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Ramón Xirau (1924-2017): vivir es filosofar

La vida es movimiento, riesgo, anhelo, entrega. Vivir es trascenderse y buscar en los ámbitos del mundo algo que haga la vida digna de ser vivida. Es posible que filosofar sea entonces no vivir. Pero en esto la filosofía coincide con la vida misma. También la vida plenaria es un constante “no vivir”, desvivirse y proyectarse más allá de la propia existencia en su afán insaciable de salvación. Y en este caso filosofar es vivir; vivir es filosofar.

 

Joaquim Xirau, Lo fugaz y lo eterno

 

 

Ramón Xirau, hijo único, alumno y aprendiz de Joaquim Xirau, nació en Barcelona el 20 de enero de 1924, por lo que su primera lengua fue el catalán, que imprimió a su español (él prefería llamarlo “cas-tellano”) una dicción imposible de desentrañar, con la que tuvo a bien martirizar, en primer lugar, a sus numerosos alumnos. En compañía de sus padres –Joaquim y Pilar–, Ramón Xirau llegó a México a los quince años y aquí sería maestro, filósofo y poeta hasta el día de su muerte, el pasado 26 de julio de 2017.

En catalán escribió toda su obra poética y dejó al español su prosa. Muchas veces se refirió a una infancia perfecta –al grado que se puede sospechar si habrá sido tan real como él la imaginó–, trunca por la Guerra civil española, que en 1938 lo envió a vivir el primero de sus exilios en Marsella y, un año después, el segundo en tierra mexicana.

En 1939 la entonces Facultad de Filosofía y Estudios Superiores de la Universidad Nacional Autónoma de México –donde su padre fue contratado como profesor– se hallaba en un edificio barroco de Santa María la Ribera, conocido como “Casa de los Mascarones”, que marcaría la vida de Ramón Xirau en dos sentidos sustanciales pero antagónicos: ahí perdería a su padre, en un accidente de tránsito que ocurrió casi en la puerta de la facultad, y también ahí conocería a Ana María de Icaza, su compañera de vida y madre de su único hijo, al que pusieron por nombre –en memoria del abuelo– Joaquín.

A los veintidós años, Ramón Xirau suplió a su padre en las clases que quedaron vacantes, lo que marcó el inicio de una actividad docente que ya nunca se detendría, pues fue maestro, dentro y fuera de las aulas, a lo largo de su vida entera: baste mencionar su celebérrima Introducción a la historia de la filosofía que, con casi veinte reediciones desde su primera publicación en 1964, ha permitido a miles de estudiantes adentrarse en el pensamiento filosófico, conocer las aportaciones de sus principales autores e incluso, en ocasiones, dejarse seducir por lo que Platón llamó la “divina manía” en que consiste esa locura de hacer filosofía.

Si don Joaquim no hubiera muerto prematuramente, acaso Ramón Xirau habría tomado un camino di-ferente, pero entonces no existirían los cinco volúmenes de sus Obras recogidas en edición a cargo de Julio Hubard, Mariana Bernárdez y Eduardo Mejía para El Colegio Nacional, y otra sería la historia. Mas ni ésta ni cualquier otra antología escrita, por más completa que sea, podrá recoger la que quizá resulte la obra más significativa de Ramón Xirau: la fecunda huella de su presencia en el panorama intelectual de México.

 

Filosofar es vivir

 

Si hemos de dar crédito a los recuerdos de Ramón Xirau, el filósofo era Joaquim: el joven de la casa más bien sentía inclinación por la literatura. Sin embargo, poco a poco comenzó a interesarse en lo que oía hablar a su padre y, de hecho, terminó por inscri-birse al mismo tiempo en las carreras de Filosofía y de Letras. En su paso por Mascarones como estudiante, Xirau haría amigos que, en muchos casos, perdurarían toda la vida: la hija del director del ifal Jacqueline Pivert, Emilio Uranga, Rosario Castellanos y Jorge Portilla, así como toda una generación de jóvenes es-pa-ñoles que, como él, se hallaban exiliados en México. En Mascarones también fue alumno de algunos de los grandes maestros españoles, como David García Bacca y José Gaos, pero también mexicanos, como Julio Torri y Eduar-do García Máynez. Además conocería a Antonio Caso, a quien definió como un orador excepcional, y forjó una amistad personal con Alfonso Reyes, quien, luego de su padre, fue seguramente una de las personas que más influyó en él.

 

¿Pero por qué motivo ocupó Ramón Xirau un lugar tan destacado en el desarrollo de lo que hoy cierta rama de la filosofía gusta en llamar nuestra “historia intelectual”? ¿Quién fue y cuál es su legado?

El homenaje que se le rindió en 1984 por sus se-senta años de vida, y que se publicó luego con el título Presencia de Ramón Xirau, es testimonio del hondo aprecio que despertó en algunos de los mayores escritores y filósofos de México. Aprovecharon la ocasión para celebrarlo colegas, alumnos y amigos como Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Sergio Fernández, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Vicente Leñero, Adolfo Sánchez Vázquez, Juliana González y Carlos Pereda, entre muchos otros. Es abrumador pensar que Xirau vivió treinta y tres años más, durante los que cosecharía todavía más afectos y sería objeto de al menos tres nuevos homenajes: a los setenta, ochenta y ochenta y cinco años de edad.

Octavio Paz célebremente lo definió como el “hombre puente”, pero Xirau, más que puente, fue cruce de caminos, pues fue suya una inusual capacidad de convocar en un mismo espacio a individuos de disímiles quehaceres e ideologías, sin diluirse él mismo en una retórica diplomática de indulgencias cosméticas. Por el contrario, Xirau no tenía nada de condescendiente. Quienes lo conocieron de veras, saben que esa cierta dulce tristeza que lo caracterizaba no estaba reñida con su firmeza de carácter y una autoridad sin aspavientos.

Por su parte, Carlos Pereda escribió que Xirau construía sus textos como si éstos fueran recintos “en los que se acogen las voces más dispares: el místico escucha al agnóstico y el poeta al lógico”. Xirau lograba que esas confluencias interiores se proyectaran también al exterior, quizá debido a su formación platónica, que exige estatura moral, esto es, apertura y honestidad intelectual. Xirau poseía aquélla y éstas, pero además la ca-pacidad de hacerlas surgir en sus interlocutores: fruto de su vocación mayéutica –herencia de Sócrates o, más precisamente, de la partera Diotima– o de su fe católica, que jamás lo abandonó. En cualquier caso, en Xirau el conocimiento fue siempre de la mano de la ética o, si se quiere, la sabiduría de la mano de la virtud. Adolfo Sánchez Vázquez, otro de los filósofos “transterrados”, como decía José Gaos, dio en el blanco al señalar: “lo más ajeno a todo juego especulativo, pirotécnica intelectual o construcción de catedrales conceptuales, la filosofía es para Xirau un saber vital necesario para salvarse trascendiéndose y, por tanto, para fundar un comportamiento”.

 

Mito, lógica y poesía

 

Por ese mismo motivo a la filosofía de Xirau no la definen únicamente los títulos de sus libros ni el número de sus escritos, sino su particular noción de que el conocimiento, y con él la verdadera sabiduría, no puede limitarse a aquello que pasa por la razón, sino que, en palabras de San Juan de la Cruz, se trata de: “Un entender entendiendo/ toda ciencia trascendiendo.”Entonces, ¿en qué radica el conocimiento? ¿Cómo es posible conocer? Xirau responde que no hay una forma única, sino tres. Eso, nos dice en su libro Ars brevis, lo vio Platón con toda claridad: “Por esto se acaba por pensar que el gran filósofo fue Platón, en quien imaginación, razón y amor coinciden para hacernos ver que toda filosofía en grande debe tener en cuenta a la totalidad de la persona humana.”

Imaginación, razón y amor encuentran su equivalente epistemológico en poesía, filosofía y mística, los diferentes géneros del conocer; “vías” mediante las cuales las personas se esfuerzan por dar alcance a lo que es el objetivo de todo conocimiento auténtico: la verdad. Para Xirau, como para Platón, conocer es descubrir la verdad: la alétheia griega que significa un proceso, un movimiento gradual mediante el cual nuestro objeto de conocimiento se irá revelando.

La originalidad de la epistemología de Xirau es que plantea que estas tres formas de conocer pueden no ser incompatibles ni opuestas, sino complementarias. Podemos imaginarlas casi como una danza armónica, o como un juego malabar entre las manos del sujeto que aspira a conocer. En el mejor de los escenarios, las tres formas de conocer se completan: así, cuando la razón filosófica queda atrapada girando en un carrusel de argumentación lógica pero vacía, la poesía acude con la imaginación para darle sentido de la realidad, y si la poesía se descubre tartamudeando frente a la trascendencia, acude la fe a brindarle la noción de lo sagrado a través del amor. Y en la confluencia de razón, imaginación y amor, en su relación respectiva con filosofía, poesía y fe, se produce en la persona la revelación del saber: un estado de admirado asombro, el más alto al que pueda aspirar un ser humano pero que, al mismo tiempo, nos devuelve a la pureza de la infancia, pues la naturaleza sabia de los niños es precisamente saber vivir en el asombro.

Por eso mismo, el estado de asombro –el concepto griego de thauma– sólo es posible si la persona humana abandona toda pretensión de autosuficiencia: de ahí que Xirau reflexione en torno a la figura bíblica de Job. Pero de igual manera Xirau estudió a los filósofos que han reflexionado sobre Dios –desde los antiguos griegos hasta los trovadores del medievo, pasando por los humanistas del renacimiento, los racionalistas a partir de Descartes o los anglosajones analíticos contemporáneos–, así como a los grandes místicos: Eckhart, Ramon Llull, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Simone Weil y Edith Stein, entre otros.

Nunca fue un secreto que Xirau era católico; lo llamativo es que sólo hay rastros de su fe en su poesía o en los ensayos que escribió sobre la experiencia de lo sagrado en otros. Casi parecería que el Xirau filosófico, el ensayista, el crítico, el maestro y el editor –en suma, el Xirau prosista– era el hombre público: aquel que muchos describían como alegre y sagaz, la fuerza vital de la revista Diálogos y el Centro Mexicano de Escritores, que manifestaba sus opiniones, con increíble soltura y garbo, sobre los temas más variados. Por otro lado, había un Xirau de la poesía que era mucho más reservado y que prefirió escribir en catalán, lengua que incluso, durante un tiempo, sólo se pudo usar en la clandestinidad. Un tercer Ramón Xirau, el de la fe, es el que podría clasificarse casi de hermético, pues no hay textos autobiográficos ni exégesis de su creer: hombre de palabras al que sólo es posible definir por sus silencios.

El gran filósofo de la presencia parecía llevar a cuestas la dolorosa herida de sus ausencias: en su exilio mexicano, la de su España mediterránea; en su actividad filosófica, la imborrable impronta de su padre; en todas sus preguntas, la incomprensible pérdida de su único hijo. En el texto “Canto a Joaquín” que recoge el volumen Poesía completa, en edición de fce y unam con traducción de Andrés Sánchez Robaina, Ramón Xirau desgarra el aire y exclama:

 

¿Y dónde, dónde estás, vivo y magnífico?

Muy joven te encuentro a plena luz

de tu poema, y eran risas vivas,

eclipse, hijo, ¿dónde estás, dónde, vivo?

 

¿Cómo no hacerse estas preguntas? Las hacemos todos frente al sufrimiento. A Job, a todos, lo único que puede sostenernos al atravesar el oscuro túnel del dolor es la esperanza, la posibilidad de sobreponernos a la tragedia de un mundo destrozado por el horror. En su libro Ars brevis Xirau nos recuerda que “hoy parece que estamos viviendo el mundo visto y previsto por Orwell. Pero aun en 1984 acaba por triunfar el amor”.

Al igual que su admirada Simone Weil, Ramón Xirau vivió con la certeza de la existencia de Dios. Por eso le fue posible hallar una respuesta de luz: la confianza de que padre e hijo volverán a encontrarse en la eternidad:

 

Nos hablas de este oro ya sin eclipse alguno,

y ahora los gallos cantan, cantan las campanas,

al día cantan –no, cantan el Día–

y estamos en el dulce, transparente

grito de la vida y de “mayor nacimiento”,

con el alma y el cuerpo renacidos, eternos.

Que así sea, querido profesor

 

 

 

1947: Duración y existencia

1953: Sentido de presencia

1964: Palabra y silencio

1964: Mito y poesía

1964: Introducción a la historia de la filosofía

1968: The nature of man (con Erich Fromm)

1970: Ciudades

1974: De ideas y no ideas

1979: Poesía y conocimiento

1980: Entre ídolos y dioses / Tres ensayos sobre Hegel

1983: Ars Brevis, epígrafes y comentarios

1985: El tiempo vivido

1986: Cuatro filósofos y lo sagrado

1995: Memorial de Mascarones y otros ensayos

1997: Genio y figura de Sor Juana Inés de la Cruz

2001: Entre la poesía y el conocimiento

2007: Poesía completa. Edición bilingüe

 

1988: Premio Internacional Alfonso Reyes

1990: Premio Mazatlán de Literatura con Antología

1993: Académico de número de la Academia Mexicana de la Lengua

1995: Premio Nacional de Ciencias y Artes

2009: Medalla de oro de Bellas Artes

2009: ix Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, compartido con Ida Vitale

2010: Medalla de Alonso de la Veracruz, otorgada por la Asociación Filosófica de México

2013: Homenaje en el Senado de la República

 

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