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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Manuel Maples Arce y Octavio Paz:

el color del silencio y el grito

 

En la poesía las misteriosas y ocultas correspondencias entre diversos planos se suscitan de una manera libre pero no arbitraria; su lógica es otra porque sólo a partir de nuevas formas de apreciar el mundo es que éste se renueva. La metáfora quizá sea la figura retórica más abundante en el ejercicio poético, y entre sus múltiples manifestaciones encontramos un tipo de metáfora llamada sinestesia, que según Helena Beristáin (en su Diccionario de retórica y poética) “consiste en asociar sensaciones que pertenecen a diferentes registros sensoriales, lo que se logra al describir una experiencia en los términos en que se describiría otra percibida mediante otro sentido”. Así, el entrecruzamiento de los sentidos potencia la intensidad de la experiencia y revela una realidad plena. Dos icónicos poemas son ejemplo capital de los alcances de la sinestesia, “Prisma”, de Manuel Maples Arce, e “Himno entre ruinas”, de Octavio Paz. En el primero, el poema es motivado por las angustiantes reflexiones de una separación amorosa. El lenguaje “estridentista”, cargado de adjetivos y referencias a las nacientes novedades tecnológicas (el poema se publicó en 1922), expone el dolor que provoca la ausencia de la amada en la noche de una “ciudad insurrecta de anuncios luminosos”. Una oscuridad natural rota por la iluminación de la luz eléctrica en donde se cumple la sinestesia: “El silencio amarillo suena sobre mis ojos./ ¡Prismal, diáfana mía, para sentirlo todo!”

Veintiséis años después, Octavio Paz escribe “Himno entre ruinas”, cuyo inicio dice: “Coronado de sí el día extiende sus plumas,/ ¡Alto grito amarillo,/ caliente surtidor en el centro de un cielo/ imparcial y benéfico!” Es éste un poema que se sitúa en el mediodía, pensamiento solar y plenitud de la conciencia, en donde los sitios y las épocas se entreveran en un solo discurso nutrido de elementos diurnos.

Los ojos de ambos poetas miran lo que no se escucha (el silencio) y lo que se oye (el grito), y nos dicen que es de color amarillo. Pero no sólo lo ven, pueden sentirlo. Para Maples Arce, el “silencio amarillo” aparece en un ambiente frío: “los violines se suben como la champaña,/ y mientras las ojeras sondean la madrugada,/ el invierno huesoso tirita en los percheros”; para Paz el “grito amarillo” se cumple en la calidez de la luz que “crea templos en el mar”. Así, con los sentidos verdaderamente conectados, Maples Arce se duele desde el insomnio y la oscuridad de la noche iluminada por la modernidad y la Ciencia, mientras Octavio Paz canta y celebra el día que es avivado, como en un antiguo ritual, por la Poesía y la inteligencia. “Ver, tocar formas hermosas, diarias”, leemos más adelante en “Himno entre ruinas”, y comprendemos el complejo, pero natural, mecanismo de la sinestesia.

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