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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Rocío Carrillo: el oleaje del mundo interno

 

A cercanía de muchos creadores con ell psicoanálisis (sean pacientes o analistas) y su infidelidad al lenguaje clínico y metapsicológico es una fuente de incomodidad para muchos terapeutas que saben que el vocabulario freudiano no es el único para referirse a las luces que esta disciplina científica ofrece para explicar varias de las operaciones psíquicas que pueden interpretarse en las rutas seguidas por muchos personajes, por la obra misma, o bien por el autor y el director cuando se dirigen a la prensa, incluso a sus actores, para explicar lo que intentan hacer.

Esta incomodidad, que yo mismo he experimentado cuando los artistas hacen evidente que de las esferas del psiquismo es muy poco lo que saben a profundidad, tiene que leerse también como un síntoma de quienes creemos tener cierta autoridad sobre el psicoanálisis y pensamos que somos los únicos que podemos hablar con rigor en la lengua de ese territorio conceptual.

Me pasó con Rocío Carrillo con su interpretación del psiquismo a través de una deidad y una representación que tiene su asiento en el mundo clásico, en el terreno de los mitos: Psique. Por supuesto que su trabajo creador trataba de indagar sobre el trenzado fino que se sostiene en la racionalidad de una tradición normada y jerarquizada y una capacidad de olvido de los rigores y los estatutos, para colocarse en el ámbito de la ruptura y la desobediencia que caracteriza lo novedoso, el advenimiento de los nuevos clásicos, la construcción de un canon difícilmente aceptado para ser parte de lo duradero.

Sé que debo tratar de entender que ese síntoma al que me refiero también lo experimenta el propio mundo psicoanalítico, que siempre arroja algo de confusión sobre quienes intentan tomarlo como una guía que oriente sus especulaciones sobre lo que le sucede al mundo interno, a la subjetivación de experiencias susceptibles de encarnarse en universalidades que sean legibles desde la plástica, lo musical, lo literario y lo escénico.

En Quemar las naves. El viaje de Emma (idea original y dirección de Carrillo), que se montará en el teatro El Galeón del 21 de septiembre al 22 de octubre con las actuaciones de Georgina Rábago, Tabris Berges, Ernesto Lecuona, Alejandro Joan Camarena, Jonathan Ramos, Margarita Higuera, Beatriz Cabrera y Oscar Acevedo, hay una aventura que se contacta con el discurso de lo inconsciente y que procede en la tesitura de un sueño.

¿Ese tejido onírico es poético también? Lo es en la medida en que las estrategias de su retórica, sus elipsis, sus desplazamientos y sus metáforas ofrecen la posibilidad de enfrentar un discurso elaborado con asociaciones y sugerencias que lo hacen polifónico y dúctil a interpretaciones múltiples. Es un modo de hilvanar lo fragmentario de las historias, los textos, los mundos internos de los navegantes/actores, que en el discurso de lo plástico y lo musical encuentran otras “descomposiciones” de la racionalidad y la convención.

Ese lenguaje donde se inscribe lo inconsciente es el de la sexualidad, el cuerpo como representación cultural, y lo mismo sucede en la anatomía del actor, cuya ocurrencia escénica es de naturaleza autorreferencial. Esto es lo que mayor cercanía tiene con la experiencia más lejana en el tiempo, la de aquellos años noventa del Teatro personal, donde una herramienta que persevera es la del mito, ese mismo material que en el mundo freudiano del psicoanálisis toma la vía regia del sueño y se conforma con los modelos griegos y latinos que abrigan las historias y los conflictos inmortales de la especie.

Amazona, sacerdotisa, heroína, víctima y verdugo, madre e hija, hermana, maestra, amo y esclava, son los variados eclecticismos que conducen a la mujer que porta esta lámpara que recibe de una especie de Diógenes capaz de abatir su ceguera y contemplar la aterradora interioridad de lo femenino, tan amenazante para unos, tan inexistente para otros, tan imposible.

Tiene también el sabor del duelo: lo que se busca es lo que se ha perdido, pero lo perdido posee la incertidumbre que nos aflige hasta que descubrimos en qué consiste la pérdida y qué será para siempre nuestro, aunque la marea del adiós siga humedeciendo nuestros pies de Penélope. Una Penélope que ya no recuerda si Ulises no ha regresado, si vino y se fue, si ha muerto. Ese mélange no está en un solo texto, y de ahí la necesidad de construir esta Emma tan híbrida como nuestros recuerdos, nuestros planes y deseos de muchas fuentes clásicas y contemporáneas.

Se trata de Quemar las naves a cada paso de nuestro pensamiento, ese laboratorio del corazón y la mente que está a punto de empezar.

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