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Sara

Las ideas. Ser de las que tienen ideas. De las que imaginan, que resuelven todos los problemas, de las que se avientan, de las que no tienen miedo.

Sara no tenía miedo. Quizás. E incluso si tenía, siempre se había impuesto no escuchar ese instinto que de vez en cuando le sugería huir, no regresar nunca. No podía escuchar. Demasiados confiaban en ella, la necesitaban. Una necesidad real, una cuestión de supervivencia. Además, ¿lejos pero dónde?, ¿todavía más? Ella ya estaba muy lejos: otro país, otra lengua, otras costumbres y una vida a escondidas. Secreta, de la que nadie estaba enterado. Para los pocos que la veían de día, Sara era una persona retraída, encantadora y silenciosa. Hablaba poco y sólo con su hermana, por teléfono, todas las noches. Su hermana, que se había quedado en su pueblo natal, con tres niños que
había tenido con un exmarido golpeador y fugitivo
que la había abandonado sin un centavo. Esos eran sus seres queridos, el calor que en el fondo le daba el valor, por las noches, de transformarse en la mujer bellísima que sin nunca quejarse, sin nunca hacerlo pesar, sacaba adelante a todos, resolvía cualquier problema suyo y de las personas que amaba incondicionalmente.

De chica, Sara quería ser enfermera porque –decía– quería “arreglar” a los demás, a los que sufren. A los que no tienen a nadie que los escuche. A los que, como ella, desde que llegó a Italia, el único tesoro que encontró aquí fue a sí misma.

Se necesita valor para contar sólo con uno mismo. Para siempre tener en mente el bienestar de los seres queridos, para no ser aplastadas por el peso de las responsabilidades. Se necesita fuerza para irse lejos y para invertir en la única cosa que se posee, el cuerpo, y volverlo una mercancía preciosa.

En el fondo, si su belleza había sido un don, entonces tenía que generar frutos, compartirse por el bien de todos. Y no sólo su aspecto. Porque ella también sabía cómo entretener, cómo complacer a los hombres. Le bastaba un vistazo para entender a quién tenía enfrente, para transformarse en lo que más deseaban. Había aprendido a leer la mirada y las intenciones de quienes la rodeaban incluso antes de que aprendiera a hablar y caminar, para protegerse, para entender cómo moverse, o bien, cuándo quedarse quieta. Sabía cómo hacer olvidar las amarguras, las fatigas, las preocupaciones, las desilusiones a los hombres cansados, acaudalados, fastidiados, abrumados por sus responsabilidades. Sabía volver placentero lo que no era y seguir adelante sin hacerse preguntas que, de todas formas, no habrían tenido una respuesta. Porque nadie sabe por qué algunos nacen en una familia en vez de otra o en un país en donde la vida es más simple de lo que es a unos kilómetros más allá donde, al contrario, reina el caos.

Sara no contaba con una red. Estaba sola y lo sabía. Amaba a su hermana y a sus sobrinos, quería un futuro y esto le bastaba para mantener alejado el miedo. Era joven pero ya había vivido muchas vidas, las suficientes como para no hacerse ilusiones y saber que para quien nace en esa parte del mundo en la que hay pocas posibilidades es necesario arreglárselas por su cuenta, ayudarse como se pueda, aferrarse a lo que vale la pena sin importar los detalles, como lo que está bien o mal. Y además, ¿bien o mal según quién? Lo que cuenta es vivir.

En el fondo así es para todos: no se escoge dónde se nace. Es como haberse saltado un muro y caer del lado en el que hay un jardín perfecto o en el que no hay ningún cultivo, donde proliferan las zarzas y las madrigueras de lagartijas.

Sin embargo, quizás más allá del muro exista también la libertad. La libertad de quien está solo y sin una red, una red que a veces captura incluso antes de la caída, que no perdona. Una red que muy a menudo no permite elegir, que salda la cuenta, cierra el círculo, cancela la deuda. Una red que tiene la forma sinuosa y cerrada del infinito. Un “ocho” horizontal. Sobre sus elipsis nada inicia y nada termina, todo se confunde, cada individuo es la continuación del otro, sin identidad definida, sin límites corpóreos. Si se lo hubieran dicho, de chica, que terminaría prostituyéndose, habría preguntado: ¿qué significa esa palabra? Nadie nunca le había explicado nada: sus aprendizajes fueron tatuados en la piel de la experiencia directa y de la imposibilidad de elegir. Nadie se plantea dudas cuando la vida lo encamina en una dirección obligada.

Sara no había tenido dudas ni siquiera la fatídica noche, cuando el desconocido la había llamado y le había dado las garantías necesarias para que ella confiara. Se había comprometido. Con engaños, había fingido hacerse creíble, localizable, “real”.

Buenas noches, Sara, ¿puedo llamarte Sara, verdad? Vi tu perfil en la página de la agencia, me gustas. Eres hermosa, me gustan todas las cosas que sabes hacer. ¿Estás libre el viernes por la noche… por todo el fin de semana? Vi que trabajas los fines de semana… vi que te mueves en coche y me preguntaba, como salgo tarde de una junta en el trabajo y estoy por la zona, si te parece bien alcanzarme en el lago, donde tengo una casa. Naturalmente te doy un anticipo inmediato por los gastos de la gasolina y de las casetas, también te doy un anticipo por el fin de semana, así me aseguro de tenerte para mí, por todo ese tiempo…

Por qué no; me gusta el lago. Mándame el croquis, te alcanzo cerca de las nueve. Verás que será un fin de semana que no olvidarás. Escucha, ¿qué es lo que más te gusta?, ¿deseas algo en específico para nuestro fin de semana? No, espera, no me digas nada… lo descubriré sola. Eres un hombre exigente, lo sé por tu voz… quizás ya sé qué es lo que deseas… verás, te daré una sorpresa… verás que descubriré todos tus secretos…

¿Secretos?, yo no tengo secretos, Sara.

A Sara no le había dado tiempo de llamar a su casa esa noche. Había tenido que recorrer un largo camino para llegar a la cita con su nuevo cliente. Se había detenido sólo un momento en un bar para retocarse el maquillaje y mandarle un mensaje a su hermana, le llamaría al día siguiente para contarle todo sobre este nuevo “señor muy amable”. No le preocupaba nada de este hombre porque había sido cortés, educado, cumplido. Ni siquiera cuando la había hecho entrar en su coche se había traicionado, con sus modales corteses, casi melosos, sus halagos. Las manos muy cuidadas. Las mismas manos que poco antes habían escondido un arma en la cajuela. Las mismas manos que luego la golpearían a puñetazos para aturdirla, para obtener dinero, para buscar más entre su ropa, mientras el cuerpo de ella se aferraba como podía al poco tiempo que le quedaba. El mismo señor amable que había sabido llevar a cabo su plan sin un gramo de piedad para la mujer que, todavía viva, le suplicaba ayuda prometiéndole a cambio su silencio.

¿Qué había pensado Sara cuando se deslizaba, cuando finalmente había dejado de luchar?, ¿qué había visto? Quizás una casa rural en un país lejano y, quizás, en su interior a una mujer un poco más grande que ella, sentada a la mesa de la cocina junto a sus tres niños. Afuera la oscuridad. La ventana dejaba entrever una luz cálida, los vidrios empañados por el vapor que producían las ollas en el fuego. Al estirar la mano, Sara casi podía tocarlos, acariciar la cabeza de los tres, quien dibujando, quien haciendo la tarea para el día siguiente

 

*Vittoria a. es un seudónimo. La autora nació en Milán pero vive y trabaja en Escocia, país del que está enamorada, desde hace más de veinte años. Ha escrito Dannati danni y Un peso sul petto con Eclissi Editrice.

 

Traducción de Rodrigo Jardón Herrera

 

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