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Rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Con los dientes apretados

 

He comenzado este artículo cinco veces. No porque no se me ocurra nada, al contrario: tengo la cabeza llena de preguntas, hipótesis, sospechas y miedos. Hoy el mundo parece un macabro desfile de brutalidad y mala suerte y no puedo dejar de establecer relaciones y crear escenarios llenos de consecuencias horribles.

Debo confesar que uso una férula dental como de boxeador porque aprieto los dientes cuando estoy nerviosa. Y bueno, en estos días he presionado la férula de tal forma, que cuando me la quito parece que me estoy sacando yo sola la muela sin anestesia.

Hoy en el subcontinente indio y en Estados Unidos hay inundaciones sin precedentes. Hace unos días las hubo en Sierra Leona, pero claro, el calentamiento global es un invento, dice Trump. Kim Jong Un, él, el que mandó matar a su medio hermano en Kuala Lumpur; que echó a su tío a los perros (120 y hambreados), que ha atormentado más al de por sí martirizado pueblo norcoreano, ha lanzado un misil sobre Japón y amenaza con disparar otro sobre Guam, territorio no incorporado de Estados Unidos. Con justa razón, los japoneses están muy preocupados; ellos sí saben qué es una bomba atómica.

Su adversario, Donald Trump, es tan desequilibrado como él. En otras circunstancias, quizás habrían sido amigos. Trump es narcisista, misógino, racista, admirador de los nazis, antisemita, islamófobo y antimexicano. Ambos se refocilan en un concurso de bravatas que convoca las miradas del resto del planeta porque los dos tienen acceso a bombas nucleares.

Mientras, Estados Unidos imperdonablemente sigue bombardeando Afganistán –la cifra de civiles muertos este año es altísima– e Irak se desangra tratando de expulsar a ISIS de su territorio. Hoy Israel retó a Rusia y amenazó con bombardear el palacio de Bashar al-Assad; el número de civiles muertos ascendió a 400 mil. En Yemen la epidemia de cólera disminuye, pero la situación es, todavía, catastrófica.

México, hoy, fue declarado el país donde hay más impunidad en América y cuarto lugar del mundo, lo cual explica la parte más profunda y personal de mi sensación de desamparo. Suelo sentir un desasosiego horrible, como si estuviera a la espera de una mala noticia. Y llegan, como ésta de la impunidad, aunque no me sorprende. Me da rabia, porque la vida es breve y todos los seres, incluidos los animales, vegetales, hongos y protista, merecemos vivir de otra forma.

Cuando pienso en Kim Jong Un, recuerdo una novela sobre Corea del Norte cuya lectura me resultó insoportable: El huérfano, de Adam Johnson. Esta novela, que describe de forma alucinatoria horrores reales e imaginarios de ese extrañísimo régimen, fue escrita en 2012, cuando Jong Un llevaba un año en el poder. Es decir, todavía no mostraba sus proclividades, su afición por arrojar a la gente a los perros o hacerlos quemar con lanzallamas. Acerca de cómo se ha puesto la cosa, hay que pensar que antes había quien viajaba por motivos que no entiendo a Corea del Norte y regresaba para contarlo, como el autor de la novela. Ahora el desgarrador espectáculo de Otto Warmbier, a quien el lector recordará como el estudiante que fue devuelto a Estados Unidos en coma por haber arrancado un poster con la foto de Jong Un, nos da la medida.

Acerca de Trump no es necesario leer más que sus incoherentes y ridículos tweets para entender que no está en sus cabales y que día tras día traiciona a los ciudadanos de su país. Resentido, acomplejado, fanfarrón, perdonó a Joe Arpaio, el infame alguacil de Maricopa, en Arizona. Más claro, ni el agua.

Esto me lleva a preguntarme: ¿cómo es posible que Jong Un siga en el poder? ¿Que Trump no haya sido llevado a juicio? ¿Que nosotros no podamos obligar a las autoridades a castigar a quienes cometan delitos? (Me rechinan los dientes, con todo y férula.)

No sé. Somos millones lo que queremos vivir en paz; son cientos de miles, el uno por ciento de la población, los que se benefician del crimen, las guerras, la explotación inmisericorde del planeta. Esta desproporción debería favorecer el mejoramiento colectivo.

¿Qué nos falta para cambiar las cosas? Conciencia de clase, dirían los marxistas. Conciencia plena, dirían los budistas. Conciencia moral, dirían los católicos, judíos y musulmanes.

Y observar con atención el viejo problema, el del bien y el mal.

¿Por qué será que esas dos palabras han dejado de tener la importancia suprema que merecen?

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