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La inquebrantable
Ropa música chicos, Viv Albertine, traducción de Cecilia Ceriani, Anagrama, España, 2017.
Por Eve Gil

Comúnmente se dice que la historia la escriben los vencedores, pero en una época en que el éxito es tan relativo, no necesariamente vinculado con la fama y el dinero, las historias que vale la pena contar tienen más que ver con la superación individual. Viv Albertine no es famosa en la medida que otros músicos que han escrito sus biografías como Keith Richards, Neil Young, Sting, Patti Smith o Pete Townsend, entre otros, pero su aporte a la música es innegable. Fue guitarrista del primer grupo de punk rock formado exclusivamente por mujeres, The Slits, subversivo desde su nombre (una forma vulgar de denominar a la vagina, como “chochos” o “conchas”), y su etapa formativa, inmediatamente anterior a la conformación de esta banda, coincide con la de otros músicos revolucionarios como Sid Vicious, de Sex Pistols, quien sería su mejor amigo, o Mick Jones, guitarrista de The Clash, con quien mantuvo una larga y tormentosa relación amorosa.

De principio a fin de esta autobiografía, Viv Albertine se muestra hipercrítica consigo misma. Casi no deja pasar una página sin mencionar lo pésima guitarrista que se considera, cosa que, en honor a la verdad, es una exageración. Lo que conmueve de Viv es que comienza de cero, a los veinte años, resuelta a dominar el que sería su instrumento, y en gran parte de la llamada Cara a de su libro la vemos librar una auténtica batalla para alcanzar, si no la perfección, sí un nivel superior al aceptable. En 1976 se integra a The Slits, junto con la controversial vocalista Ari Up –por entonces prácticamente una niña–, la bajista Tessa Pollitt y la baterista de origen español, Palmolive. Este cuarteto toma por asalto los clubes londinenses y la respuesta inicial no puede ser más violenta. Constantemente son agredidas física y verbalmente tanto por los cabezas rapadas como por las novias de éstos. Ari, que es una niña bien, incluso virgen, pese a su insistencia por parecer lo contrario, terminará sufriendo una violación tumultuaria. Pero nada detiene a estas chicas que, como la propia Ari, distan de ser lo que aparentan…y esa es una de las partes más fascinantes de este libro, el hecho de que cuatro buenas chicas –que terminan siendo tres– se empeñan en actuar como locas de atar, provocando disturbios donde quiera que van, vistiendo ropas transparentes y meando en escena, al tiempo que rehúyen las drogas y le patean las bolas a quienes las creen disponibles para el sexo. Quizá por ser la mayor, Viv es la que impone cierta cordura, y es gracias a su persistencia que consiguen grabar su primer disco, Cut, tres años después de su caótico debut, aunque por entonces Palmolive ha sido despedida del grupo.

Mantener unidas a The Slits resulta sumamente desgastante para la perfeccionista Viv, que tiene que cambiar con frecuencia a sus músicos de apoyo, lidiar con la indisciplina de Ari y hacerse cargo del diseño de imagen, lo que le acarrea severos conflictos con los diseñadores de la discográfica y, finalmente, la rescisión del contrato con Island Records (la misma de los Rolling Stones), con lo cual se van al garete sus esfuerzos. Por supuesto está más que decidida a buscar otra disquera… pero ha de sufrir otro descalabro con un intento de suicidio por parte de Tess y el declarado aburrimiento de Ari. Con la aparente desintegración del grupo comienza la Cara B de la existencia de Viv Albertine que, decepcionada, renuncia para siempre a la música, se matricula en una escuela de cine y se casa con un hombre “normal”, es decir, un no músico, cuyo nombre ni siquiera aparece en el libro, y opta por formar un hogar…. pero hasta eso derivará en toda una hazaña, pues tras perder a varios bebés Viv se somete a un montón de fecundaciones in vitro… y pasará mucho tiempo para realizar su anhelo de ser madre. Casi inmediatamente después del alumbramiento de su hija, habrá de enfrentar el cáncer y su matrimonio comienza a tambalearse.

Llega el momento en que la maternidad por sí misma no llena ese hueco que Viv Albertine ha ignorado durante muchos años, y decide retornar a los escenarios, primero en solitario y luego a través de una reunificación del grupo con que conoció una fama efímera pero aleccionadora. Habrá de enfrentar desafíos todavía más fuertes que cuando joven. Primero: reaprender a tocar la guitarra; segundo: confrontar la ira del esposo que le reclama que pretenda retomar su carrera musical, “a su edad”, tercero: la inesperada muerte de Ari, víctima de un cáncer fulminante. Pero nada detendrá a esta mujer que suele fijarse metas y que no para hasta verlas realizadas.

Viv Albertine aclara que rechazó sin miramientos la propuesta de la editorial de colocar un “negro” a su servicio, pues quería ser ella misma quien plasmara sus memorias y experiencias. El resultado no puede ser mejor. Ropa música chicos es un relato apasionante que, sin perder su toque divertido y trasgresor, recorre toda la gama de emociones por las que atraviesa una mujer, desde su adolescencia hasta más allá de los sesenta años.

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