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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Toma, lee

 

San Agustín se convirtió al cristianismo porque un día escuchó la voz de Dios que decía: Tolle, lege (Toma, lee). Cuando leí esto, muy niña, me lo tomé mucho más en serio que el “Santificarás las fiestas” de los Diez Mandamientos. Sobre todo porque en mi imaginación infantil obedecer ese mandamiento era echar agua bendita sobre una piñata.

Una de mis secciones favoritas del New York Times se titula “By the book”, que más o menos significa, “de acuerdo con las reglas”, y que en este caso es “a través de los libros”. En ella le preguntan a escritores cuáles son sus libros preferidos, qué libro le recomendarían al presidente –pregunta que deberían suprimir, ya que Trump no lee–, qué libros tiene en el buró, cuál lo impresionó en la infancia, quién le gustaría que escribiera su biografía, etcétera.

Los menos responden con pedantería: el primer libro que leyeron fue Ulysses, de Joyce, les gustaría que su biografía la hubiera escrito Marguerite Yourcenar, así. Los más contestan con franqueza y ese pequeño cuestionario se convierte en una entrevista íntima.

Como nos pasa a todos cuando leemos un cuestionario, suelo responderlo aunque nadie me esté preguntando. Las respuestas del pasado no cambian: lo primero que leí fue un cuento que venía al final del libro de Español de primero de primaria. Eso no lo puedo cambiar. Pero lo que tiene que ver con el gusto o lo que desearía que leyera el presidente (también en México esa pregunta es inútil ), se modifica constantemente.

Por supuesto que me gustaría que Enrique Peña Nieto leyera los libros, por ejemplo, de Javier Valdez o de Sergio González Rodríguez. Pero no sé si los comprendería porque supongo que, como tantos políticos, usa un casco mental que cierra el paso a cualquier idea que no añada a su provecho material. Sería ideal que cada servidor público de este país leyera lo que se escribe sobre el lugar donde gobierna, no para fregar, ojo, sino para entender. Aunque creo que ni para fregar leen. Dudo muchísimo que Mario Marín, el indescriptible góber precioso haya leído a Lydia Cacho. Sabía quién es. Sabía que ella había descubierto sus turbias complicidades. ¿Leerla? No creo.

Pocos leen en México. Tengo una hipótesis acerca de por qué sucede esto. Es un país tradicionalmente conservador y pobre, en el que el saber es visto con desconfianza: asunto de hombres arrogantes y doble cara como López Portillo. Así eran percibidos los políticos, que son muy prepotentes, independientemente de si leen.

Llegó Fox. Muchas personas confundieron su tosquedad con franqueza, su ignorancia con bonhomía. La ineptitud se asoció a la inocencia. Son muy distintas. ¿Cómo lo sé? Porque leo. Fox fingía ser un ranchero honrado, ignorante pero buen hombre de negocios. Sencillo. Eso siempre fue mentira: Fox y su mujer son millonarios, corruptos como priistas, aunque menos autocráticos.

Gracias a él la ignorancia dejó de ser una tara para convertirse en el rayo democratizador: yo no sé, tú tampoco, él menos, ella ignora, nosotros somos lelos. Luego llegó Calderón. Un día fue a la Sociedad General de Escritores de México a informar a los presentes que él no leía y que los libros son inútiles para la solución de problemas urgentes. Años más tarde se colgó de las faldas de la túnica del papa Benedicto cuando vio lo que su prepotencia había hecho: la violencia que había desatado; los muertos que se amontonaban. Sobre su conciencia queden. Ojalá escuchara en su mente y todas las noches el texto entero del Herem, la maldición que los rabinos dejaron caer sobre la cabeza, ésa sí inocente, de Baruch Espinoza.

El siguiente, el que padecemos ahora, es la suma de los anteriores. Peña Nieto no lee, no le importa la educación y ha prohijado la violencia. México ha padecido diecisiete años de crisis educativa: la gente no cree en la educación y recela cuando uno lo hace. Se vuelve uno sospechoso de creerse mucho. (Sospecha injustificada: yo leo como loca y estoy bien acomplejada.) He conocido sabios democráticos y muchos burros prepotentes. Los lords y ladies no son lectores.

Tres sexenios de desprecio por la cultura; tres sexenios de violencia; tres sexenios de escuchar ideas bobas en español mal conjugado, tres sexenios de pobreza material y espiritual. Nuestra historia de siempre, pero exacerbada. Pero podemos cambiar. De uno en uno.

Leamos como si en ello nos fuera la vida. Eso sí que no lo hemos intentado.

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