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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Cine y TLCAN: la dignidad y la lógica (I de II)

 

Hace veintitrés años, en 1994, demasiada gente cometió el despropósito monumental de confiar en el entonces presidente de la República Carlos Salinas de Gortari, según el cual, gracias al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), de manera casi automática México formaría parte del llamado Primer Mundo. Pasó muy poco tiempo para que la realidad demostrara a los ilusos que se trataba de un literal y burdo engaño y, peor aún, que la condición de vasallaje, servidumbre y extrema dependencia económica y comercial –y no sólo en esos rubros– de México respecto de Estados Unidos habría de exacerbarse, sólo que ahora de manera reglamentada y, por lo tanto, legal.

Sobran sectores económicos en los que puede verificarse lo anterior: comenzando por el agropecuario, uno de los primeros en resultar arrasados por las disparidades abismales entre México y Estados Unidos y que hoy nos tiene, de manera preocupante y vergonzosa, importando incluso el maíz que comemos; pasando por el sector manufacturero, en el que nuestro país quedó convertido en simple maquilador, que ve cómo la plusvalía regresa íntegra al país inversionista y, junto a muchos otros sectores económicos, culminando con el energético: el TLCAN es el punto de partida de la privatización de nuestros recursos en esta materia –petróleo, gas, electricidad–, así como de la casi inmediata y sistemática pauperización de Petróleos Mexicanos y, en estos días, de su virtual liquidación, lo cual nos ha convertido en importadores, por ejemplo, de tres cuartas partes de la gasolina que consumimos.

No sólo acostumbrados sino al parecer felices con su condición de lacayos, y a diferencia de los representantes canadienses, los mexicanos que en aquel entonces negociaron los términos del Tratado –léase mejor “entregaron”– cometieron la estupidez, quizá voluntaria, de someter la totalidad del sector cultural al mismo tratamiento comercial que se le dio, por decir cualquier ejemplo, a lechugas y aguacates: como si se tratara de un mero producto de compraventa, sin implicaciones más allá de las que pueden reflejarse en la balanza comercial.

No es que no hubiese habido voces que alertaran/demandaran/exigieran que el sector cultural fuese manejado aparte y de manera muy distinta. Las hubo pero no fueron escuchadas –el medio cinematográfico, en particular, fue entonces el más activo y el más claro al respecto–; consecuentemente, y de nuevo a diferencia de Canadá, que desde el principio reservó el capítulo cultura para protegerlo de la previsible voracidad estadunidense, México se convirtió en el primer paraíso exportador para el cine Made in USA, con resultados harto conocidos: la desproporción en la oferta cinematográfica es sistemáticamente oprobiosa pero, por culpa del TLCAN, es perfectamente legal.

 

A ver si ahora sí

Como se sabe, hace pocos días concluyó la primera ronda de negociaciones Canadá-EU-México para replantear y modificar el Tratado. Primera de tres, la reunión fue forzada por el supremacista blanco que hoy despacha en la Casa Blanca pero que, de todos modos, no deja de tuitear amenazas de muros fronterizos y finalizaciones del TLCAN. Si Trump no la dinamitó antes, la segunda ronda estará teniendo lugar desde antier viernes y hasta el próximo martes 5 de septiembre.

La novedad, que no es ninguna novedad, es que el “equipo negociador” mexicano carece –guan mor táim– de especialistas que lo asesoren en materia cultural. Consecuentes con su mira enana de socio minoritario o más abajo todavía, de peón agradecido si no lo echan a patadas, ni siquiera se les ocurrió consultar a los directamente involucrados ya no se diga de las industrias culturales, sino de otros sectores de la economía igual de pasados por la aplanadora gringa que aquéllas. En pocas palabras, están repitiendo las mismas pifias de la negociación original, y a sabiendas.

Un desgraciadamente bien fundado escepticismo –forjado durante décadas de ver que a este pobre país unos cuantos lo venden a precio de ganga y casi todo el resto sólo atina a encogerse de hombros, darle una mordida a su hamburguesa y seguir viendo una serie gringa en Netflix– hace prever que las industrias culturales, y dentro de ellas la cinematografía, muy difícilmente se verán beneficiadas, o al menos tomadas en cuenta, en las actuales renegociaciones del TLCAN. Es precisamente por eso que la iniciativa y la declaración conjunta de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), la Asociación Mexicana de Productores Independientes (AMPI) y la organización El Grito Más Fuerte cobra una importancia enorme.

(Continuará.)

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