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Por Leandro Arellano

Imagen de Azorín

¿Quién no recuerda con deleite el breve texto de Alfonso Reyes sobre “Los rostros aleccionadores (Las burlas veras, Segundo ciento, Obras Completas, Tomo XXII)? En ese amoroso párrafo –y consta de sólo tres–, Reyes agradece las lecciones de los escritores –amigos suyos todos– a quienes acude en reconocimiento de sus enseñanzas, de su ejemplo y a fin de no extraviar el estilo propio:

Cuando temo haberme documentado imperfectamente y con demasiada ligereza, se me aparece como un reproche la cara de don Ramón Menéndez Pidal, mi inolvidable maestro. Cuando no logro expresarme con diafanidad y precisión, creo ver el rostro de Pedro Henríquez Ureña, que me reconviene. Cuando me pongo algo pedante, se me aparece como en protesta ese gran maestro de la sencillez que fue Enrique Díez-Canedo. Cuando deseo más sensibilidad y gracia ¿a quién invocar sino a “Azorín”? Cuando me pongo algo “cursi” aparece Jorge Luis Borges y me lo reprocha en silencio. ¡Cuánto les debo a todos!

Hace cincuenta años –en marzo de 1967– murió Azorín. Aquel fue un año poco común, un año inquieto. Una nueva sensibilidad fluía entre los jóvenes del mundo, la cual se desbordó al año siguiente mediante protestas, manifiestos y revueltas. Entre el caudal de acontecimientos que acompañaron la muerte de Azorín ese año impaciente, se hallan los siguientes: Estados Unidos experimenta con armas biológicas en Vietnam, el Tratado de Tlatelolco se firma en México, se impone Israel en la “Guerra de los seis días”, The Doors lanzan su primer álbum, las protestas contra la Guerra de Vietnam se generalizan y Miguel Ángel Asturias obtiene el Premio Nobel de Literatura.

Azorín acuñó el nombre de “La generación del 98”, el grupo que renovó –bajo el influjo de Rubén Darío– la literatura española. La elección de ese año en particular acaso no sea casual: España perdió la guerra con Estados Unidos y los territorios de ultramar que aún poseía (Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico). Las figuras principales de esa generación, recordemos, son Unamuno, Antonio y Manuel Machado, Valle-Inclán, Pío Baroja y Azorín.

El prólogo a las Obras selectas de Azorín, editadas por Austral, es de Mario Vargas Llosa y consiste en un extracto de su discurso de ingreso a la Academia Española en 1996. Vargas Llosa señala con precisión y elegancia las características y los rasgos de la prosa de Azorín, de quien confiesa ser aficionado. Entre otros halagos, anota que “Azorín es uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua...”

La sencillez y la modestia son características de su estilo. Con Pío Baroja, induce la renovación de la prosa narrativa de España. Es un orfebre delicado de la frase corta, del texto breve, de la sintaxis lineal, que con la misma profundidad y sutileza escribía notas de viaje, notas de lecturas, reportajes, memorias y un torrente de crónicas que componen varios tomos. También escribió algunas novelas.

Azorín es un escritor al que se lee poco en la actualidad. Acaso por ser un autor que no atrae a la propaganda ni el ruido mediático. Su estilo hondo y sencillo no es fácil de captar si hay dureza de oído o es insuficiente la sensibilidad del lector. ¿Que no es caso único? Una verdad y una ironía. En una era en que abunda el conocimiento, se expande temerariamente la ignorancia. No es improbable que muchos jóvenes, embrujados por la magia de las tecnologías, consideren aburrida o pesada la prosa apacible de Azorín, habituados como están a los relámpagos del twitter, facebook y lo que les provoca en la red.

La vida se desliza sin sentir. ¿Quién hubiese imaginado de ese modo la transformación del mundo ante el abatimiento del tiempo y la distancia por las nuevas tecnologías, donde acaso los únicos felices sean sólo aquellos a quienes motiva una idea fija?

Azorín fue también pionero en España, en destacar la importancia del paisaje literario. En su libro El paisaje de España visto por los españoles elabora una rica filosofía en ese terreno. Gran lección suya es que el sentido de la naturaleza es completamente moderno, obra del romanticismo.

Yo me he forjado una imagen de él –sereno y laborioso– sentado frente a su escritorio con la pluma en la mano y un fajo de hojas blancas a un costado. Contempla por la ventana un paisaje semiárido de Castilla y escribe con modestia e inspiración sobre las cosas menudas y concretas, sobre la realidad humilde de todos los días, de donde emana un efluvio de fervor por el ser humano y sus cosas.

AUTOR
Leandro Arellano
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