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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Chéjov y bergman, paradigmas de la grandeza actoral

 

La apuesta en escena que realizó Gema Aparicio de la obra Éramos tres hermanas (Variaciones sobre Chéjov), de José Sanchís Sinisterra, es un concierto conmovedor de cuatro actrices que han sabido poner a su favor el tiempo, la experiencia y la imaginación corporal que permite el dominio de una profesión tan compleja, exigente y generosa como la actuación.

Son tres hermanas que aterrizan sobre la escena en los cuerpos, las voces y el mundo de plasticidad actoral de Marta Aura, quien interpreta a Irina, Ana Ofelia Murguía/Adriana Roel en presencias que se alternan para vivir y dejar vivir a Olga, y Marta Verduzco que interpreta a Masha, cuyo papel fue pensado por Chéjov para la actriz que amaba en ese momento (1901, año del estreno) y que seguramente no deja de influir en las actrices que lo interpretan y son amadas desde entonces eternamente por el dador de la palabra.

Hace algunas semanas tuve oportunidad de reseñar el trabajo que hizo Víctor Carpinteiro en la puesta en escena de Moscú, de Mario Diament, con tres actrices jóvenes de distintas edades, perspectivas y modos de trenzar lo coreográfico, lo plástico y las tensiones entre actrices de diversos orígenes y entrenamientos actorales, sin perder de vista ese rigor académico que reconcilia la lección estética con un entretenimiento exigente (Ver La Jornada Semanal núm. 1155, 23/IV/2017 https://issuu.com/lajornadaonline/docs/semanal23042017).

Tres hermanas es referencia obligada y bisagra entre las grandes tradiciones que van de Shakespeare, Strindberg y Dostoievsky a Harlod Pinter, desafío de reescritura que ahora invita a comparar el trabajo de Diament con la imaginación dramatúrgica de Sanchís Sinesterra, cuya experiencia lo lleva a proponer una visión autorreferencial de la puesta en escena al hacer de la acotación un ejercicio pirandelliano del teatro dentro del teatro, que se mira a sí mismo transcurrir como sucede en Después del ensayo, de Ingmar Bergman, dirigida por Mario Espinosa, con la actuación intensa y sabia de Julieta Egurrola.

Inicié esta nota nombrando en primer lugar a Gema Aparicio porque sólo en esa grandeza que da la humildad es posible tejer esa alianza con mujeres tan valiosas para la escena, poseedoras de una sensibilidad exacerbada para hacer oír y conducir las dramaturgias más ricas en nuestra lengua a través de un largo diapasón de emociones, técnicas y recuerdos plásticos, para corporizar verbos de corpus tan diversos que las han atravesado y para nutrir con esa experiencia iluminadora la trayectoria de los directores más jóvenes y atrevidos frente a esa matrix actoral.

De las cuatro actrices a las que me refiero, tal vez sólo Martha Verduzco se ha atrevido a incursionar en la dirección de escena, y lo hace justamente en la Compañía Nacional de Teatro. Digo “atrevido” porque los años y la experiencia permitirían, si lo quisieran, que este conjunto de actrices tomase la batuta de la puesta en escena.

A un paso del Teatro Orientación se escenifica Después del ensayo, en la Sala Villaurrutia. Ahí nomás a la vuelta se puede uno encontrar con otra actriz grande del siglo XX y XXI, Julieta Egurrola, quien recibió la medalla Bergman que premia la trayectoria artística. La Cátedra Ingmar Bergman (esas invenciones que el mundo académico realiza para parecer más contemporáneo y menos museístico) ha distinguido a Julieta Egurrola por su enorme itinerario como actriz, por construir en su propia persona un monumento a la actuación y un modelo vital que convierte al actor en espejo del mundo interno y del mundo social y político.

Si hubiera que distinguir también a este cuarteto de actrices que inmortalizan el arte de la confidencia femenina, de sus aspiraciones, temores y fracasos, podría hacerse con la Cátedra Chejov, que si bien incrementaría la nómina burocrática, también supondría la posibilidad de instituir una forma de conocimiento que ha contribuido a visibilizar ese mundo.

Hoy sabemos, gracias a todos esos años vividos y centenares de personajes interpretados, que el teatro mexicano, el cine y la televisión serían distintos sin estas cinco mujeres que son contempladas con devoción por dos directores que darán mucho al teatro futuro y que han escogido como talismanes para alumbrar su porvenir a estas actrices conmovedoras, que cada día están más jóvenes, orgullosas y erguidas sobre una anatomía que desconoce los años, el cansancio y la repetición, que nos dan aliento y fortaleza aun cuando todo parece acabar al caer ese moderno telón que es la oscuridad total. Pero es una oscuridad siempre inaugural.

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