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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

¡Hereje, apóstata, relapso...! (I de II)

Aquella tarde del 22 de junio llovía a cántaros (perdón por la “frase hecha”), o si prefiere: llovía con tal intensidad que en lugar de gotas caían cubetadas de agua. Estaba tan nublado que parecía estar a punto de anochecer. Un joven que cumplía diecinueve años buscaba algo de protección en el zaguán de una da las tantas casonas añejas del centro de la ciudad. De aspecto un tanto desaliñado, se mostraba algo inquieto, no porque poco después sería motivo de un gran escándalo, cosa que ni siquiera imaginaba, sino porque de no ceder el aguacero llegaría tarde a su cita. Olvidaba decir que esto fue hace 180 años y unos días más (cuando lean la columna). Es decir, era el 22 de junio de 1837.

El joven escuchó las campanadas de una iglesia cercana llamando al rosario y supo que si esperaba a que pasara el chubasco llegaría tarde a su cita. Sin pensarlo más se ajustó bien el capotón de lana que vestía y se echó a andar hacia el edificio del antiguo Colegio de San Juan de Letrán, fundado por el virrey Antonio de Mendoza; ahí estudiarían los jóvenes mestizos de la Nueva España. En una celda de ese edificio derruido, que aun funcionaba como escuela de párvulos a cargo de los hermanos Lacunza, periódicamente se reunían varios poetas e intelectuales a discutir sus textos e intercambiar opiniones e incluso lecturas, pues el acceso a títulos o autores extranjeros era imposible. A este grupo se le conocía como la Academia de Letrán.

A la celda de los hermanos Lacunza llegó el joven descendiente “de los señores aztecas originarios de Tacuba y de los caciques tarascos del Estado de Querétaro”, por lado de la madre, y padre de estirpe criolla (ver “Emilio Arellano”, Ignacio Ramírez El Nigromante y Guillermo Prieto, en Crónicas tardías del siglo xix en México), empapado y con la greña alborotada. Lo recibió afectuosamente Guillermo Prieto, tranquilizándolo por su retardo, y poco después llegó don Andrés Quintana Roo, el patriarca de aquel grupo de poetas, dramaturgos, ensayistas, narradores… grupo en el que había liberales y no tan liberales, así como también conservadores y no tanto. No había mucha afinidad ideológica pero sí absoluto interés y preocupación por el arte y la cultura.

Prieto presentó a don Andrés al joven recién llegado: Ignacio Ramírez desea incorporarse a la Academia. El respetado poeta y patricio lo saludó y lo invitó a sentarse a su lado. El requisito para ingresar era leer algún texto del aspirante, que se discutía entre los miembros de la Academia no con el propósito de aprobarlo o reprobarlo sino, en el peor de los casos, de señalarle sus fallas y hacerle recomendaciones para que lo mejorara, etcétera.

En el recinto había poca luz, no obstante así acostumbraban trabajar. Hubo intercambio de miradas entre algunos de los contertulios, pues aunque casi todos eran bastante jóvenes, el recién llegado aparentaba serlo más, y sus rasgos indígenas no eran garantía de una formación literaria sólida o por lo menos mediana. Tenía a su favor, por un lado, que lo hubiera invitado Guillermo Prieto, en ese momento bastante joven pero ya célebre por sus composiciones e ingenio, además porque él, con los hermanos Lacunza, Payno y otros célebres poetas y dramaturgos, habían fundado la Academia; por otro lado, el beneplácito de don Andrés, que invitó a Ramírez a que leyera su texto, también mostraba la confianza en el descendiente de señores aztecas, purépechas y un descendiente de criollos que había luchado en las filas independentistas.

La penumbra del recinto cubrió dos o tres sonrisitas burlonas que aparecieron, discretas, cuando Ignacio Ramírez desabotonó su raído capotón y sacó un rollo de pedazos de papel de diferentes formas, tamaños y colores; algunos, al parecer, en el reverso tenían un escrito previo, tal una galerada de imprenta; luego los ordenó cuidadosamente. Para algunos, aquello significaba poca seriedad en cuanto a las bellas letras y seguramente el joven leería sólo bobadas simplonas, ocurrencias o un discurso plagado de lugares comunes, frases hechas y ripios a diestra y siniestra. No podía esperarse nada serio de aquel sujeto.

Miró a don Andrés Quintana Roo, quien asintió con bonhomía y el joven Ignacio Ramírez comenzó la lectura, con voz firme y cierto tono desafiante: “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos.” La primera reacción del auditorio fue un silencio escandaloso (permítaseme el oxímoron). Don Andrés, héroe de mil batallas políticas, militares, oratorias y literarias, amablemente inquirió: “No lo escuché, ¿qué dijo usted?” La respuesta fue inmediata y firme: “No hay Dios...”

 

(Continuará.)

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