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Evocación de Thoreau

Henry David Thoreau ejerció, a partir de su tratado sobre la desobediencia civil, una fuerte influencia en Tolstoi y en Mahatma Gandhi, y juntos habrían de convertirse en tres iconos de un movimiento por lo demás iconoclasta: el anarquismo.

La de Thoreau es una vertiente anarquista que tiene como epicentro el pacifismo, un pacifismo activo, involucrado con la política de manera real.

Nacido en Massachussets en 1817, a estas alturas del siglo XXI Thoreau es un pensador considerado como pionero de la ecología y de los movimientos de ética medio-ambientalista. De su amor por la naturaleza dejó testimonios en su bello libro Walden, un libro sobre la vida en los bosques que publicó en 1847 y que intentó reconciliar al hombre escindido con su entorno natural.

Pero Del deber de la desobediencia civil es quizá su mayor legado político. En 1846 Thoraeu se negó a pagar impuestos dentro de su clara oposición a la guerra contra México y a la esclavitud en Estados Unidos, por lo que fue condenado a prisión. De allí nació su célebre tratado, en que declara como uno de sus conceptos principales la idea de que el gobierno no debe tener más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle, llegando a proponer la abolición de todo gobierno y en esa misma dirección estar contra cualquier poder.

Se declara entonces, como buen y atinado anarquista, enemigo del Estado. Su influencia va desde los poetas beatniks hasta Martin Luther King o Murray Bookchin, activista ecologista estadunidense muerto hace nueve años.

De él dijo el resabiado viejo Henry Miller que es “la mejor clase de persona que una comunidad pueda producir”. Alguien que hubiera preferido “la no existencia de los gobiernos”. Si se me apurara a definir su libro podría decir que se trata de un clásico de la insumisión, de un manual desobediente, útil para reforzar las sanas y necesarias ideas de disenso. El mismo Miller evocaba a Lawrence cuando decía que Thoreau era un “aristócrata de espíritu”, lo que Miller reforzaba diciendo que “está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un socialista, un comunista”.

Cuando escribió Del deber de la desobediencia civil, muy seguramente no pensó que lo que señalaba para ese momento histórico de su país se fuera a hacer al paso del tiempo algo inalterable. Prevenía sobre cómo por encima de la voluntad de un pueblo el gobierno de Estados Unidos –como tantos otros–, origina “abusos y perjuicios antes de que el pueblo pueda intervenir”.

El ejemplo, decía, “lo tenemos en la actual guerra de México, obra de relativamente pocas personas que se valen del gobierno establecido como de un instrumento, a pesar de que el pueblo no habría autorizado esa medida”.

Es la historia como repetición, su caricatura macabra que habría de asomar de nuevo su talante imperial en la guerra de Vietnam y por supuesto en la guerra de Irán, a la que apoyó con entusiasmo un espurio gobierno de nuestro país.

Nota: Thoreau debería ser considerado un héroe en México y tener un monumento que lo recordara, así como tiene uno de Gandhi en un balneario.

 

 

Poema de gacias a Thoreau

 

Es la banda sonora de la desobediencia.

Es el servidor de la morada de nadie.

Es la vendimia de frutos prohibidos.

Es alguien que se niega a marchar tras un himno

/funerario.

Es el campanero de la indocilidad del agua.

Es la palabra noche que mece la palabra sueño

Y la palabra puerta que abre la palabra bosque.

Es la luz que se filtra en la casona del miedo.

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