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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

La música de las catástrofes

 

La música de las catástrofes no existe por ruidos aleatorios sino por orquestaciones lideradas con tres instrumentos principales. Uno pertenece a quienes sufren; otro a quienes observan; otro a la naturaleza. El primero alterna lágrimas y llamadas de auxilio. El segundo propone una acción cada diez silencios deleznables. El tercero, desconocido siempre, parece un sabio y antiguo intento de neutralizar los anteriores. Dos son tocados por nuestra especie. El último por una fuerza planetaria que varía pero no se detiene.

Es así que la música de las catástrofes no muestra ritmos, melodías ni acordes convencionales. Su materia es acústica pero tumorosa. Posee temperamento, carácter, finalidades. En una de sus vías suenan disparos, maquinarias e insondables viajes digitales. En otra, copas que chocan ahogándose en rascacielos de impoluta imagen. En la más impredecible, claro, buscan eco terremotos, incendios, tsunamis y huracanes. Todas, inevitablemente, afectan al conjunto entero, reaccionan a la provocación incontrolable. La música de las catástrofes se origina, entonces, cuando lo que nos envuelve se rebela rompiendo el pacto de sus partes. Es expresión de una energía inconveniente allí donde la energía es expresión del combustible y éste, insoslayablemente, expresa fricción o daño irreparable. La diferencia entre unos y otros acompañantes, por supuesto, es la intención. Nada nuevo en este valle.

¿Qué hacer, empero, para minimizar la violencia del trío furioso que no deja de pulsar sus aparejos? Pensar en el otro, sea del reino que sea (protista, fungi, animalia, plantae). Menguar el golpe de nuestro paso por la tierra. Edificar una herencia que aviste al vecino, a la iguana y a la piedra; a la vaca, al tiburón y al pariente de remotísima silueta. Ayudar incluso necesitando ayuda. Cantar con la voz de las acciones breves. Así la música de las catástrofes logra modular, cambiar de escala y resolverse con generosidad, juicio, magnificencia.

Hoy, por ejemplo, estamos ante la posibilidad de ejercer un privilegio: tender la mano a quienes duermen sin cobijo, a la intemperie, en distintas zonas de México, Cuba y otras islas. ¿Cómo hacerlo, lectora, lector, sin pasar por el ambicioso y corrupto filtro de los que desgobiernan? Siguiendo el sendero del artífice Francisco Toledo, verbigracia, quien ha señalado esta cuenta bancaria como confiable y directamente conectada a los que nos requieren: Bancomer 0110047112 (clabe 012610001100471123), a nombre del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y de la Asociación del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. Ellos están canalizando recursos a personas reales y no a fantasmas corporativos.

Ahora que, “si lo suyo es hacer el bien sin mirar a quién”, también puede trascender fronteras para apoyar a los que sufrieron huracanes en el Caribe, acercándose a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Existen muchas formas de involucrarse con ellos (a través del voluntariado, de su apoyo en redes sociales, buscando socios corporativos, trabajando directamente en sus proyectos o con donaciones). Ensayando ante batutas moralmente probadas, la música de las catástrofes permuta el errático intervalo de sus viajes, suaviza tímbricas y ordena tesituras. Regresa a su estado primigenio: el de un futuro saludable. Y es que si su estallido es ineludible, el contraste que opongamos la integrará a lo tolerable y dará mayor sentido a la lindeza. Así, aunque la jarana necesite del árbol caído y el hambre de la sangre, la justicia sonará con más plantíos y con menos dolor de sacrificio.

Oportunidades para mirar nuestras heridas en la piel del otro sobran: sismos, ciclones, erupciones, marejadas y descomposiciones nucleares, pero no se quedan. Las canciones que nacen en su drama, por el contrario, permanecen forjando largamente nuestro temple, aunque entre una y otra cante la mala muerte. Dicho de otra forma, si todos somos músicos en la sinfonía de la catástrofe, todos podemos cambiar de arreglo, de director, de instrumento y de compositor. Corear es saludar al otro, tocar un hombro es sonar tambores. Abrazar está en el arpa y besar… besar es como ejecutar trompetas y saxofones.

¿Qué más hacer para no quedarnos sordos con la marcha supremacista de las catástrofes? Apagar un rato el ordenador, la radio y las televisiones, desempolvar la guitarra y llamar al amigo que tocaba el bajo, buscar a un baterista solitario, abrir la garganta aunque se caigan de la barda las afinaciones... Desempeñar cualquier trabajo digno que canse al cuerpo, no al alma. Haciendo esta música –aunque no sea propiamente música– celebraremos la que nos ha dado el Istmo de Tehuantepec, el Caribe y la bella Habana. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana.

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