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Ecos de un verano sin verano
El nacimiento del monstruo. Verano de 1816 en Villa Diodati, Roberto Coria, Vicente Quirarte, Hernán Lara Zavala, Bernardo Ruiz y Rosa Beltrán, unam, México, 2016.
Por Andrea Tirado

El nacimiento del monstruo recrea –en no más de setenta páginas– uno de los encuentros “definitorios para la novela gótica o de terror”. La noche del 16 de junio de 1816 se reunieron en la Villa Diodati, invitados por Lord Byron: Percy y Mary Shelley, su hermanastra Claire Clairmont y John William Polidori, médico de cabecera del anfitrión.

El verano de 1816 fue único y todo parecía indicar, a manera de premonición, que algo sucedería. La erupción del Monte Tambora creó la atmósfera perfecta para las sesiones de lecturas de historias macabras y de terror que tanto le gustaban a Lord Byron. La erupción sumió a toda la región en una oscuridad acompañada de neblina, de viento y de frío; en resumen, a un verano sin verano.

Diversas circunstancias los reunieron en aquella región de Ginebra, en donde Lord Byron oficiaba como anfitrión de varias tertulias. Aquel verano invernal obligó a los presentes a prender velas desde el mediodía, lo cual dio pie a leer Fantasmagoriana, recopilación de historias de aparecidos, espectros y fantasmas, y preparó el escenario para el desafío que lanzó Lord Byron: los retó a todos a escribir su propia historia de terror, “una que helara la sangre”. De todos los presentes, solamente Mary Shelley y el doctor Polidori respondieron completamente. Polidori escribió El Vampiro y Mary Shelley el clásico e imprescindible Frankenstein o el moderno Prometeo.

El nacimiento del monstruo es la recopilación de los monólogos creados por los escritores mexicanos Vicente Quirarte, Hernán Lara Zavala, Bernardo Ruiz y Rosa Beltrán, quienes personificaron y dieron vida a Lord Byron, Percy Shelley, John W. Polidori y Mary Shelley, respectivamente. El libro ofrece cuatro puntos de vista de un mismo evento: la experiencia del 18 de junio de 1816 vivida a través de cuatro personalidades completamente distintas.

Destaca la personalidad grandilocuente, un tanto ególatra y soberbia del extravagante Lord Byron, para quien el desafío lanzado a sus amigos es parte normal de su ser: “Me gusta provocar, asustar […] Nací para convulsionar al mundo y debo ser fiel a ese mandato.” El desafío forma parte de la misión que tiene Lord Byron para el mundo.

Le sigue la personalidad del loco, revolucionario y a la vez frágil y joven Percy Shelley. Aquella noche es vivida por él de manera intensa y un tanto alucinatoria, expresando a la par su admiración por su amante Mary y la creciente amistad y complicidad con Lord Byron.

John William Polidori expresa quizás el testimonio menos sobrenatural y por lo tanto más lleno de melancolía y hastío de aquel verano sin verano. Polidori, un joven médico de apenas veinte años que desea escribir poesía y ser recordado por ella, narra la travesía que junto con Lord Byron los lleva a alquilar la Villa Diodati. De aquella mística noche, Polidori recuerda haberse lastimado el tobillo y quedarse en cama a escuchar la lluvia. Recuerda la lectura de Fantasmagoria y el reto, pero también rememora el ataque histérico de Percy, quien después de haber leído Christabel, de Coleridge, se obsesiona con la serpiente que viene por Christabel y a la cual imaginó como una mujer que tenía ojos en lugar de pezones. De esa fatal noche y terrible viaje, sobrevivieron en Polidori la decepción, la separación de Lord Byron y el recuerdo del vampiro que engendró y que nunca lo abandonaría.

El volumen concluye con el monólogo de Mary Shelley, quien en el verano de 1816 tenía sólo dieciocho años. Mary relata su propia versión de lo ocurrido aquella noche de tormenta; con ella se descubre que los caballeros ingerían sustancias proporcionadas por Polidori. El monólogo revela la reflexión insistente de Mary sobre las relaciones humanas, pero más precisamente la influencia que uno ejerce sobre el otro, es decir, la construcción-modificación que podemos hacer de los que nos rodean. Reflexiona, por ejemplo, sobre en quién convertimos al otro cuando le cambiamos el nombre. Hace alusión al momento en que Lord Byron bautiza a Polidori “Polly Dolly”. O bien se cuestiona sobre Harriet, la mujer de Percy, a quien éste abandonó para huir con Mary, y que se suicidó a los pocos meses de ser abandonada. Mary se pregunta entonces hasta qué punto son culpables ella y Percy, hasta qué punto sus acciones convirtieron a Harriet en una suicida. En su monólogo, Mary se enfrenta y cuestiona miedos tan reales como la incapacidad de hacerse cargo de aquel [otro] al que se modifica-construye; miedo que anticipa claramente la escritura de su Frankenstein: un monstruo creado por Victor y de quien no podrá hacerse cargo más adelante.

La originalidad de cada escritor reside en su capacidad de plasmar, a través de su monólogo, una breve semblanza narrada, una suerte de carta de presentación que esboza el retrato de cada personaje. Su habilidad, por otro lado, consiste en hacer creer que son los personajes quienes hablan directamente. Cuatro versiones de lo ocurrido aquella lúgubre noche, y aunque probablemente nunca se sepa con certeza cuál es la verdadera –o quizás ninguna– nos alegramos de que haya sucedido: de ese verano sin verano nacieron dos de los inmortales monstruos que embrujan nuestros cuentos y leyendas.

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