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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

¿Ficción y no ficción? (I de II)

 

imaginen un mundo al revés, que primero reconoce el valor testimonial del arte literario y después su valor ficticio. Ahí no habría ideología predominante o ésta sería, en principio, distinta; en igual medida que lo sería la percepción del arte y la naturaleza. Sin embargo, aquí nos tocó, donde se sobrevalora el no testimonio y se le llama literatura. Después se descubre otra América: el testimonio, que aunque con reservas es admitido como forma especial, preferentemente pretérita, de literatura hecha sin intenciones literarias, que se consagra y trasciende casi por casualidad –pienso en Bernal Díaz del Castillo y acallo mi pregunta respecto de qué sería lo intencional y lo no intencional en cualquier arte. El testimonio, forma expresiva que crece apartada y disparejamente de la “ficción”, no deja de desarrollarse y de pronto resulta imposible soslayarlo. Más aún, se convierte en salida posible, viable y quizás hasta imprescindible del arte literario. Entonces, de vuelta al mundo real de aquí y ahora, encontramos el problema de tener por un lado la ficción y por el otro la no ficción, con sus correspondientes antónimos: literatura, no literatura y, por supuesto, una solución de compromiso, la literatura de no ficción, el nuevo periodismo y la historiografía creativa.

Así comenzamos, veinte cómplices y un servidor, a merodear la producción de literatura testimonial y las investigaciones en torno a ella. Es natural comenzar cualquier estudio con más dudas que conocimiento; tanto, como ir resolviendo esas dudas sólo para plantear nuevas y más grandes dudas. Por ejemplo, al principio sólo se trataba de quitarle la etiqueta a la literatura testimonial, no fuera a pasar con sus máximas cumbres novelescas lo que sucedió con las novelas de fórmula (ustedes saben cuáles: las de moda, las venales, las obras de quienes tienen, comparten y sostienen el sistema: las que distraen haciendo creer al lector que los crímenes y pecados de todo orden pueden resolverse mediante la acción de un individuo azarosamente heroico –“el héroe”, hasta el mismo sustantivo se ha vuelto insustancial–, individuo que resulta simpático en la medida que nos identificamos con él, sobre todo de manera inconsciente, tal vez por su solipsismo adornado de soledad, por su candidez y sus penas superadas con cinismo y afrontadas con “realismo” (recuérdese que los héroes posteriores a Aquiles nunca lloran y tampoco se despeinan), por su astucia o, mejor todavía, por su inteligencia genuina y siempre directamente proporcional a la estupidez y malevolencia del villano –esa encarnación banal de lo banal. Pero suprimir un rótulo tan afanosamente erigido no es fácil. Antes debemos enderezar la torcedura de la diferenciación entre ficción y no ficción, que atribuía a la primera la calidad exclusiva de literatura. Por un lado, esta literatura surgida de la realidad pero separada de ella por sus propósitos de no reproducirla sino de tomarla, digamos, como objeto de inspiración, como musa de múltiples caras y dimensiones. Por otro lado, la otra…, el resto.

A mediados del siglo pasado, con Rodolfo Walsh primero y con Truman Capote y el nuevo periodismo después –manera sintética de trazar los orígenes de esta novedad creativa que en realidad no tenía tanto de nuevo–, surgió lo que se denominaría no-ficción –al principio así, con guión intermedio, según regla de vasallaje–, concepto que se filtró en la crítica para solventar el encuentro con una literatura diferente, surgida de las circunstancias que, en convivencia con la literatura pura, pretendía de manera explícita exponer una realidad específica, testimoniar hechos ocurridos en esa realidad: la no ficción, ya sin guión, para designar una propuesta artística, o lo que es lo mismo una corriente literaria universal que surgía como salmón, a contracorriente de la corriente artística principal, dando pie, como el expresionismo abstracto en la pintura, a fraudes y malentendidos. Entonces debieron ser los estudiosos de la literatura testimonial los que empezaron, y aún no terminan, la tarea de derribar el muro divisorio entre la literatura propiamente dicha, asumida como ficción, y “el resto” o sea la no ficción. En esas andábamos cuando quizá por nostalgia propuse a mis cómplices releer Los periodistas, ilustración de los viejos buenos tiempos cuando el gobierno asesinaba periódicos pero dejaba vivir a quienes ejercían el auténtico periodismo. (Continuará.)

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