un proyecto y querías realizarlo con quienes ahora seguirán allá, continuándote siempre…

Hasta siempre, pues.

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